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domingo, 15 de abril de 2007
Entrevista:

Javier Manterola: Hacedor de puentes

"Ahora me dejan hacer casi lo que quiero. Ventajas de la edad", dice, con un destello del niño travieso que nunca fue. "Lo que quiere" son los más recientes proyectos de puentes que ha diseñado y muestra en su despacho. Imágenes por ordenador de unas estructuras de líneas depuradísimas, atrevidas, nunca vistas. Porque los puentes han sido y son la principal ocupación de Javier Manterola Armisén (Pamplona, 1936). Más de doscientos viaductos, pasarelas y puentes de los más diversos tipos y estilos, nacidos de su entregada dedicación a la ingeniería durante 45 años, han sido construidos en España y en más de una docena de países. Entre ellos, algunos de los más hermosos ?como el Euskalduna de Bilbao, por el que siente especial predilección; el del TAV, en Zaragoza, o el circular de Zizur (Navarra)?, sin olvidar hitos como el puente atirantado sobre el embalse de Barrios de Luna (León), que en 1983 fue récord mundial con sus 440 metros de luz y se mantuvo hasta 1995 como la referencia en hormigón. Es, por tanto, Manterola un "pontífice" en el sentido más etimológico del término (la palabra latina pontifex, de la que procede, significa literalmente eso, "constructor de puentes"), pero esa dedicación principal conlleva el riesgo de eclipsar las otras facetas de su dilatada trayectoria profesional y docente. Porque estamos hablando de uno de los grandes de la ingeniería de estructuras, como lo atestiguan también sus colaboraciones con el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza en los edificios Torres Blancas (1967) y del BBVA (1976) de Madrid, o con Rafael Moneo en el Kursaal (2000) de San Sebastián. Pero también de un hombre de curiosidad insaciable, amante de la música, el ensayo y las artes plásticas, aficiones que aplica sin punto de ruptura a su pasión por arrancar belleza de lo resistente.

"La sociedad premia más la imagen que aporta el arquitecto, y la labor del ingeniero queda en un segundo plano"

"Lo difícil es el tamaño. Para un puente de 500 metros de luz has de exprimirte más el cerebro que para uno pequeño"

"A veces, cuando pensaba en una obra nueva me ponía a Bach, para ver si mis ideas así filtradas daban algo sublime"

"He tenido suerte en la vida; y no sólo esa vez", se defiende cuando se le hace observar que no es muy habitual que un joven de 26 años, con la carrera recién terminada, pudiera codearse con Sáenz de Oiza en un proyecto tan rompedor como fue Torres Blancas. Lo cierto es que él siempre ha estado preparado para subirse al tren de las oportunidades que, sin apenas sobresaltos, ha acompañado su vida. Como la de entrar como socio, nada más titularse, en la oficina de proyectos que lleva el nombre de su maestro, Carlos Fernández Casado, SL, donde ha podido desarrollar sin cortapisas su pasión por las formas resistentes.

Ha cumplido 70 años y, mientras otros pasean su jubilación, a él se le multiplica el trabajo. Está a punto de comenzar la construcción de su gran puente sobre la bahía de Cádiz y tiene otra veintena en ejecución o en proyecto: sobre el Danubio, entre Rumania y Bulgaria, en Papua y Arezzo (Italia), en Bucarest, en Irlanda, en México, para el TAV Madrid-Barcelona... "Los ingenieros españoles somos buenos haciendo puentes", es la disculpa de Manterola a esta explosión de encargos.

Nació dentro de una familia acomodada en la plaza del Castillo de Pamplona, un mes antes de que el lugar se poblara de aguerridas boinas rojas y uniformes en son de guerra. De su origen conserva un ligero acento navarro y una franqueza desnuda de todo adorno que se proyecta en el despacho que ocupa en las oficinas de su firma, conventual de puro espartano. Nada hay en él superfluo, ningún cuadro, fotografía o diploma; ninguna decoración que distraiga. Tampoco puede hacerlo el inhóspito paisaje interior del complejo de AZCA que se asoma por sus ventanas, con una de sus obras, la torre del BBVA, al fondo.

