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domingo, 25 de febrero de 2007
Reportaje:SOLIDARIDAD

Películas con corazón

Javier Bardem 25 FEB 2007

‘Los invisibles’, que se estrena en marzo, es una historia de historias. Un acercamiento a los que residen en el olvido. Un deseo de dar voz a los mudos por la indiferencia. Y un humilde homenaje a los que nunca apartaron la mirada de ellos. Pero sobre todo es la voluntad de cinco directores por hacer visibles a sus verdaderos y únicos protagonistas, a aquellos que preferimos seguir creyendo invisibles.

En el 25º aniversario de Médicos sin Fronteras (MSF) en España, cinco directores han vuelto su mirada a las víctimas de cinco crisis olvidadas. Y de su encuentro con estas realidades han surgido las historias dirigidas por Mariano Barroso, Isabel Coixet, Javier Corcuera, Fernando León de Aranoa y Wim Wenders, y que han mezclado documento y ficción en una pieza única.

Mi relación con MSF empezó cuando me ayudaron a preparar un papel que iba a interpretar sobre un médico en el terreno. Me propusieron acudir a uno de sus programas de tratamiento y prevención de la malaria en Etiopía. Entonces me surgió la idea de hablar sobre lo que ellos llaman “los invisibles”, víctimas de conflictos armados y enfermedades poco o nada tratadas. La clave era darles proyección pública. Concienciar sobre esas crisis olvidadas.

Sólo faltaba la forma; el cómo, quién, dónde y cuándo.

Gracias al apoyo y los sabios consejos de amigos como Fernando León y Mariano Barroso pude empezar a montar el engranaje de talentos que son los cinco directores que han dirigido la película. A algunos de ellos los conocía un poco, como a Javier Corcuera; con otros era la primera vez que contactaba, son los casos de Isabel Coixet y Wim Wenders. Pero a todos les unen las mismas cualidades desde el principio: compromiso, valentía y generosidad. Son ellos los que han puesto el corazón a la película.

Y el esqueleto se pudo configurar gracias a la estupenda colaboración de MSF, junto al mejor equipo de producción que haya conocido: Patricia Muns, Luis Fernández y Juan Aguirre, Pilar, Emilio y Samuel. Ellos han hecho realidad este loco sueño mío.

Del trabajo de cada director destacaría la calidad como obra cinematográfica de sus piezas. Creo que son un buen reflejo de la creatividad y el talento que poseen de forma única y específica. Y es un verdadero lujo poder haber contado con el cariño, la dedicación y el talentazo de un grupo importante e irrepetible.

La elección de estas crisis se hizo basada en la lista anual de MSF. Algo que llaman, desgraciadamente, el top ten de los contextos donde se necesita intervención urgente. Cada director eligió el tema que prefería tratar. En algunos casos, como Sudán o Somalia, se desestimaron a última hora por razones de seguridad.

En mi opinión, el desconocimiento de estas crisis tiene que ver, entre otras razones, con la falta de información y el escaso interés de la situación desesperada y desesperanzada de los más débiles en una sociedad en la que cada vez se mira más por la propia supervivencia y nada por la de nosotros como comunidad. Las personas de las que trata la película no son ni más ni menos que tú o yo; sólo, víctimas de un sistema económico sin escrúpulos, y del total desinterés de los Gobiernos por guerras sin posibilidad de royalties.

Organizaciones no gubernamentales como MSF ya ponen todo su empeño en paliar sus consecuencias y en denunciar esas crisis olvidadas. Creo que la única forma de colaborar como persona de a pie es asegurarse de que ese mensaje llega a los que evitan tomar decisiones por falta de interés o de ganancias económicas. Y ahí entran desde los Gobiernos de más influencia hasta las empresas privadas que financian guerras productivas para sus bolsillos, pasando por aquellas multimillonarias farmacéuticas que no invierten en investigación de medicamentos esenciales para países pobres u obstaculizan el uso de genéricos que salvarían miles de vidas para así enriquecerse con las patentes.

Esta película nace con el único deseo de poder ver y escuchar a sus protagonistas, sus invisibles protagonistas.

El arca de Justin

Miles de niños ugandeses caminan varios kilómetros cada día al caer el sol para dormir en los refugios. Allí no pueden ser secuestrados por los rebeldes enfrentados al Gobierno. ‘Buenas noches, Ouma’ cuenta la historia de críos que no quieren ser soldados. Por Fernando León.

