Reportaje:OFICIOS Y PERSONAS: JUSTA CASTILLO GIL | Modista

"Cosí mi primer vestido a los ocho años"

Se formó como costurera en Santo Domingo y al llegar a España encontró fácilmente un trabajo en una empresa de arreglos de prendas

Justa Castillo Gil, modista de 44 años, cosió su primer vestido cuando tan sólo era una niña de 8. Para ella, esta hazaña demuestra que la costura es algo más que un oficio: "Es un gen del que las mujeres de mi familia no hemos podido escapar", comenta con ironía, pero también con orgullo. Y es que tanto su madre, ya fallecida, como su hermana se han dedicado al corte y a la confección de prendas de vestir.

Natural de Santo Domingo (capital de la República Dominicana), Justa estudió allí un curso de modista en una escuela privada. Terminó en 1981. Desde entonces no le faltó trabajo, pues el textil es un negocio importante en su país. Fundamentalmente ejerció de costurera, hasta que en 1995 le ofrecieron un puesto de profesora en una escuela promovida por el Gobierno dominicano para enseñar diversos oficios a las personas que carecen de formación. Allí se quedó hasta 1997. Combinó varios trabajos de modista en Santo Domingo hasta que en 2000 se fue de vacaciones a España.

Le gustó tanto que decidió quedarse. Ayudó el que consiguiera trabajo de lo suyo casi de forma inmediata tras aterrizar en Barcelona. Un trabajo cuyo sueldo triplica el que recibía en Santo Domingo. Al contrario de otros muchos inmigrantes extraeuropeos, ella consiguió los papeles de residencia sólo cuatro meses después de llegar a España. Fue contratada por la cadena de arreglos de prendas de vestir y de ropa de casa La Yaya Costurera. Justa trabaja en el local de la avenida de la República Argentina. Allí cose durante dos horas y media, pues su empleo principal está en una fábrica de trajes de baño de mujer, en Molins de Rei. Sus vacaciones en esta última empresa las dedica a hacer horas extra en La Yaya Costurera, donde trabaja de 9.00 a 15.00.

Todos los años viaja a su país, pero como "la economía está floja" y su padre ha caído enfermo, debe enviar más dinero a su familia, así que este verano se queda sin vacaciones. Vive de alquiler con una compañera en un piso en Barcelona, por el que cada una paga 300 euros mensuales.

Rodeada de decenas de madejas de hilo de todos los colores imaginables, de retales de tela y de cremalleras de todos los tamaños, Justa arregla una camisa masculina de manga larga. Le gusta el oficio manual, aunque reconoce que la entrada de la última tecnología en el sector textil ha acelerado la producción y ha perfeccionado los métodos de trabajo. En el local hay cuatro máquinas de coser básicas, algunas de ellas de más de 3.000 euros de valor: una para zurcir recto, plano; otra que también cose en zigzag; otra para las terminaciones de la prenda (overlock) y otra para recubridores de bajos. Cada una se utiliza según el material y las necesidades de la tarea encomendada. Al taller llega de todo, hasta bragas cuyas dueñas mandan remendar, encoger o ensanchar. Y Justa no sale de su asombro: "¡Si por el mismo precio del arreglo se podrían comprar un par de ellas nuevas!".

El corte y confección es un oficio en el que la inmigración ha cubierto muchos puestos vacantes que ha dejado la población autóctona. Justa comparte su trabajo en el local de La Yaya Costurera con otras dos mujeres de nacionalidad argentina. Mientras continúa zurciendo la camisa a rayas blancas y azules, confiesa que la empresa siempre la ha tratado "de maravilla": "¿Por qué crees que llevo aquí siete años?".

Justa tiene muy claro su futuro o, al menos, sus sueños sobre el futuro. No esconde que echa mucho de menos a su familia, así que adivina su porvenir de vuelta a Santo Domingo, donde le gustaría abrir su propio taller no sólo de corte y confección, sino también de diseño y creación de ropa. Su marca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 07 de agosto de 2007.