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COLUMNA

Estrabismo vigilante

En el dormitorio del apartamento que el británico Wystan Hugh Auden habitó en Nueva York desde que, en un proceso inverso al de T. S. Eliot, se nacionalizara estadounidense, yacía en el suelo un retrato suyo sin marco y con la cara frente a la pared. El propio Auden describía su rostro como "un pastel de bodas olvidado bajo la lluvia". Los surcos de ese rostro, su palidez, los ojos apenas pigmentados y las orejas puntiagudas recuerdan al de Beckett, rostros difíciles cuya singularidad y concentración denotan una inteligencia fuera de lo común y, en consecuencia, una carencia en lo referente a las relaciones humanas motivada por una tendencia a forzar las situaciones provocando en los demás la incomodidad de sentirse observados.

W. H. Auden se pasó muchas horas de su adolescencia construyendo un mundo propio altamente elaborado, basado sobre todo en el paisaje calcáreo de la cuenca minera y la industria de la extracción de plomo. Ya por entonces, Auden, como luego postularía en su poética, creía que debía atenerse a ciertas reglas. A la hora de elegir entre dos formas de refinería sin concederse la posibilidad de usar medios mágicos, Auden escudriña en los catálogos las ventajas de dos máquinas verdaderas para la separación de la turba. De los dos tipos, uno le parece más hermoso, pero el otro lo considera más eficiente: "Me encontré frente a algo que sólo puedo llamar una elección moral. Era mi deber escoger el segundo, el más eficiente. Más tarde me he dado cuenta de que en la construcción de este mundo habitado sólo por mí ya estaba empezando a aprender cómo se escribe poesía".

Es obvio que Auden había leído en su juventud mucho más sobre geología que sobre poesía, a la que llega por puro azar, como él mismo dice. Pero quizá no tanto, puede que haya sido más bien por continuidad si atendemos a la evidente analogía entre ambas pasiones, la de sumergirse en las múltiples capas de la tierra y en la compleja trama del lenguaje.

"A finales de los años veinte y principios de los treinta, Auden agarró la poesía inglesa por el pescuezo y le hundió la cara en la fuerza de la modernidad", ha escrito Seamus Heaney. Pero Auden, un poeta absolutamente moderno, sacude la poesía de su país estableciendo un puente con la tradición, desconfiando de las rupturas extremas de las vanguardias y mostrando un constante apego a los aspectos formales de la poesía. Para Auden, el sortilegio de la poesía reside en el poder de su fenómeno acústico para enlazarse con nuestras percepciones mentales y corporales, además de la tentativa que supone construir un sentido ponderado y verdadero. "El poeta es mucho más semejante a un hijo de vecino que a Kelley o Sheats. Lleva el pelo corto, botines, sombrero, traje con rayas finas y va a trabajar al banco en el tren local". La inversión de las letras en los nombres de Shelley y Keats, así como la implícita referencia a Eliot, resaltan irónicamente su convicción. Su mirada clínica sobre el mundo y las cosas, unida al sentido del humor y la apelación a la ironía, dan una pista sobre su forma de trabajar la emoción humana. Su sentido del metro y de la rima, la riqueza de las imágenes y las complejas construcciones lingüísticas de gran precisión perfilan el retrato de un poeta experto en ese arte, el de la precisión, con una capacidad inusitada para hacer de la imagen un complejo mecanismo verbal donde cada palabra encuentre su sitio. Casi nada para estos tiempos en los que el lenguaje se desmorona como una pirotecnia tan fallida como agresiva.Auden, un poeta absolutamente moderno, sacude la poesía de su país estableciendo un puente con la tradición

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007