Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

La red clientelar

La cooperación al desarrollo es un sector que mueve en los países ricos millones de euros, da trabajo a miles de personas y genera una creciente burocracia sustentada en fondos públicos. La cooperación se postula solidaria, pero no puede serlo: como se practica mediante la detracción de impuestos no es solidaridad, porque parte de una acción coactiva. Y tampoco es solidaria para el político que la impone o la ONG que la reclama porque nadie es solidario con el dinero de otros. La solidaridad, cuando es verdadera, surge de un impulso personal e involucra la propia hacienda: por eso, ni el recaudador de impuestos ni el recaudado a la fuerza obran por solidaridad. La solidaridad, si es, sale de dentro. Los políticos llaman solidaridad a lo que hacen con nosotros cuando practican una bienintencionada expropiación.

Pero no hay gasto que no atienda a alguna necesidad. El gasto institucionalizado en cooperación también lo hace: tranquiliza las conciencias. Las sociedades desarrolladas satisfacen necesidades materiales y al mismo tiempo liberan recursos para el arte, la cultura o el ejercicio de la ética. Y como hoy la mayoría de la gente no tiene impulsos religiosos, se ve obligada a creer, con mayor desesperación que en otras épocas, en su excelencia moral. El IVA por ser bueno se cifra, al menos en el presente período impositivo, en un 0,7%.

El Parlamento vasco acaba de aprobar la Ley de Cooperación al Desarrollo. Y en ella vuelven a aparecer los tópicos anticapitalistas y antiliberales que frecuentan las clases dirigentes, a despecho de su acomodo en una sociedad capitalista y liberal. La ley se asienta sobre el principio de "solidaridad desinteresada". ¿Qué quiere decir esto? Que el esfuerzo económico en cooperación "no espera retornos en forma de beneficios financieros o comerciales, o tomas de posición de carácter empresarial". También prohíbe el establecimiento de "redes clientelares, del tipo que fueran". En otras palabras, ni un solo euro gastado en cooperación podrá ser invertido en términos económicos: siempre será una donación sin intercambio.

Un africano cultiva o fabrica algo de valor: un producto agrícola, una labor de artesanía, un instrumento musical, una tela de colores prodigiosos. ¿Qué dogma impide que le compremos esas cosas? ¿Qué hay de malo en que gane dinero con su trabajo, exactamente igual a como lo hacemos nosotros? ¿Y no sería mejor la relación si se obtuviera un beneficio mutuo? ¿Cuál es el horror de hacer negocios? Lo lógico sería que un negocio incipiente incitara al africano a fabricar más, a dirigir sus ventas hacia turistas o distribuidores europeos, a contratar empleados para ampliar su actividad, a levantar un taller. Pues bien, todo eso está prohibido por la ley vasca de cooperación, cuyos fondos no podrán promover contactos comerciales con las áreas del planeta más necesitadas. Precisamente allí donde hace falta generar una economía productiva, todo lo que se nos ocurre es el envío incontrolado de excedentes. Al africano podemos atiborrarle a leche en polvo, aplastarle a sacos de arroz, embriagarle a jarabe o forrarle a esparadrapo, pero él nunca jamás, de ningún modo y bajo ningún concepto podrá vendernos nada. Bueno, la ley no le prohíbe hacerlo (aunque otras sí lo hacen); lo que prohíbe es comerciar con el dinero "para el desarrollo". La paradoja sólo tiene una explicación: que en el uso de esos fondos no prevalecen los intereses de los países pobres, sino los de organizaciones que aspiran a manejar ese dinero y a mantener un sector del mundo vedado a la prosperidad que generan los mercados.

Ni un euro para demandar de los países pobres bienes o servicios. ¿Por qué esa manía de protegerlos de nuestro sistema económico? ¿Qué opinan ellos, a la vista del rumbo que toman las pateras? ¿Por qué ahogar en otros países los mecanismos que explican nuestra prosperidad? ¿Por qué impedirles el acceso a la producción y al crecimiento? Les damos una limosna y les prohibimos comerciar. ¿Y se pretende impedir la creación de "redes clientelares"? ¿No es buena parte de África una obscena red clientelar dependiente de organizaciones no gubernamentales sustentadas por dinero gubernamental? El único nombre que se puede dar a todo esto es pornografía política. Tan trágico como eso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007