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Columna
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Galbana

Hace años que sufro de galbana, una enfermedad que el diccionario de doña María Moliner define como pereza circunstancial, estacional en mi caso, pues tengo comprobado que los ataques de galbana me afectan sobre todo en verano cuando los termómetros superan los 35 grados a una sombra que no se ve por ninguna parte. Mi médico de atención primaria, que jamás se sentó a la cabecera de mi cama, en la que suelen producirse los peores accesos, nunca se había tomado en serio mi dolencia hasta hoy cuando, después de arrastrarme hasta su consulta, le he mostrado un recorte de este periódico que advierte de los peligros para la salud del exceso de ozono troposférico en el aire de Madrid. Al parecer, la ecuación calor más contaminación da como resultado que los perniciosos niveles de ozono malo se disparen. Si en la estación de El Atazar, un saludable pueblo de la sierra madrileña, los registros han superado con 183 microgramos todas las cotas de riesgo, imagínense lo que debe estar cayendo sobre mi calle, céntrica y estrecha. Uno de los efectos secundarios de esta plaga, como le he subrayado al galeno con rotulador rojo y gesto triunfal, es: la pérdida de vitalidad, la galbana pura y dura, la galbana estival.

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Lo mío -dice el doctor que está leyendo con detenimiento el recorte- no es un caso especialmente grave, el maldito ozono troposférico produce también problemas respiratorios, alérgicos y cardiacos, lo de mi galbana es un mal menor aunque no existan en la farmacopea habitual remedios adecuados. En las farmacias despachan sin receta los más variados productos para conciliar el sueño y relajarse, pero son muy pocos y restringidos los fármacos estimulantes, eso sí, existen, me confirma el médico toda clase de milagrosos placebos que sólo funcionan cuando el consumidor no ha sido informado, como es mi caso, de que lo son y se ha limitado a leer el prospecto. El galeno y yo terminamos juntos la lectura del recorte que recuerda al "galbanizado" Gobierno regional que, cuando se supera el umbral de aviso a la población, los Gobiernos regionales están obligados a avisar a la población mediante los ayuntamientos, aunque los gobernantes se hayan ido de vacaciones. Entre las recomendaciones pertinentes, explica el periódico, está la de advertir "a niños, ancianos y personas sensibles que se queden en casa y no se haga ejercicio en la calle". Me incluyo en el apartado de personas sensibles y me siento indignado ante la criminal desatención del Gobierno de Aguirre y sensibilizado con esos niños a los que sus celosos progenitores encerrarán en casa para que no jueguen en la calle.

Creo que comparto alguno de los síntomas de la galbana con mi amiga Rosa Regàs, directora de la Biblioteca Nacional, que se siente estos días incapaz de encender una radio o leer un periódico. Hubo un tiempo, breve, en el que recurría a la radio para superar la pereza matinal. Tuve que dejarlo por el estado de irritación que me producía la insensata parla de los contertulios, aún más pelmas en verano que es cuando los interinos hacen méritos, inventándose nuevos infundios contra el Gobierno nacional, esa banda de pirómanos. De leer el diario ni hablo pues en agosto, fieles a su costumbre, cierran todos los quioscos del barrio y hay que hacer más de un kilómetro, exponiéndose a los riesgos del ozono troposférico, para conseguir, si aún no se ha agotado, el periódico del día.

Hoy he decidido superar la galbana y he salido a la calle a la búsqueda de una bebida energética con mucha taurina. De los 16 bares que se abren en mi calle, 15 permanecen cerrados por vacaciones y el restante se toma hoy su día de descanso. Sin embargo, Buda es misericordioso, los seis ultramarinos chinos están abiertos como siempre y se han convertido en obligado punto de cita, con aire acondicionado, de los supervivientes del barrio, en su mayor parte también inmigrantes. Hoy le he llevado dos recortes que hablan de su tierra a mi proveedor oriental que ya chapurrea español. Uno hablaba de las recomendaciones de las autoridades chinas para criar menos niños y más cerdos, y el otro, de la reciente prohibición de reencarnarse en Buda, dictada por las mismas. El comerciante ha sonreído y se ha sacado del bolsillo, una foto de sus tres hijos chino-madrileños y una estampita del Dalai Lama. Creo que nos entenderemos.

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