Ouma tiene 12 años y no le gusta la noche. Cada día, al caer el sol, él y su hermano Sunday caminan ocho kilómetros para dormir en El Arca de Noé, uno de los refugios para niños que han habilitado al norte de Uganda. Como ellos, son miles los que no pueden dormir en sus comunidades por miedo a ser secuestrados de noche y forzados a combatir. Son conocidos como los night commuters, y su éxodo comenzó hace ya muchos años. Huyen diariamente del Ejército de Resistencia del Señor (LRA), alzado en armas contra el Gobierno de Uganda desde hace veinte años, que ha hecho del rapto masivo de niños su principal medio de reclutamiento.

Justin es uno de los cuidadores que trabajan en El Arca de Noé. Mide casi dos metros y nunca duerme de noche. Pasea de madrugada por las habitaciones del centro velando el sueño de los niños, que duermen envueltos en mantas sobre el suelo de cemento. Nos dice en un susurro que a veces se despiertan sobresaltados por las frecuentes pesadillas. Y apenas disimula su orgullo cuando admite que en esas ocasiones les tranquiliza tenerlo cerca. Justin es voluntario, y El Arca de Noé es sólo uno de los nueve refugios para night commuters de Gulu, una pequeña ciudad, cercana a la frontera con Sudán, en la que los cortes de electricidad son frecuentes.

Nos ha traído la propuesta de Médicos sin Fronteras: contar lo que en su jerga interna denominan “conflictos olvidados”; aquellos que raras veces alcanzan los titulares de los periódicos, de los que apenas se ocupan los medios de comunicación. Contar, en definitiva, lo que pocas veces se cuenta. Nos empuja también el entusiasmo contagioso de Javier Bardem, que en esta película interpreta al productor y lo borda, y la oportunidad, el privilegio de trabajar para MSF. De ser, por unos meses, parte de su equipo.

Lo que pocas veces se cuenta: la guerra que desde hace veinte años asuela el norte de Uganda es, antes que nada, una guerra contra los niños. Como en un cuento oscuro, son miles los que abandonan diariamente sus casas y recorren las carreteras de tierra para dormir en las áreas urbanas. Envueltos en mantas, inundan las cunetas de los caminos al caer la tarde, camino de las ciudades. Allí duermen en naves, escuelas vacías, estaciones de autobuses y refugios construidos especialmente para ellos por la municipalidad y gestionados a veces por organizaciones internacionales de cooperación. Su número oscila en función de la intensidad del conflicto; han llegado a ser 40.000 los niños que cada noche recorren distancias de entre 5 y 15 kilómetros huyendo de una guerra que ha causado 150.000 muertes y forzado el desplazamiento de dos millones de personas. Casi el total de la población del norte del país vive en ciudades protegidas; en realidad, campos de desplazados custodiados por el ejército.

Se cifra en 20.000 el número de niños secuestrados y obligados a combatir. Algunos de los menores con los que hablamos en Gulu han sido forzados a cometer crímenes atroces con 12, 14 años. Muchos los han presenciado. Ese momento, el de la violencia inflingida contra otro, es el que aparece con mayor frecuencia en sus pensamientos. Encuentran siempre la manera de contarte lo que les atormenta como parte de un sueño, como algo que han escuchado; pero también la forma de hacerte entender, al final del relato, que lo que acaban de contar les ha sucedido a ellos.

Como a Ouma, tampoco a Francis le gusta la noche. Le robaron el sueño hace tres años, cuando guerrilleros del LRA entraron en su casa y se lo llevaron al bosque. Sucedió de noche, por eso le cuesta tanto dormir: teme que pueda volver a pasarle. Como miles de niños en Uganda, Francis ha sido forzado a combatir contra el ejército del Gobierno. Nos cuenta que allí a los más pequeños les llaman “gorilas”, porque combaten con el corazón, sin miedo a morir. Y que por las noches, para evitar que escapen, les hacen dormir con las manos atadas a la espalda. Tampoco entonces era fácil dormir para él.

Francis tiene hoy 15 años, y sobre sus hombros, aún sin formar, el peso insoportable de sus recuerdos en el bosque. Por eso no le gusta la noche. Porque las cosas malas, dice, saben cómo entrar en sus sueños y le visitan todo el rato.

Cada amanecer se convierte para ellos en una pequeña victoria, en un triunfo cotidiano de los niños sobre la noche y el miedo, de la vida sobre la muerte. Con las primeras luces del día, miles abandonan los refugios y emprenden el regreso a su precaria rutina diaria de juegos y tareas hasta la caída del sol. Sus pequeñas siluetas envueltas en mantas volverán entonces a inundar las carreteras de tierra, de vuelta a los centros.

