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Entrevista:ISABEL ALLENDE | Diputada chilena e hija de Salvador Allende | La desaparición de un dictador

"Nunca sentí odio"

Estaba con su padre, Salvador Allende, en el palacio de la Moneda cuando Augusto Pinochet consumó su traición, cuyo símbolo mayor fue el asesinato del presidente constitucional de Chile. Isabel Allende, diputada socialista chilena, supo de la muerte del traidor charlando con unos amigos, en Madrid, sobre los paralelismos entre la dictadura chilena y la dictadura que padecimos los españoles. Al día siguiente, ayer, fue recibida por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en la sede del PSOE. Ocho años antes, cuando Pinochet fue detenido en Londres, también estuvo con Zapatero, en el mismo sitio. Que estuviera en España otra vez el día que murió el general que subvirtió el orden constitucional en Chile le pareció una metáfora de la que habló con emoción en una conferencia de prensa y en esta conversación con EL PAÍS.

"El final ya se había producido hace tiempo, porque

"Mi madre recibió la noticia serena, tranquila; de alguna manera me felicitó"

Pregunta. ¿Cómo lo supo?

Respuesta. Me quedé muy sorprendida. Habíamos comido con unos amigos y luego nos fuimos a tomar café al hotel Palace, con una amiga que nunca había estado en Madrid, la viuda de un ejecutado por la dictadura de Pinochet. Ella misma había estado presa del régimen. Le estuvimos contando cómo fue aquí el 23-F y evocamos cómo se había juntado la gente en torno al hotel, cuán tensa se hizo la atmósfera en torno al Congreso de los Diputados, y estuvimos reproduciendo cómo había sido la historia española de la dictadura hasta ese momento. Luego nos separamos y fuimos a ver a otros amigos. Cuando me abrieron la puerta me lo dijeron: "Acaba de morir Pinochet".

P. ¿Cómo reaccionó?

R. Pensaba que se habían equivocado, no me lo creía. Llamé a una amiga de la agencia Efe, Concha Bordona. "¿Es cierto o no?", le pregunté. Era cierto. Mi inmediata reacción fue pensar en Chile, mi pensamiento voló a Chile. Pensé en toda la gente que habíamos perdido, cuántos amigos que no están; pensé en mi padre, en tantos familiares, tanto dolor, tanto sufrimiento.

P. ¿Qué produce todo eso?

R. Ese recuerdo, ese pensamiento triste... Una sensación que produce sentimientos encontrados. Me duele que los juicios no hayan terminado; me duele que la Corte Suprema haya acogido los argumentos de los abogados de Augusto Pinochet de hace años atrás, que haya aceptado que el dictador tenía demencia senil, que por eso no se podía realizar un proceso... Yo creo que en ese tiempo en que los abogados argumentaban esas enfermedades sí estaba capacitado... De hecho, un juez había declarado que estaba en condiciones de ser enjuiciado, y por lo tanto yo tenía esperanzas de que los juzgados avanzaran y de que hubiera una sentencia condenatoria. Nunca esperé que Pinochet estuviera ni una noche en prisión, porque con 91 años no era de esperar, pero sí esperábamos que hubiera una sentencia condenatoria, porque hubiera sido importante para la sociedad chilena. Para demostrar que en el Estado de derecho todos somos iguales ante la ley, y para que constara que no hay nadie por encima de la ley.

P. Le habrá llegado de lleno aquel día de septiembre de 1973 en La Moneda.

R. Sí, cuando me enteré reviví de inmediato aquella jornada. La televisión ha traído esas imágenes, son muy vívidas, y son tan emocionantes, reflejan tanta crueldad del dictador, resultan tan imborrables. Y llamé inmediatamente a mi madre.

P. Hortensia Busi. ¿Cómo recibió la noticia su madre?

R. Serena, tranquila; de alguna manera me felicitó, mira tú, eso es lo que dijo. Y yo le aconsejé que la dejaran tranquila. Ella estaba con mi hijo, su nieto; había con ella otros familiares... Tiene 92 años. Merece toda la paz del mundo.

P. De todos los sentimientos que produce una noticia así, la muerte del hombre que traicionó a su padre, ¿cuál no ha tenido?