Se proclama "muy de Pamplona", pero lleva medio siglo sintiéndose también confortablemente madrileño. De ese Madrid que descubrió como estudiante de provincias y donde se casó con Lola Jara, profesora de Historia y cómplice crítico de su trabajo, de esta ciudad donde nacieron sus tres hijos, que no han seguido las rodadas de la ingeniería. El pasado año ha tenido un sabor agridulce para Javier Manterola. La Academia de Bellas Artes de San Fernando le hizo un hueco entre sus miembros y recibió el premio de la International Association for Bridge and Structural Engineering (IABSE), que viene a ser el Nobel de la ingeniería. Pero también sintió el vacío del adiós forzoso a su cátedra en la Escuela de Madrid, en la que sucedió hace 30 años a su maestro Fernández Casado. "Pues sí", reconoce con un deje de nostalgia, "cuando he dejado el asunto de la docencia ?o el asunto me ha dejado a mí?, he notado que algo me falta. El contacto con los muchachos estaba muy bien, era muy estimulante".

¿De niño ya soñaba con construir puentes?

No. De niño, no. Si estudié para ingeniero de caminos fue porque hubo un lejano antecedente en la familia y porque se me daban bien las matemáticas. Entonces era una profesión muy prestigiosa, y supongo que todo eso llevó a mis padres a encaminarme hacia ella. Pero no, nunca había pensado antes en construir cosas, fuera de los mecanos de mi infancia.

¿Cómo recuerda su infancia en Pamplona?

Creo que fue bastante satisfactoria. Éramos seis hermanos; yo era el cuarto y nos llevábamos bastante bien. El de mi casa era un mundo intelectualmente poderoso. Mis hermanos siempre han ido por el camino de las letras, y por el de la pintura, en el caso de mi hermano Pedro. Para mí fue muy fácil empezar a leer libros, y muy pronto empecé también a descubrir la música, que es una afición que luego he visto que es muy propia de ingenieros, como la filosofía. Hombre, también hay aficionados a la literatura y que escriben, como es el caso de Juan Benet y otros.

¿Qué conexión encuentra entre su profesión, la música y la filosofía?

La razón exacta no la sé. Para resolver problemas matemáticos, que es lo que haces en la carrera, no vale irse por las ramas. Tienes que tener muy clara la pregunta que te están haciendo si quieres encontrar la dirección para resolverla. Yo creo que empecé a leer filosofía para aprender a hacerme preguntas, no para aprender las respuestas. Es una afición que mantengo. Lo mismo que la música.

Al repasar su biografía, la impresión que se saca es que su trayectoria profesional ha sido muy tranquila y pausada, sin grandes saltos ni decisiones dramáticas.

Eso es cierto. Ha ido avanzando poco a poco, casi sin darme cuenta. Después de terminar la carrera ?bueno, y también antes de acabar? estuve trabajando en la oficina técnica de la constructora Huarte y luego entré en el Instituto Eduardo Torroja. Pero tenía muy clara mi voluntad de proyectar cosas, algo que allí no se podía hacer. Por eso, cuando mi profesor Carlos Fernández Casado me invitó a unirme con él y su hijo Leonardo, no lo dudé. Porque llegar a ver plasmadas en la realidad las obras que has imaginado y diseñado, sólo la encontraría allí. Más tarde, en 1976, gané la cátedra de Puentes y desde entonces he ido compaginando esas dos actividades.

Pero sin olvidar sus otras inclinaciones: la música, el ensayo filosófico, el arte contemporáneo, la arquitectura. ¿Cómo se integran sus aficiones en su actividad profesional?

Como un todo. No entiendo los mundos divididos ni a quienes dicen "yo me voy a casa y los problemas los dejo en la oficina". Nunca he podido hacer eso. Los problemas me los llevo, los pienso y les doy vueltas. La cantidad de puentes que he diseñado en el duermevela de la madrugada... De la misma forma, no entendería mis propias aficiones si no tuviera a mi profesión encajada dentro de esa unidad.