También nosotros tenemos que estar de regreso en Gulu antes de que oscurezca: los desplazamientos por carretera no están autorizados por el ejército a partir de las seis. Es verano de 2006, y en la pantalla del televisor de un pequeño bar local, España cae eliminada ante Francia en el mundial de fútbol. Pierdo mi apuesta con los niños de El Arca de Noé. Su equipo favorito es Brasil, y cuando les pregunto por qué, la respuesta es de una lógica evidente: porque son negros y ganan.

Poco después, de madrugada, todos duermen. Justin pasea de nuevo por las instalaciones de El Arca de Noé, haciendo su ronda nocturna. Entonces, en un susurro, nos cuenta por qué bautizaron así el refugio. “Como Noé, tuvimos que construir un lugar para ofrecer protección a los nuestros, para garantizar la supervivencia de nuestro pueblo”, dice Justin mientras pasea por el enorme edificio que es en realidad su Arca.

‘Cartas a Nora’

De la infección de Chagas se conoce poco, salvo que causa la muerte de modo fulminante, afecta a 18 millones de personas en América Latina y no figura entre las prioridades de las farmacéuticas. El silencio sobre ella la convierte en un fantasma letal.

Por Isabel Coixet.

La enfermedad de Chagas o tripanosomiasis es infecciosa, la provoca un parásito y se transmite por una chinche llamada vinchuca, que habita en la paja y el adobe. Afecta a 18 millones de personas en América Latina. Sólo hay dos medicamentos capaces de frenarla en una primera fase aguda; después no hay nada que se pueda hacer. Uno de ellos se ha dejado de fabricar. Ningún laboratorio está investigando para encontrar nuevos remedios. Parece imposible, pero es así.

Se manifiesta de repente; a menudo es demasiado tarde. El enfermo sufre una serie de molestias difusas, enorme cansancio y un agudo dolor en el pecho que desembocan en una muerte rápida. También se la conoce por la enfermedad de la muerte súbita. Muchos fallecen sin saber que la padecían.

En Bolivia existen poblaciones enteras en las áreas rurales con enfermos de Chagas. Hay hospitales en los que la tasa de nacimientos indica que el 40% de los nacidos están infectados. En muchas zonas, el deterioro paulatino de las condiciones de vida ha supuesto un rebrote de esta enfermedad.

Hace nueve meses, cuando Javier Bardem y el equipo de Medicos sin Fronteras me contactaron para formar parte del proyecto Los invisibles no había oído hablar de esta enfermedad. El silencio en torno a ella la convierte en una especie de fantasma; en Argentina, como he podido ver en el documental de MSF sobre el Chagas, las autoridades sanitarias, muchas veces, silencian casos denunciados por médicos rurales.

El reto era contar en pocos minutos no ya la enfermedad, sino los estragos que causa, la vulnerabilidad de los que la padecen y sus allegados, la indefensión ante una enfermedad para la que no se dedica un solo céntimo en ningún laboratorio del mundo, ni tan siquiera en aquellas zonas donde es la causa mayor de mortalidad.

Como suele ocurrir cuando uno descubre algo nuevo, de repente no para de aparecer ese concepto en su entorno; es como cuando estás embarazada y no paras de ver embarazadas a tu alrededor. Al poco de saber que el Chagas era una realidad tremenda empecé a tropezarme con datos y experiencias sobre ella, y así conocí a una mujer cuya historia real dio origen a Cartas a Nora. Esta mujer había perdido a sus hijos, sus sobrinos, sus cuñados y su marido debido al Chagas, y está trabajando en una clínica cuidando ancianos en Barcelona. Me impresionó tanto su historia y las de todas las amigas que me presentó ?quizá por ser alguien que vive entre nosotros, que sufre debido al Chagas aquí mismo y no a miles de kilómetros de distancia? que decidí dedicarle esta pieza de Los invisibles. A veces no hay que irse tan lejos para contar lo que está pasando (digo esto porque tengo la fea costumbre de irme normalmente donde Cristo perdió el chaleco?).

Tengo la certeza de que son las historias las que le escogen a uno y no al revés; así siento que el Chagas y Nora (que no se llama Nora, pero me consta que le gusta el nombre) me escogieron para que les diera voz, voz que espero no haber traicionado.

‘El veneno de la mosca’

Dardo, médico argentino, lucha a diario en la República Centroafricana contra la enfermedad del sueño, una dolencia mortal, pero fácil de combatir con Eflornitina, un medicamento que en Occidente se usa para detener el ‘molesto’ crecimiento del vello.

