Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:CUBA, A LA ESPERA DEL CAMBIO

La azotea de los escritores

Confianza, escepticismo y alivio. Con esas palabras se podría definir el ánimo de los escritores cubanos ante el panorama que se ha abierto con la enfermedad de Fidel Castro. Para unos es decepcionante que la posible transición no genere más debate. Para otros, la tranquilidad garantiza la reconciliación entre los que se fueron de la isla y los que se quedaron. Autores de tres generaciones distintas como Antón Arrufat, Reina María Rodríguez y Ena Lucía Portela hablan en La Habana sobre el presente y el futuro de su país.

"Desde la enfermedad de Fidel hay días en los que camino por la calle y me parece que siempre es domingo por la tarde", afirma Wendy Guerra

"Creo en una reconciliación, las fronteras que no existen en literatura tampoco van a existir en la realidad política y social", dice Antón Arrufat

"Deberíamos lograr que cultura sea también que no haya basureros", sostiene Reina María Rodríguez

La Habana hoy es una incógnita. Como lo es el futuro de la isla y el destino de los cubanos. La ciudad que es el epicentro y catalizador de todo el país lleva mucho tiempo quieta, inalterable en su destrucción y en su belleza. Y ahora, después del susto de Fidel Castro (así se refieren a su enfermedad), se ha añadido además el silencio. Más que esperar el desenlace del episodio concreto que afecta la salud del Comandante, sobre la que la población no tiene información, todo el mundo parece haber caído en la cuenta de que la vida es limitada y que hay que empezar a plantearse el recambio. Pero nadie menciona directamente el problema. Un amplio número de escritores, mayor que el habitual en la ciudad puesto que estos días (hace un mes) se celebra la feria del libro, hablan del momento presente, incluso aventuran una idea de futuro, pero no se atreven a verbalizar la posibilidad de que Castro deje el poder. Lo expresa la poeta Reina María Rodríguez (La Habana 1952), cuya Azotea en la calle de las Ánimas, ha sido el lugar de reunión clave para la poesía de la isla en los últimos años: "El día después ya ocurrió y todo sigue parecido. Yo sentía el silencio cuando caminaba por la calle. Esto es terrible porque indica que hemos llegado a una situación como cuando una especie no genera, no muta y ése es su fin. Me da terror que la retórica sustituya al sentimiento. La gente debe expresar lo que siente. La retórica oculta el miedo y el miedo es terrible".

Esta mujer, que ha sido heroica en la defensa de un territorio para los escritores, sigue involucrada en proyectos culturales como Torre de Letras, una revista de la que editan, cosidos a mano, 120 ejemplares. Reina María acusa dolorosamente la partida de muchos de los poetas que conformaban con ella el espacio de la Azotea. Eso mina su energía a la hora de mirar el futuro: "Se fue todo el mundo, sólo me quedan sus cuadritos en las paredes. Es un drenaje que hace un hueco muy grande. No puedo sustituir a las personas porque las personas son insustituibles".

Melancolía y confianza

Su melancolía contrasta con la confianza en el futuro que en este momento muestra Antón Arrufat, (Santiago de Cuba, 1935) el escritor más destacado de La Habana. Fue amigo personal de Lezama Lima y de Virgilio Piñera, "al que le debo la ética del escritor, era insobornable", recuerda. A cuenta de esa ética, Arrufat pagó en años anteriores un alto precio. La puesta en escena de una de sus obras de teatro, Los siete contra Tebas, le supuso el ostracismo absoluto: "Fue un momento en el que todos estaban afectados de un exceso de dogmatismo y había una intervención demasiado directa del Estado en la creación artística". Estuvo 14 años sin poder publicar y 11 condenado a hacer paquetes en una biblioteca municipal. "Me levantaba a las cinco de la mañana para poder llegar a las ocho". Hoy, además del Premio Nacional de Literatura, ha recibido todos los premios posibles de la cultura cubana. El escritor, sin perder una especie de senequismo que le mantiene a una media distancia de su interlocutor, manifiesta su sorpresa por la actitud de la gente frente al futuro: "Me sorprende su serenidad. Creí que la enfermedad de Fidel supondría un sobresalto, pero ya han pasado ocho meses desde su retirada y todo va adquiriendo un ritmo algo diferente. Creo que la gente maduró y esto se parece a una transición, aunque aquí no usamos esa palabra. La larga educación política y el adoctrinamiento están dando un resultado positivo". Y aventura su visión optimista respecto a lo que no puede ocurrir: "Aquí no va a haber una guerra civil, no vamos a matarnos unos a otros. Ni los que están fuera están dispuestos a venir con armas, ni nosotros a salir al Malecón a tirarles. Creo en una reconciliación, las fronteras que no existen en literatura tampoco van a existir en la realidad política y social".