R. Nunca sentí odio. Estoy muy serena y muy tranquila, y creo que eso es lo que nos debe pasar, y tengo el ejemplo para sentir esa serenidad... Recuerdo siempre las últimas palabras de mi padre, esa capacidad de transmitir cariño, esperanza, ese discurso suyo confiando en que se abrirían en el futuro, de nuevo para la paz y la concordia, las grandes alamedas de Chile... Realmente es muy difícil no conmoverse cuando escuchas esas palabras, qué lección de grandeza, de dignidad, de serenidad, con qué cariño se va despidiendo, cómo recuerda en ese momento a la mujer. Qué lección política sobre la entrada del fascismo en nuestro país. Imposible no vivir este momento pensando en todo eso.

P. ¿Nunca ha odiado a Pinochet?

R. No, nunca he sentido odio. Nunca lo podría sentir. Lo que he sentido siempre, más bien, es la sensación de que es un ser despreciable, que traicionó su juramento, que nunca enfrentó la justicia, que nunca fue capaz de someterse a los tribunales, e incluso se humilló a sí mismo simulando una demencia senil... Pretendió la inmunidad parlamentaria, se acogió a una enfermedad como esa, y además no le importó, en esas circunstancias, aparecer con los suyos en un restaurante o caminado por la calle. ¡Prefería ser tenido por un demente senil que ofrecer sus argumentos sobre su supuesta inocencia! Ha sido muy indigno.

P. ¿Es tiempo de brindar?

R. Entiendo la legítima alegría que para muchos significa el fin físico de un dictador. El final de Pinochet ya se había producido hace tiempo, porque estaba muy aislado; sus propios partidarios no lo visitaban, y los candidatos presidenciales próximos a su ideología no lo querían ni en fotografía. Jamás se sacaron una foto con él. Ya ese final le había llegado. Y entiendo la legítima alegría de la gente que ahora celebra su fin definitivo. Lo que no comparto son las acciones de esos encapuchados que pretenden alterar el orden; no nos representan, ni de lejos me siento representada por ellos.

P. ¿De dónde son esos encapuchados que han provocado los disturbios?

R. No lo sabemos. Supongo que hay ahí gente infiltrada, lumpen... Eso no es propio de la democracia. La democracia no se manifiesta encapuchada. Democracia no es tirarle piedras a los vidrios, a las ventanas, a los autos... Se puede estar en la calle, celebrando, pero esas acciones no tienen nada que ver ni con la legítima alegría ni con la democracia.

P. ¿La muerte de Pinochet alivia a Chile?

R. Bueno, yo creo que pone un punto final a un ciclo personal suyo. Pero los juicios tienen que continuar.

P. ¿Qué queda pendiente?

R. Muchísimo todavía. Muchos procesos que están abiertos tienen que continuar.

P. Usted tenía 28 años cuando su padre fue asesinado en La Moneda. Treinta y tres años después, ¿qué balance haría de la desazón y de la alegría de su propia vida como sobreviviente de aquella tragedia?

R. Lo principal, el ejemplo de Salvador Allende: de coraje, de grandeza, de democracia. Pocos ha habido como ese ejemplo en la historia. Nos dejó un camino de esperanza. La dictadura duró 16; en 1990 recuperamos la democracia, que heredó un atraso económico que desmiente la falacia de que el país mejoró gracias a Pinochet: ¡heredamos un 40% de pobreza y un desempleo galopante, y ha sido la democracia la que ha enderezado la economía! Hemos podido elegir a los últimos cuatro presidentes, que han reivindicado la historia democrática chilena de que ninguno se ha enriquecido con el cargo, al contrario que Augusto Pinochet, que esquilmó al país. ¡Espero que ese dinero que robó revierta ahora en las arcas del pueblo chileno! Hemos conseguido conjuntar fuerzas de centro-izquierda y nos hemos conjurado para luchar a favor de la historia democrática... Y espero que sigamos trabajando para reivindicar la memoria de tantos perseguidos... Y nos queda mucho en la justicia social, en la justicia como tal, y yo espero seguir trabajando a favor de esa memoria, que es muy importante.

P. ¿No ha llorado?

R. No, no he llorado. No correspondía.

P. ¿De alegría?

R. No. Pero hace 24 horas vimos un documental maravilloso, en el que aparecen mi madre y las viudas de Víctor Jara, de Charles Horman [cuya historia dio origen a la película Missing, con Jack Lemmon] y la del general Bachelet, y con ese documental sí lloré. La verdad es que se nos caían las lágrimas a todos, porque era de veras muy emocionante. Qué fuerza la de esas mujeres, qué testimonios. Pero ahora no ha habido ninguna razón para llorar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2006

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