Por Mariano Barroso.

Los laboratorios dejaron de fabricar la medicina, la única medicina. La Eflornitina no era rentable: sólo servía para curar la enfermedad del sueño. Aunque se contaban por decenas de miles y abarrotaban los hospitales del África interior, las víctimas de esta enfermedad, potenciales consumidores, ni siquiera alcanzaban la categoría de target comercial. Años más tarde, el laboratorio descubrió que evitaba el crecimiento del vello. En pocas semanas pasó a ser un producto muy rentable. El medicamento para africanos desahuciados se convirtió en cosmético para mujeres occidentales. En las perfumerías de cualquier ciudad europea o norteamericana se puede encontrar, desde entonces, Eflornitina en crema para uso tópico.

Las leyes implacables del mercado farmacéutico no parecen inmutar al doctor Dardo. Mientras conduce un coche de Médicos sin Fronteras entre las chabolas del centro de Mboki (República Centroafricana), Dardo ríe a carcajadas al ver mi cara de horror ante lo que yo juraría que es una mosca tse-tse. Dardo la mira de reojo y me dice que sí, que con toda seguridad lo es, y que no tengo escapatoria; me va a picar y acabaré en un camastro del hospital de Mboki, un barracón del Estado que ofrece mucha más mierda que medicamentos.

Cuando se cansó de lamentarse, Dardo dejó su puesto de funcionario en un hospital argentino para desplazarse con MSF a este país. Harto de llorar ante la cruel evidencia del mercado de los medicamentos, Dardo eligió la acción directa. Tiene barba de semanas, gafas gruesas de miope, energía desbordante, acento porteño y disciplina oriental. A sus cuarenta y tantos ha decidido entregar sus días a luchar contra el tripanosoma, el parásito que causa la enfermedad del sueño.

Sobre la mesa de su despacho, Dardo dibuja una curva estadística que termina casi en el cero. Cuando estos médicos llegaron a Mboki, la tasa de mortalidad en la región a causa de la enfermedad del sueño era del 40%. Las bajas se contaban por centenares, pueblos enteros habían desaparecido. En sólo dos años, el plan de choque de MSF ha reducido la mortandad al 1%. Para Dardo no hay motivo de alegría: “Podíamos haber hecho más. El hospital está hecho mierda, y en cuanto nos vayamos, la curva volverá a subir”.

Un atardecer, a la hora que salen las moscas en busca de sus víctimas, Dardo viaja hasta una aldea para entregar la cartilla de la enfermedad a una familia de ex pacientes. Ultimando el censo de afectados. De regreso a la misión, Dardo nota un pinchazo intenso. Una mosca le ha infectado.

El veneno de esa mosca lleva dentro el desprecio de Occidente, la negligencia de las élites africanas corruptas, la burocracia de los organismos internacionales, la negación de los que alimentamos el abandono y el desprecio hacia unos seres humanos que, aunque sólo sea por la cantidad de dolor recibido, son mejores que nosotros.

Viaje a la entraña de las tinieblas

Violaciones, agresiones sexuales y dolor componen el día a día de muchas mujeres, habitantes de zonas en guerra en la República Democrática del Congo. El director alemán escuchó decenas de relatos de estas atrocidades en primera persona.

Por Wim Wenders.

Las oleadas de violaciones que acompañan guerras y los disturbios en África central son una cuestión central para Médicos sin Fronteras. Pretendíamos rodar en Darfur, pero la situación se volvió muy inestable y tuvimos que replantearnos la localización. Al final, MSF propuso la República Democrática del Congo, una pequeña ciudad llamada Kabalo, en la provincia meridional de Katanga. La busqué en Google Earth. Se encontraba muy al final del río Congo, no muy lejos de las fronteras de Tanzania y Ruanda. Supuestamente, El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, acaba allí.

Y parecía que habíamos acabado justo en el lugar de la historia. Cuando llegué a Kabalo no había carreteras que condujesen a ella. Ya no subían barcos de vapor por el río, y dos viejas locomotoras abastecían una provincia tan grande como España. En nuestro segundo día de estancia, una de ellas dejó 10 vagones de pasajeros en la decrépita estación de ferrocarril de la ciudad. Unas 800 personas quedaron abandonadas, sin saneamiento, comida o agua potable, durante dos semanas. Lo primero que hicieron las autoridades ferroviarias fue cerrar los seis lavabos de la estación. MSF entró de inmediato y les pidió que reabrieran las instalaciones. De ninguna manera. “Sólo si alguien paga por ello”, fue la respuesta. Lógicamente, los médicos no podían aceptar el chantaje. Así que ocurrió lo inevitable, justo como ellos habían predicho: una semana después se anunciaron los primeros casos de cólera. Ese incidente nos dio una triste primera impresión de la corrupción, avaricia e irresponsabilidad de las autoridades locales.