Reconozca que no es muy habitual que un ingeniero muy especializado esté a la última de las tendencias artísticas de la Bienal de Venecia y la Documenta de Kassel, o le interese la música de vanguardia.

Bueno, ya le he dicho que la afición a la música y a la filosofía es bastante antigua en mí. La música me ha acompañado desde siempre. La verdad es que llegué muy fácil hasta Stravinski; dar luego el paso a Schönberg, Berg, Weber y a los modernos me ha costado bastante más. El arte actual me sigue interesando enormemente, como a mi mujer. En nuestros viajes vamos a ver todos los museos que hay por ahí, y he procurado hacer coincidir viajes de trabajo que tenía previstos con la celebración de la Bienal y la Documenta de Kassel. Me interesa mucho lo que se hace ahora, aunque muchas veces no acabo de entenderlo, lo reconozco. Pero me encuentro bien cuando veo manifestaciones artísticas poco ordinarias, digámoslo así.

En Manterola, la modernidad se proyecta en sus realizaciones y gustos. Su figura, por el contrario, es sólidamente compacta, con una juvenil contundencia que contradice su edad y sus problemas con una hernia discal que le martiriza. No hay en su aspecto ni en su trato rastro alguno de divismo. En el despacho viste suéter oscuro de lana y corbata profesoral, y no se desprende de su lápiz de dibujo técnico y sus cuadernos. Guarda decenas de ellos, en los que ha ido ensayando, con trazos marcados y poco airosos, las estructuras y formas que más tarde crearán sugerentes caminos donde antes había vacío. Sostiene con empeño, y contra toda evidencia, que en realidad él es un vago vocacional, sólo que no ha tenido aún la oportunidad de ponerse a prueba, porque le apasiona lo que hace. Tanto, que no lo considera "trabajo". Manterola se expresa con pasión contenida y con un tono campechano y pausadamente docente. A diferencia de cuando proyecta, no calcula cuando habla, y si lo hace, su contención puede ser afilada como una cuchilla. Al final de la entrevista, con la grabadora ya apagada, le apunto que se me ha olvidado preguntarle su opinión sobre la obra de Santiago Calatrava. "Pues casi le agradezco que no lo haya hecho", zanja.

La voluntad de ser dueño de su propia obra ha influido decisivamente en su especialización en los puentes.

Efectivamente. Mis primeros trabajos fueron sobre estructura de edificios. Concretamente, con Sáenz de Oiza en el edificio de Torres Blancas. Ahí ya comencé a darme cuenta de que el mundo de las estructuras dentro de la arquitectura es muy importante, pero condiciona demasiado al ingeniero. El arquitecto, que es quien controla el edificio, como debe ser, te fuerza a hacer cosas que a lo mejor tú ves de distinta forma. Además, te quedas en segundo plano, cosa que tampoco me gustaba demasiado. Desembocar en el mundo de los puentes fue casi un proceso natural.

Ha trabajado usted con arquitectos de la talla de Sáenz de Oiza en Torres Blancas y el edificio del BBVA en la Castellana, con Rafael Moneo en el Kursaal y la ampliación de la estación de Atocha. ¿Cómo han sido sus relaciones de trabajo?

No fáciles, no fáciles. A ambos los aprecio enormemente como personas, y como arquitectos son formidables, pero? Rafael Moneo decía que los dos teníamos mucho carácter y que por eso chocábamos. Y con Oiza discutí mucho, y a veces, de mala manera, pero también lo admiraba mucho. Era bastante mayor que yo cuando construimos Torres Blancas o el Banco de Bilbao, y él me enseñó a ver cosas que nadie me había enseñado en la escuela. Pero Oiza tenía una personalidad muy acusada, como ocurre con toda la gente muy valiosa, como lo es también Rafael, y suelen querer más supeditación de la que uno está dispuesto a dar. Lo cierto es que con los dos he tenido problemas, pero estoy muy satisfecho con el resultado de las cosas que hicimos. Volvería a trabajar con ellos sin dudarlo, y con los dos volvería a tener problemas, ja, ja.