Revolución, qué revolución

Arrufat menciona la posibili

dad de la sangre y eso es algo, por críticos que se muestren con la situación algunos escritores, en lo que nadie cree. "¿Miedo al futuro? ¡Imagínese! Creo que difícilmente estaremos peor de lo que hemos estado. Sólo puede ser peor una guerra y no creo que la haya en absoluto. Sería bueno una transición y que se desarrollara con la menor violencia. Me eduqué en la escuela comunista, me pintaron un maravilloso futuro soviético y ahí tenemos lo que pasó. Este país está agotado y cansado, está podrido, ésa es la palabra". Así opina Ena Lucía Portela, una joven escritora que con apenas tres libros publicados ha conseguido premios importantes fuera de Cuba y demostrado como narradora un talento extraordinario. Pertenece a una generación que no vivió el triunfo de la revolución y ésta es una palabra sin contenido para ella: "Cuando oigo a intelectuales, de aquí o de fuera, hablar de la revolución cubana no sé de qué están hablando. Nací en 1972 y he conocido la era soviética y la caída del muro de Berlín. En Cuba ha habido un poquito de apertura en materia de derechos civiles y un gran desastre económico. Para mí esto es una dictadura establecida y agónica, no le veo nada de revolución a esto". La escritora vive en El Vedado, una de las zonas más bonitas de La Habana, que ha empezado su rehabilitación. Al menos eso indica la magnífica reconstrucción de la casa de la poeta y premio Cervantes Dulce María Loynaz. Pero la casa de Ena Lucía es de las que en su interior está compartimentada y el espacio han de repartírselo entre varias familias. El que corresponde a Ena Lucía que comparte con su madre es mínimo, apenas dos metros cuadrados frente a la puerta de entrada que debe permanecer abierta y al fondo un espacio similar para dormitorio y cocina. Wendy Guerra, con 30 años, ganó en España con su primera novela, Todos se van, el Premio Bruguera. Ella se muestra esperanzada: "Desde la enfermedad de Fidel hay días en los que camino por la calle y me parece que siempre es domingo por la tarde. No estamos educados para enfrentar la vida con miedo, eso nos hubiese dejado en el camino. El peligro es no encontrar una salida desde nosotros mismos. La mejor salida sería entre cubanos y la esperanza es lo último que se pierde".

Igual que el conocido escritor y guionista Senel Paz, que recientemente ha visitado España para presentar su novela En el cielo con diamantes. Él sí es deudor de aquel momento heroico de la revolución y en su libro cuenta justamente su experiencia de adolescente durante aquellos primeros años en los que llegó a La Habana como estudiante. En el reparto inicial de viviendas, le tocó disfrutar de una de las magníficas villas de la exclusiva zona de Miramar, convertida en una especie de colegio mayor. Él es un hombre dialogante, y aunque en algún momento fue considerado un disidente, hoy profesa un optimismo militante respecto al futuro: "Sería casi una catástrofe para el imaginario colectivo latinoamericano que lo que significa Cuba acabe en frustración. Confío en la sabiduría de nuestro país que se crece en los momentos difíciles. Soy un enfermo del optimismo y pienso que hay pocos pueblos que se han ganado la felicidad tanto como éste. No sé si confundo el futuro con mi deseo, pero pienso que la experiencia y la serenidad de los cubanos van a ir abriendo el camino".

De esa serenidad hacen gala otros escritores que han cumplido ya los 40 años. Rogelio Riverón opina que los creadores tienen un papel en ese futuro: "Lo veo con una paciencia zen. No tengo miedo por el futuro de Cuba. El arte y la literatura son hoy, incluso frente a cualquier obstáculo, algo patente". En la misma línea está Alberto Guerra: "Si deseo para mis hijos un futuro promisorio, alejado del capitalismo salvaje, mi deber como intelectual es ser protagonista de la sociedad cubana". Y el multipremiado Jorge Ángel Pérez: "La sociedad cubana vive hoy un momento singular del que participan los escritores y artistas. Ellos han propiciado el diálogo en nuestra sociedad y han propuesto nuevos espacios para el debate y la creación. Yo, como todos, trabajaré".

Sin embargo, la vida cotidiana está en niveles paupérrimos en la isla. Entristece comprobar que a pesar de las magníficas rehabilitaciones de zonas completas de La Habana Vieja, sin duda un horizonte de esperanza para la ciudad, la gente carece de condiciones elementales para su desarrollo. Los alimentos no abundan, desde luego, pero a veces hay cosas peores. "La cultura no nos redime de nada", afirma Reina María, "estamos a la intemperie y deberíamos lograr que cultura sea también que no haya basureros. Que esté en nuestra vida de todos los días". En este sentido, Ena Lucía recuerda la intervención de uno de los presentes en el acto de presentación fuera de Cuba uno de sus libros, que hizo un canto al periodo especial por los buenos libros que se habían escrito en Cuba: "Lo que está diciendo es una frivolidad -le contestó la escritora- está usted hablando de hambre y de miseria. Sería preferible que no hubiera problemas aunque la literatura no fuera tan buena".