Aunque lo más escandaloso fue la pasividad generalizada y la falta de ímpetu de los hombres. ¡Las mujeres hacían todo el trabajo! En los campos, transportaban el agua, recogían madera, cocinaban, se ocupaban de los niños? Los hombres caminaban sin prisas mientras sus mujeres eran una milagrosa manifestación de valor y esperanza.

Las que entrevistamos para la película fueron increíblemente realistas con las horrendas historias que nos contaron; con timidez y modestia en algunas ocasiones, pero sin autocompasión. A veces no podíamos creer lo que estábamos oyendo cuando escuchábamos la traducción. Algunas de ellas habían pasado por un infierno. Y el infierno era un lugar que la mayoría de las mujeres casi daban por sentado que acabarían encontrándose. No había muchas formas de protegerse de ellos: en cualquier caso, el mayor peligro emanaba de los posibles protectores, de fuerzas armadas de todo tipo, ya fuesen auténticos militares, tropas rebeldes o policías.

‘La voz de las piedras’

Una mirada a la Colombia escondida. Donde los campesinos huyen de sus tierras a causa de la violencia y en la que gentes orgullosas se empeñan en volver al lugar del que fueron expulsadas por un conflicto silencioso que nunca cesa. Por Javier Corchera.

Existen, según las organizaciones de derechos humanos, tres millones de desplazados por los diferentes actores armados tras más de 50 años de guerra en Colombia. Pero no existe conciencia de la tragedia en los medios de comunicación. Se informa poco o nada, y se vende Colombia como un país respetuoso con los convenios, esforzado en materia de derechos humanos y con un presidente “amigo de la democracia”. Poco se informa de que, durante la gestión del actual Gobierno y con el apoyo de Estados Unidos, continúa la impunidad de los crímenes de los paramilitares y su complicidad con el ejército. Sus víctimas son las comunidades campesinas y los dirigentes sociales.

Médicos sin Fronteras atiende a la población que ha llegado del campo a los barrios periféricos de las grandes ciudades por la guerra. En Bogotá conocimos a Alejandra. Tiene 27 años. Salió de su región con toda la familia cuando su marido fue amenazado por negarse a ingresar en las filas de los paramilitares. Alejandra trabaja con mujeres desplazadas y está amenazada por los paramilitares que controlan el barrio. Varios de los chicos que colaboran con ella fueron asesinados.

No era fácil rodar en Altos de Cazucá, donde trabaja. El puesto de MSF tiene que ser desalojado a las cinco de la tarde por razones de seguridad. Mientras trabajábamos aparecieron hombres armados y tuvimos que suspender el rodaje.

También acudimos a la organización Justicia y Paz, una de las pocas que trabajan en El Meta,“zona caliente” de la guerra. Al saber que hay comunidades que habían vuelto, a pesar de las amenazas y el miedo, contactamos con la comunidad El Encanto, desplazada desde hace casi cuatro años y que preparaba el retorno. El Encanto se ubica en el Alto Ariari, donde los paramilitares asesinaron a más de cien campesinos. El resto de la comunidad escapó para salvarse. Algunos de esos campesinos eran familia y compañeros de Luz. Su padre intentó reorganizar la comunidad y lo asesinaron. Luz también perdió al padre de sus hijos y a su hermano. A su mejor amiga la descuartizaron y se la entregaron en bolsas. A pesar del dolor, Luz, con otras mujeres, consiguió preparar el retorno.

Luz vive para cumplir el sueño del retorno a las fincas. La comunidad nos invitó a acompañarlos en el viaje hacia la zona humanitaria que están levantando en medio de la guerra, muy cerca de sus tierras, a escasos metros del pueblo arrasado. La idea es volver a dar vida a la comunidad. La zona, pese a la desmovilización de los paramilitares anunciada, sigue controlada por los que asesinaron y desplazaron a sus legítimos pobladores.

Luz y Alejandra se conocieron en el rodaje, Alejandra quería estar con Luz en este viaje de vuelta, acompañarla a realizar sus sueños y escuchar juntas la voz de las piedras.

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