Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Las drogas del mundo

Los informes de la Agencia de la ONU contra la Droga y el Crimen, con sede en Viena, no acostumbran a dar buenas noticias, y el último, publicado el jueves,

no es una excepción. Cierto que hay sorpresas agradables, como por ejemplo la drástica caída (un 62%) en la producción de cannabis en Marruecos, el mayor productor del mundo, y el hecho de que no se deba exclusivamente a la sequía, sino también al empeño de las autoridades de Rabat, que comienza a tener efectos. Sin embargo, como suele suceder en los informes sobre drogas, nunca falta abundante oferta, como lo demuestra el aumento continuo del cultivo de cannabis en el resto de África.

Los datos más dramáticos surgen en el cultivo del opio, sustancia básica para la producción de la heroína en la que Afganistán, tradicional primer productor del mundo, ha disparado sus cosechas en el último año. Como principal fuente de ingresos del país, de su población rural, de los caudillos de la guerra y de unos talibanes cada vez más crecidos, el opio, que es arma de guerra por excelencia, ha aumentado su superficie de cultivo en un 59% en 2006. Lo cual revela el catastrófico balance de la campaña de erradicación del Gobierno afgano y sus aliados occidentales para acabar con la financiación de sus enemigos. Se espera una auténtica marea de heroína desde la región hacia las zonas de mayor consumo y un descenso de los precios de una droga que en los últimos diez años había perdido mercado en las sociedades desarrolladas.

Tras haber causado estragos en Europa y EE UU en el pasado, la heroína había dado paso a la cocaína como droga dura de consumo en permanente crecimiento en algunos países, España entre ellos. La erradicación de cultivos ha continuado en países latinoamericanos, pero nadie duda de que la producción de cocaína no puede combatirse sólo en origen, ya que el principal problema reside en su inmensa demanda.

Los esfuerzos de mentalización sobre este extremo no han tenido mucho efecto. Probablemente el más meritorio es el del vicepresidente colombiano, Francisco Santos, que intenta explicar a los consumidores de los países ricos su responsabilidad cuando compran una cocaína que financia violencia, delincuencia, terrorismo y corrupción. El narcotráfico es una de las máximas amenazas para las libertades debido a su inmenso poder corruptor. Desde Afganistán a Colombia, en numerosos países los enemigos de la democracia se nutren del dinero que les suministran los consumidores de las sociedades avanzadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007