Viene a decir que el ingeniero es el que hace el trabajo sucio al arquitecto. Le resuelve los problemas estructurales de sus edificios y luego se lleva toda la fama.

Decirlo así sería algo injusto para el arquitecto. Muchos de ellos hacen muy bien su trabajo y tienen gran talento. Lo que no saben es cómo hacer que esas formas que han imaginado sean, además de bellas, resistentes. Pero lo cierto es que la sociedad premia más la imagen que aporta el arquitecto, y la labor del ingeniero queda en un segundo plano. A principios del siglo XX no era así, y Le Corbusier y otros grandes arquitectos pensaban que los ingenieros eran los auténticos artífices de las cosas.

Se nota que le molesta esa preponderancia del arquitecto; o si prefiere, la falta de valoración del ingeniero en términos estéticos y de prestigio social.

No, en absoluto. Lo que sí creo es que estamos en una época de decadencia, muy formal, muy estética, y entonces los arquitectos se encuentran muy suficientes. La tecnología se ha desarrollado tanto que el arquitecto diseña casi lo que quiere, sabiendo además que, si le surge algún problema, tendrá a los ingenieros para que se lo resuelvan. Por ejemplo, asistí casi al proceso de construcción del Guggenheim de Bilbao, porque a poca distancia estaba haciendo yo el puente de Euskalduna. En el Guggenheim, logró Frank Gehry una buena conjunción de forma y estructura, algo que no siempre se produce en sus edificios. Después me enteré de que había trabajado con unos ingenieros indios, que suelen ser magníficos profesionales.

¿Y qué opina de la arquitectura que se hace en nuestro país? Creo que ha afirmado que, salvo contadas excepciones, es poco atrevida y rupturista.

Ésa es una opinión muy personal. Los arquitectos me pueden odiar por lo que voy a decir. Creo que, en general, se hace una gran arquitectura. Pero a mí me gusta mucho la deconstrucción; no sólo el trabajo de Gehry, sino el de Zaha Hadid y otros. Y en España hay muy poco de esto. Estaba Enric Miralles, desgraciadamente desaparecido, aunque ahora empiezo a ver alguna otra cosa por ahí. Sin embargo, en España, desde el minimalismo hasta lo racional se hace muy bien, excelentemente. Hemos tenido una buena tradición de arquitectos digamos clásicos. Está, de siempre, Navarro Baldeweg, y también está muy bien el Kursaal de Moneo al inclinar el cubo. Pero no hay mucho más.

¿Hay un momento concreto en que decide que no quiere que sus proyectos se limiten a cumplir su función utilitaria, sino que deben transmitir una emoción estética?

Eso viene dado desde el origen. Yo no pienso en los demás cuando estoy diseñando un puente, ni en que sea un servicio para la sociedad; ni siquiera en quien me lo encarga. Lo que diseño es obra de mis conocimientos, pero también de las obras que he visto de otros, de mi experiencia vital y de mis inquietudes fuera de la ingeniería. O uno tiene un mundo interior que alimenta todo ese afán o no puede hacer nada. Por otro lado, hacer puentes es muy satisfactorio, pues la relación entre lo resistente y la forma es muy directa. Por supuesto que sé que mis obras tienen que servir para que los coches, la gente o los trenes pasen por ellas, y que tienen que aguantar, pero eso nunca es un leitmotiv, desde mi punto de vista, para hacerlos.

En definitiva, que reivindica la naturaleza artística de su trabajo.

Como ya le he dicho, me rebelo contra los compartimentos estancos. Se acepta que la pintura es un arte bella, y la escultura y la música y la arquitectura. Si estás instalado en uno de esos departamentos, generalmente se te considera como artista. Pero esa clasificación del arte es del siglo XVIII. El mundo moderno es muy distinto. Y sí, me reivindico como artista en la medida en que quiero dar a mis obras una dimensión diferente, que trasciende de su propia finalidad utilitaria. Pero no concibo una dimensión estética del puente por sí misma. No puedo decir: "Voy a hacer un puente bello"; vamos, ni se me ocurre. No. Lo que busco es hacer un buen puente, y la belleza debe ser una dimensión que emana de él, no algo superfluo o añadido.

