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Tribuna:

El ruido y la furia

Desde hace tiempo, cada vez recuerdo con más frecuencia la famosa frase de Shakespeare en Macbeth: "La vida es una sombra... Una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa". No es que yo, personalmente, esté atravesando una mala racha. Se trata de que una serie de personas se han empeñado en ensombrecernos a todos la existencia por la vía de enturbiar la realidad.

El primer brote de ruido y furia ya lo vivimos los españoles en los últimos años del felipismo, cuando la corrupción, el GAL y la propia prepotencia del Gobierno socialista de aquel tiempo dieron alas a sus opositores para convertir la vida de este país en un guirigay, con el claro objetivo de recuperar el poder perdido. Pero esta vez ni siquiera esperaron a que hubiera motivos para ello.

Antes incluso de que el Gobierno de Rodríguez Zapatero tomara posesión de aquél, ya el ruido se había apoderado del país, alimentado por los mismos que aquel otro; prueba evidente de que no se trataba de un malestar popular basado en los errores del Gobierno y sí en la frustración del partido y los grupos de poder desplazados de él por las elecciones. El Gobierno de Rodríguez Zapatero se encargó de darles luego argumentos para la crítica, ya fueran la gestión de la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña, ya las negociaciones con ETA que acabaron saltando por los aires en la T-4 de Barajas. Pero fue tal su agresividad, tanta la hostilidad desplegada, que uno no puede menos que sospechar que primero era la furia y luego las razones para ella.

¿De dónde viene esa furia? ¿De dónde nace esa agresividad que ha conseguido hacer que los españoles, incluso los más calmados, se sumen a la gresca general, ya sea en el seno de sus familias, ya sea en el trabajo o por la calle, como si en lugar de en un país democrático moderno estuviéramos viviendo todavía en el pasado? Me gustaría pensar que de la situación objetiva del país, pero, afortunadamente, ésa no es la razón. Ni en materia económica ni en otras estamos hoy peor que en otras épocas; al contrario, y ello gracias a todos los españoles, independientemente de su color político. Así que, si la agresividad no surge de la realidad, ¿de dónde viene y por qué es tan acusada?

Me gustaría pensar también que se debe simplemente, como mucha gente sostiene, a la frustración que el Partido Popular arrastra desde hace tiempo por haber perdido unas elecciones que consideraba ya ganadas antes de su celebración. Se trataría, por tanto, del malestar derivado de haber vendido la piel del oso antes de cazarlo y que perduraría en el tiempo por la propia resistencia del partido perdedor a aceptar esa circunstancia. Puede que algo de eso haya, en efecto, pero no lo explica todo, en mi opinión. Explica algunas conductas, pero no la dimensión del ruido ni la exagerada furia que se advierte en muchas personas.

A lo largo de la historia, las posiciones conservadoras han gobernado siempre en España, excepto en tres momentos puntuales: la II República, la época de Felipe González y, ahora, la de Zapatero. Las dos primeras acabaron, como todos ya sabemos, en medio del ruido y de la furia (más en el primer caso que en el segundo, obviamente) y la tercera se está desarrollando toda ella sometida a esos dos condicionantes.

Así que no se trata de una frustración puntual. Ni siquiera de una estrategia, como también sostienen algunos, dirigida a erosionar a un Gobierno al que consideran débil, aparte de ilegítimo e impostor (para ser una frustración duraría ya demasiado tiempo, y como estrategia sería un grave error, puesto que hasta la derecha sabe que la moderación política es la que gana las elecciones). Entonces, ¿de qué se trata?

En El ruido y la furia, la célebre novela que escribió a partir de la frase de Shakespeare, William Faulkner relata la decadencia de una familia aristocrática rural del sur de los Estados Unidos, los Compson, que ve cómo su poder, vinculado a la propiedad de la tierra, se desmorona con la pérdida de ésta a raíz de las nuevas leyes liberalistas y de la abolición de la esclavitud tras la Guerra de Secesión. El relato, contado por tres personajes, más la propia voz del autor, constituye una radiografía de la degradación moral y humana a que conduce a algunas personas la negativa a aceptar la realidad, bien sea porque el orgullo les ciega la inteligencia, bien sea porque la furia que les provoca la pérdida del poder les incapacita para pensar, convirtiéndoles en unos idiotas que confunden su furia con la verdad. La rabia anula los pensamientos; las palabras -dice Faulkner- ya no responden a la conciencia, sino al ruido, al caos que se establece en el cerebro de unos personajes desbordados por el descubrimiento de que las viejas estructuras tradicionales que conocieron y disfrutaron se desmoronan y de que la propiedad de la tierra, que da el poder, ya no es un derecho exclusivo suyo, sino de todos, incluidos los criados y los antiguos esclavos negros. La reacción a ello será distinta, desde la autodestrucción al enfrentamiento, según cada personaje, pero todas llenarán de ruido y furia la convivencia de la familia y sus relaciones con los demás, a quienes ven como los culpables de su desdicha; esto es, como sus enemigos, usurpadores de una tierra que era suya y de un poder que les pertenece. Que continúa perteneciéndoles, puesto que el poder está -piensan- por encima de las leyes de los hombres.

Que me perdone Faulkner por la comparación, pero, viendo lo que sucede en España ahora mismo, no puedo menos que recordar a sus personajes y, en concreto, sus palabras, puestas en boca de uno de ellos, el patriarca de la familia, cuya lucidez aumenta a medida que todo se desmorona a su alrededor: "Nunca se gana una batalla... El campo de batalla sólo revela al hombre su propia estupidez y desesperación".

Julio Llamazares es escritor

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007