Libertad tamizada

Ena Lucía lamenta no disfrutar de lo que para ella son carencias vitales: la precaria electricidad o usar internet con privacidad. "Aquí el día es muy terrible, mucho sol, mucho calor, y prefiero la noche porque hay más frío y silencio. Me gusta para escribir, pero se te va la luz y ya te la han arruinado. Como escritora tengo acceso a internet pero sin privacidad y así prefiero no usarlo. La información llega tamizada, te abren el correo. Cuando viene una periodista a entrevistarme, yo también la entrevisto a ella".

El problema de la libertad que toca Ena Lucía es, por lo que todos afirman, lo que realmente está cambiando en el mundo de la cultura. El anterior ministro del ramo, Armando Hart, inició una tímida apertura que parece estar empeñado en consolidar su sucesor Abel Prieto. Unos enfocan al ministro con más reserva que otros, pero todos focalizan en él su esperanza. "Yo sé", reconoce Reina María, "que en el Ministerio de Cultura hay preocupación por ayudar a los escritores y artistas. El problema no es tanto de ayudas sino de confianza, una confianza que tiene que ser recíproca y fomentar el debate. Los escritores no vivimos en una urna aparte del pueblo. Hay que potenciar la salida de nuestra voz a la sociedad".

Marlyn Bobes, nacida en La Habana en 1955, poeta, novelista y periodista, con un número importante de premios en su poder, afirma que las cosas están cambiando hacia crecientes cotas de libertad: "Quizá mi vida es más fácil porque tengo familia fuera que me ayuda económicamente y me proporcionan lo que necesito, pero está claro que, como creadores, cada vez tenemos más posibilidades y vías para expresarnos". Antón Arrufat, poco dado a triunfalismos, reconoce: "Felizmente salimos de ese periodo en el que hasta la terminología era soviética. Nos hemos puesto de nuevo en la tradición nacional, en la estela de Martí que tenía amplitud de miras y no era ningún dogmático. No se trata de convertirnos en unos fanáticos suyos, pero sí de reconocer en él una tradición en la que todos nos ponemos de acuerdo". Senel Paz, que declara sentir un enorme orgullo por pertenecer a la cultura cubana, afirma rotundamente: "El acto artístico en Cuba ha resistido y ha vencido. Lo político tiene en este país un predominio muy fuerte, pero estoy seguro de que vamos hacia un periodo de reflexión crítico y desprejuiciado".

Deseos de futuro

El cubano es un hombre de recursos. Rara vez pierde el sentido del humor y convierte en virtud su parsimonia: "Nadar, nadar, para morir en la otra orilla", repiten cuando observan la aceleración de sus visitantes. Esa misma actitud preside las soluciones que adoptan frente a la escasez de materiales para construir o arreglar cualquier cosa. Toda la ciudad está bajo el milagro del reciclaje. Una copa de cristal invertida, sellada con una base de plástico, sirve de base a una serie de pequeñas pantallas. Las latas vacías se transforman en estrellas y todo tipo de formas brillantes con las que decoran las calles en fiesta. Las botellas de Coca-Cola de los años cincuenta, serradas a la mitad, resultan unos atractivos vasos. Las puertas de algunos ascensores es mejor no mirarlas si se ha de subir en ellos pero, milagrosamente, funcionan. La lista sería innumerable, sin embargo esta escasez no se traduce a la hora de enunciar un deseo de futuro. Está claro que los intereses de los cubanos trascienden el hecho material. Para Wendy Guerra, su deseo se traduce en "caminar por El Vedado y La Habana Vieja con esos amigos que llevan tres generaciones diciendo adiós y partiendo. Reconstruir nuestras vidas con ellos. Que estar separados no sea ya la solución". Y Ena Lucía, que a simple vista se comprende que carece de casi todo, plantea un deseo relacionado con su propia salud y la de la humanidad: "Que avance la investigación con células madre. Que la Iglesia deje ese tema tranquilo porque hay enfermedades terribles". Tampoco Senel Paz pide bienes materiales. Insiste en su fe en el trabajo y su deseo se concreta en "participar intensamente en la construcción de una sociedad feliz y unida". Jorge Ángel Pérez reclama "prosperidad"; Riverón, "luz y progreso", y Reina María Rodríguez, además de salud para poder seguir escribiendo, desea sobre todo: "Reencontrarse con los amigos. Que no haya nadie que impida que ellos vengan y se vuelvan a ir si quieren".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2007