En los puentes que ha realizado se percibe una búsqueda constante de nuevas formas y diseños. ¿Evitar la repetición es un modo de seguir descubriendo horizontes?

Uno también se repite, es inevitable. Si tienes un problema resuelto, y además está bien, tienes verdaderas ganas de repetirlo alguna vez; forma y contenido están íntimamente ligados en ese acto y quieres verlo. Pero a mí me gusta plantearme los problemas siempre de nuevo, y eso da lugar a unas formas que son bastante diferentes. Yo no estoy inventando los arcos, ni los pórticos ni los puentes atirantados. Uno recibe esas formas de sus mayores: unas veces, muy depuradas, y otras apenas apuntadas. Y después tratas de desarrollarlas y aplicarlas a los problemas que se te presentan, según tu experiencia e inspiración. Dibujas, pruebas; pero siempre hay una intención, a veces no definida, que hace encajar el proceso y lo conduce por un camino que acaba siendo tu manera, tu camino.

¿En su rama de la ingeniería, el tamaño sí importa?

Es fundamental, porque lo difícil es el tamaño. Para hacer un puente de 500 metros de luz tienes que exprimirte el cerebro mucho más que para hacer uno pequeño, que permite más variaciones formales. Cuando tienes que proyectar un gran puente, ahí es cuando de verdad se pone en juego todo tu oficio, tu conocimiento y tu talento. Recuerdo perfectamente mi primer puente, que tenía cien metros de luz de una pila a otra, y el reto que supuso enfrentarse a aquello que no dominabas. Porque cuando interpolas entre dos cosas que has hecho, te manejas fácilmente; pero cuando extrapolas, y además nadie ha transitado por ahí, aparecen las inseguridades y tienes que afinar y exprimirte al máximo, y se hace presente el riesgo y también el valor.

"Los sueños que no he hecho realidad son infinitos, pero no me duelen", ha dicho. Pero ¿hay alguno en especial que le hubiera gustado llevar a cabo?

Hombre, me hubiera gustado ser director de orquesta; y ser compositor, seguro. Pero estoy suficientemente compensado. En la vida he tenido suerte, y cosas que he intentado, y que podían haberme ido mal, me han salido bien. Hay otras cosas que no he hecho y que me habría gustado hacer, pero no lo vivo como una carencia.

¿Ante qué realización ajena ha experimentado un sentimiento de sana envidia?

Por ejemplo, con el viaducto de Millau [obra del ingeniero Michel Virlogeux y de Norman Foster, que salva el valle del Tarn en el sureste francés, con una longitud de 2.460 metros y pilas de 343 de altura]. Nosotros concursamos para hacerlo de la mano de dos empresas españolas y no lo ganamos. Fui consciente de que era muy difícil que la gran obra de Francia la realizáramos españoles. Pero ese puente me hubiera gustado hacerlo a mí; es un excelente puente.

¿Cuál es el umbral que se le resiste todavía a la ingeniería constructiva?

Estamos en el desafío de los grandes puentes. El mayor construido actualmente es el del estrecho de Akashi, en Japón, que tiene 1.999 metros de luz. El que se plantea para el estrecho de Messina es de 3.000 metros, pero ya se vislumbran mayores. Nosotros hemos estado trabajando en el estrecho de Gibraltar con estimaciones de 5.000 metros de luz entre pilares. Intuyo que los grandes avances van a venir por los nuevos materiales, porque los que todavía utilizamos, el hormigón, el acero, son ya un poco primitivos. Los nuevos materiales, las fibras de vidrio y de carbono, las aramidas o las estructuras inteligentes que se adaptan a las acciones a que les sometes, van a cambiar las cosas y pueden traer una revolución que ni me atrevo a anticipar. La ingeniería está viviendo un momento de gran creatividad.

¿Es técnicamente viable el puente sobre el estrecho de Gibraltar?

