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COLUMNA

Testosterona al cuadrado

¿Será que Louann Brizendine tiene razón? ¿Será que el cerebro masculino tiene 2,5 veces más espacio dedicado al sexo y a la agresividad que las mujeres? Dice la neuropsiquiatra norteamericana que "ellos cazan y ellas seleccionan" y que, mientras los hombres necesitan unos tres minutos para empinar la alegría de la vida, las mujeres necesitamos unas 24 horas de preámbulos. Y todo, añade, tiene su explicación en la biología. Por ello las mujeres nos enzarzamos en discusiones inacabables y los hombres prefieren resolver sus disputas con más testosterona y menos dialéctica. También sería la biología la que nos daría la clave de uno de los enigmas de la historia de la humanidad: el por qué los hombres nunca recuerdan, y las mujeres nunca olvidan. Palabras. Multiplicación de palabras en el cerebro femenino, mientras que en el masculino los flujos hormonales ocuparían envidiables espacios. Aquello del chiste feminista de la pobre neurona llorando su soledad en el cerebro de un hombre, y todas sus colegas de excursión por la tercera pierna. Será, pues, que Louann tiene razón. Aunque, sinceramente, y más allá de lo mucho que nos divierten los tópicos sobre hombres y mujeres, e incluso aceptando nuestras muchas diferencias funcionales -cerebro incluido-, lo cierto es que este tipo de afirmaciones existen para poder desmentirlas, y ahí están las decenas de hombres receptivos, emotivos y hondamente intelectuales que nos acompañan por la vida. Como ahí están, también, las dianas cazadoras que disfrutan de la noche con tanta voracidad como sus colegas masculinos. La verdad, he conocido hombres de mucha palabra y mujeres de mucho silencio, de manera que, como diría Pau Donés, depende...

Sin embargo, hay un lugar en el mundo donde las tesis de Louann Brizendine se confirman de forma inapelable, y ese territorio comanche, auténtico paraíso de la hormonación masculina, es el fútbol. A pesar de reconocer mi pasión por tan extraño juego, lo cierto es que el fútbol es un deporte concebido desde, por y para la testosterona, y toda la atmósfera que respira, desde su gramática gruesa hasta su pesada simbología, pasando por la mítica de sus protagonistas, todo está arraigado en el tópico machista más cutre y más rancio. Quizá es el espacio social donde el machismo pata negra se ha preservado con más cuidado, como si fuera una especie de parque jurásico de la especie. Y ahí tenemos esos espectáculos de entrenadores gritones y malhablados -que sitúan el valor de un jugador en el tamaño de sus bolas-, esos hinchas que transforman su condición humana en una parodia cuando enloquecen en un campo, esos presidentes de clubes que lideran el ejército de los matones de discoteca, esos comentaristas que incendian las ondas. ¿Se acuerdan ustedes del estilo Butanito, el de un señor que inventó el insulto informativo y ahora se siente insultado? Pues, a pesar de honorables y muy destacables profesionales que han superado el estadio de Cromagnon -algunos, como el maestro Puyal, nunca estuvieron en él-, el estilo Butanito no sólo no ha desaparecido, sino que goza de muy buena salud en muchas esquinas de la información deportiva. La suma es explosiva: directivas incendiarias, comentaristas pirómanos, entrenadores con las neuronas en la entrepierna y unos hinchas a los que el fuego verbal les excita su lado bárbaro. Ya sé. Hay entrenadores muy finos -Rijkaard lo es-, presidentes educados, aficiones con clase, pero las minorías que incendian el fútbol son demasiado relevantes para considerarlas una anécdota.

Y entonces, un día, un botellazo deja sin sentido a un entrenador. Y de golpe asistimos al milagro de la conciencia colectiva, tan farisaica ella que ahora se rasga las vestiduras de la vergüenza. ¿Cómo es posible tamaña barbaridad? Pero durante los 15 días anteriores de verborrea futbolera entre presidentes, con toda la testosterona rancia metida en la gramática, excitando a las masas como lo que son, entes sin personalidad -"se es masa antes que individuo", escribió Freud-, nadie pareció alarmarse de nada. Formaba parte del decorado, del escenario del partido, de la tradición entre rivales. Lo cierto, sin embargo, es que este duelo de pirómanos - ellos, que tenían que ser los bomberos- hacía gracia a todo el mundo porque el fútbol aún se concibe como un deporte violento. ¿No? ¿Entonces lo que pasa en los campos del fútbol escolar, con los propios padres atizando el cerebro de los niños, qué es, una excentricidad?

No vale hablar de pasión. La pasión puede ser civilizada o bárbara, puede canalizar el placer o dar salida a la violencia, puede aplacar a la bestia o puede ser su excusa. Evidentemente, no concibo el fútbol sin la pasión correspondiente, porque como todo deporte, es fundamentalmente un hecho pasional. Pero hay una gran diferencia entre la diversión colectiva y la violencia excitada. Antes de un puñetazo, siempre hay una palabra mal dada; antes de un botellazo en un campo de fútbol, hay muchas declaraciones y muchos micrófonos culpables. Rasgarse las vestiduras por la violencia del hombre-individuo, y no analizar los mecanismos cómplices que lo han convertido en el hombre-masa, es intentar parar un huracán con un pañuelo. El fútbol es un gran deporte. El día que se libere de su exceso de testosterona, de sus machitos de tres al cuarto, de sus entrenadores que hablan de huevos y tortillas, de sus presidentes gallitos y vocingleros, y de toda la pesca rancia que sólo sabe situar la palabra en la entrepierna, ese día será, además de un gran deporte, un deporte noble. Hoy, se queda a las puertas.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007