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Editorial:

España vuelve a Cuba

Las relaciones entre Cuba y España son siempre especiales. El régimen de La Habana no puede sino merecer la repulsa del mundo democrático, y no hay razón para creer que la transición, de Castro a Castro, Raúl, el hermano, en lugar de Fidel, de cuya convalecencia no se ve el fin, vaya a reflejarse en una verdadera apertura política. Pero eso no puede significar que el Gobierno de Madrid se ausente de la isla, como si entre ambas naciones no hubiera más que economía y malos humores. Por ello, la visita del ministro de Asuntos Exteriores a Cuba, primera de ese nivel desde 1998, tiene que juzgarse, en principio, positiva.

Su fruto más visible es la creación de un mecanismo político -así se califica oficialmente- de consulta sobre derechos humanos; en otras palabras, una comisión hispano-cubana de la que no se sabe nada y que deberá justificarse por sus obras. Y en segundo lugar, el levantamiento del veto cubano a España -pero sólo a España y no al resto de países de la UE- como "interlocutor privilegiado", en palabras del titular cubano de Exteriores, Felipe Pérez Roque, que podrá desarrollar, así, proyectos de cooperación en nombre de Europa. Veremos si a la UE le encanta que el nihil obstat no se extienda a todos sus miembros.

La lógica del Gobierno español, sobre el papel correcta, es la de que la admonición y el desaire no hacen más que endurecer al régimen, mientras que una política de diálogo permite éxitos coyunturales pero apreciables, como la liberación de disidentes, o menores restricciones a su libertad de movimientos, que si se han producido en alguna ocasión han sido, sin embargo, flor de un día. Y esos modestos logros implican, por añadidura, un precio. Tanto como La Habana exulta en la satisfacción de que vengan de visita sin concesiones previas, el PP en España y la línea radical de la disidencia, dentro y fuera de la isla, truenan contra lo que llaman entreguismo a una bárbara dictadura; y lo que es de verdad grave, Moratinos renuncia a entrevistarse personalmente con esa protesta interior.

Por todo ello, una visita que no es condenable por definición sí puede serlo por falta de funcionalidad. No cantarle públicamente las cuarenta al régimen, e incluso darle un balón de oxígeno diplomático, exigen una contrapartida. Abrazos al dictador gratis, ni hablar. Buenos modales a cambio de algo y que se vea pronto sería ya harina de otro costal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2007