Sí, ya es factible ahora, aunque económicamente no tiene sentido. El Estrecho tiene un problema terrible, que es la profundidad; tiene hasta 900 metros, cuando el de la Mancha tiene 50 metros. Se podría salvar saltando con pilares de tres kilómetros en tres kilómetros sin llegar a tener más de 300 metros de profundidad, que es una barbaridad. Pero ya disponemos de la tecnología para hacer eso. Es un problema de presupuesto, de rentabilidad, y nada más.

Lleva más de cincuenta años en Madrid y ha participado con sus obras en su transformación. ¿Qué relaciones mantiene con esta ciudad?

Madrid es muy acogedora. Siempre me he sentido muy bien aquí, y además he realizado bastantes puentes, como el viaducto de Ventas, el puente de los Franceses o el de Cuatro Caminos, hoy desaparecido. La gente dice que Barcelona es muy bonita y Madrid no. No estoy de acuerdo, Madrid es una ciudad muy hermosa.

Sin embargo, no pierde ocasión de recordar su origen, y que ha corrido en el encierro.

Es que yo soy muy de Pamplona en el sentido más vulgar de la palabra. Y sí, he sido un corredor del encierro en los sanfermines. En esto siempre exagero y digo que era buenísimo corriendo delante de los toros. Pero luego no era muy de salir con las peñas y andar de juerga por ahí.

Siendo como era, no le pega mucho que corriera un riesgo gratuito. ¿Qué le movía, ponerse a prueba, compararse con los jóvenes de su edad?

Las dos cosas. Era muy consciente de la necesidad de controlar el miedo. En los años cincuenta y sesenta había muy poca gente corriendo, y recuerdo que entre el último mozo y los toros siempre quedaba un espacio significativo vacío. El problema era estar en una esquina, esperar para meterte en ese hueco y aguantar luego. Me lo planteaba como un reto personal. Eso te produce una relación con los toros muy especial, y yo la he sentido.

Catedrático de Puentes en la Escuela de Madrid, académico de Bellas Artes, premio Nacional de Ingeniería, premio Internacional de la IABSE 2006, premio Príncipe de Viana 2005. ¿Se considera suficientemente reconocido profesionalmente?

Sí, casi en exceso, diría yo. Además, en el mundo de la ingeniería era muy poco frecuente asomarse así al exterior, así que me encuentro muy, muy reconocido. Por otra parte, los premios me han llegado sin hacer nada por obtenerlos. Probablemente, si se los hubieran dado a un colega, me habría entrado un poco de envidia. Pero como se han adelantado a la voluntad de tenerlos, encantado de recibirlos.

Cuando repasa las obras que ha hecho y sigue haciendo, ¿piensa que le van a trascender, que guardarán quizá durante muchos años memoria de usted?

No me lo planteo. Lo que no significa que luego no piense que ese puente, sobre todo si es un buen puente, me gustaría que durase por los siglos de los siglos. Pero sin falsa modestia le digo que no me preocupa que mi nombre quede en los libros. Lo que sí me agradaría de verdad es que, por ejemplo, dentro de 50 años, cuando un futuro estudiante de ingeniería esté buscando soluciones y vea un puente mío, que le guste, que entienda lo que hice y le ayude a encontrar respuesta a lo que busca.

¿Cómo piensa vivir los años que le quedan por delante? ¿Se plantea dejar el estudio y jubilarse?

En absoluto. De catedrático me he jubilado este año porque es obligatorio, pero aquí? Espero seguir trabajando un montón de años más, mientras pueda y se me sigan ocurriendo cosas. Si dejara de diseñar ahora, no sabría qué hacer, porque mi trabajo y mis aficiones forman un todo. Supongo que cuando deje de hacer puentes me seguirá gustando Bach. A veces, cuando empezaba a pensar en un puente nuevo, me ponía uno de los Conciertos de Brandenburgo, intentando ver si mis ideas, filtradas por la música de Bach, daban algo sublime. Imposible, no sale nada de ese pensar acompañado. Pero aun y todo sé que Bach me gustará menos cuando en mí no haya puentes que diseñar. De esto estoy bastante seguro.

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