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COLUMNA

La batalla de Malasaña

Dos de Mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levanta contra el invasor francés. Los soldados de Napoleón han de enfrentarse en la calle a una turba enfurecida. Dos de mayo de 2.007, los únicos franceses que hay en el centro de Madrid son turistas o estudiantes, pero el lugar vuelve a ser escenario de una batalla campal. Los contendientes son diferentes, y aún más las causas de los disturbios. Esta vez no se trata de impedir la marcha de los infantes, ni de recuperar la soberanía nacional que Bonaparte se puso por montera enfrentando al orgullo patrio con la Ilustración que tanto necesitábamos. Esta vez los insurrectos no luchaban contra Pepe Botella sino a favor del Botellón. Una causa de mierda para un levantamiento popular. Visto desde la perspectiva histórica, habrá que reconocer que el nivel de las motivaciones capaces de suscitar una sublevación contra el poder ha descendido de forma alarmante en los últimos 199 años.

Sin embargo, cualquier foráneo que en la madrugada del pasado Dos de Mayo cruzara la plaza que conmemora esa jornada homérica pensaría que algo realmente trascendente volvía a debatirse a sangre y fuego sobre sus baldosas. Los insurrectos probablemente no eran muchos menos de los que dos siglos antes se jugaron el tipo para recuperar la dignidad que vieron perdida. Esta vez serían unos tres mil y, en su inmensa mayoría, muy jóvenes. A los sublevados de 1808 el valor, para enfrentarse a los fusileros galos y al alfanje mameluco, se lo proporcionó el fervor patriótico; a los de mayo del 2007, el alcohol. De hecho, hubo que esperar a que cayeran unos cuantos tetrabrik de tinto básico para que comenzaran las provocaciones y el lanzamiento de piedras y botellas. Nada había allí, salvo el nombre del barrio, que recordara las hechuras de Manuela Malasaña, aquella chavala de armas tomar que defendió con su padre el Parque de Artillería merendándose a los franceses como si fueran torrijas.

Aparte de la estatua de Daoíz y Velarde, lo más parecido a un héroe fue un "pringao" con un punto de cocción superior a la media que se plantó ante los policías municipales para expresar a gritos la mala opinión que tenía formada sobre sus señoras madres. Sus bramidos estimularon la lluvia de objetos contundentes hasta provocar la carga. No hubo épica alguna. En la primera embestida, toda la ira contenida de los agentes le cayó al "pringao" de la bravata en el cuerpo. En tres minutos recibió tal mano de hostias que se quedó tirado en el suelo temblando de miedo como un pájaro. Tampoco los municipales dieron un recital de coraje digno de pasar a la historia. No tenían material ni formación para altercados y anduvieron justos de huevos. Hubo momentos en que algún agente increpó a los suyos que huían en retirada para que no dejaran tirado a un compañero herido. Todo cambia en cuanto llega la caballería. La aparición en escena de las lecheras antidisturbios endurece la batalla e invierte la iniciativa. Nadie espera que lo resuelvan a besos, pero la brutalidad gratuita les sobra a raudales. Tienen gases y artillería de goma y afinan poco. No cobran todos los que tienen que cobrar pero sí muchos de los que no. Confío en que no esperen la medalla al valor por forrar a pelotazos a un grupo de chicos que esperaba tranquilo la apertura del suburbano.

Con el alba, llega la calma. Quedan humeantes los coches y las barricadas, y en el parte de guerra medio centenar de heridos y ocho detenidos. Por fortuna, este Dos de Mayo no hubo fusilamientos al amanecer, ni huérfanos, ni viudas, pero tampoco gloria. Ninguno de los contendientes merecerá un monumento. A mediodía, en los fastos de Sol apenas se habló de la encendida noche. Sólo algunos comentarios, casi siempre sectarios, sobre la actuación policial y el problema del alcohol. Pocos se preguntan qué puede haber pasado para que la rebeldía tenga hoy tan bajos ideales. Motivos de altura no faltan para sublevarse. Podrían hacerlo, como algunos chicos lo intentan, contra la miseria y la hambruna consentidas, el calentamiento del planeta o la especulación salvaje que les impide acceder a una vivienda e hipoteca sus vidas. Algo hemos hecho mal para que nada de eso les subleve y sí lo haga el puto botellón. Nadie les recordará por la batalla del dos de mayo de 2007 en Malasaña. Esa fecha y ellos pasarán a la historia sin pena ni gloria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007