Entrevista:José Manuel Caballero Bonald | Escritor

"Me gustó nacer"

Pregunta. ¿Muy cabreado?

Respuesta. Yo tengo intermitencias delictivas. Me suelo cabrear mucho con las cosas y a medida que observo lo que ocurre a mi alrededor me vuelvo más suspicaz, más consciente de que vamos cada vez peor. Sobre todo ahora con lo del calentamiento global, que es una alarma que la gente no tiene en cuenta. ¡Podemos llegar al caos! Y están las miserias, las patrañas, el atropello de los derechos humanos... La única manera de que un Gobierno acierte es cumpliendo con los derechos humanos, y eso no se hace.

P. El punto de ignición de su cabreo fue la invasión de Irak.

R. Ése es el penúltimo punto de ignición. La guerra de Irak a mí me produjo indignación. Me pareció un atropello, entraron a saco en otro país, fuera de la ley, matando... Un atropello.Esa foto de las Azores me produjo mucha indignación. Desde que cayó el muro de Berlín todo va de mal en peor.

"Me he acercado a los 80 sin darme cuenta. He llegado con cierta condescendencia conmigo mismo"
"La foto de las Azores me produjo mucha indignación. Desde qeu cayó el muro todo va de mal en peor"

P. Veamos esa foto: Bush.

R. Es de las personas que más miedo me dan. Si yo fuera un niño me daría horror. Bush es un personaje peligroso. Sobre todo, peligroso. Es tan ignorante y mesiánico que de pronto puede organizar un tumulto universal. ¡El terror que ha desatado, él, que se decía luchador contra el terrorismo! ¿Blair? Entre bobo y bonachón que no sabe dónde va.

P. ¿Y Aznar?

R. Aznar es un cretino. Se volvió loco con el poder. Es un hombre mediocre y siguió siendo mediocre. Pero un hombre mediocre con poder es peligroso.

P. Zapatero decidió que España se fuera de Irak.

R. Me dio una gran alegría. Me pareció un acto de valor, sabiendo que eso podía ocasionarle trastornos inmediatos...

P. Ahora está en otra, el proceso de paz en Euskadi...

R. El diálogo es una de las maneras más eficaces de conseguir algo. Hay que hablar con el enemigo y tratar de llegar a un pacto. Ese proceso me parece perfecto. Aunque en algunas cosas no me guste, a Zapatero lo aprecio porque me parece que es una persona noble y muy demócrata. El otro día me pareció muy bien lo que dijo sobre la sentencia que condena a Sadam a morir en la horca... Es una ignominia saciarse en la persona vencida.

P. ¿Y qué cosas son las que no le gustan de Zapatero?

R. A veces me da la sensación de vaguedad, como si no estuviera muy convencido de algo que va a hacer pero que no termina de hacer... Debe tratarse de una manera de ser.

P. ¿Cómo ve su propia vida?

R. Yo me he rodeado de las cosas que me agradan, por lo tanto la vida que veo a mi alrededor es una vida amable, agradable. Pero, claro, cuando salgo por ahí veo cosas que detesto, y ahí me pongo de malhumor.

P. ¿Por ejemplo? ¿Qué detesta?

R. El gregarismo. Hay cada vez más gente obediente. Obediente al poder o al que manda. Veo, por ejemplo, la Asociación de Víctimas del Terrorismo. El señor Alcaraz (¿se llama Alcaraz?) me parece detestable. Ésa sería una persona gregaria, forma parte de esa grisura, de esa gente que asiste a los llamamientos y los acata sin pensar, de la forma más sumisa, son miembros del pensamiento único.

P. ¿Y en el mundo literario cómo ve la cosa?

R. Creo que hay personalidades interesantes, de mucho talento. Hay poetas muy jóvenes que están haciendo una poesía que me interesa. Están volviendo a la exploración de la lengua, buscan nuevas posibilidades expresivas. A mí me interesa el escritor, cómo se cuenta más que lo que se cuenta. Y hay buenos escritores.

P. ¿Entre las razones de su cabreo está la edad?

R. No. Me he acercado a los 80 sin darme cuenta. He llegado con cierta condescendencia conmigo mismo. Miro hacia atrás y veo un pasado cada vez más amplio y un futuro cada vez más estrecho. Pero no me preocupa mucho. Cuando cumplí los 50 sí que me afectó.

P. Veamos algunas fotos mentales de sus años pasados. La infancia.

R. Nací en los años veinte, y me gustó nacer. De la infancia hay una imagen, la azotea de mi casa. Asomarme a ese mundo luminoso, a la aventura, a las ventanas, a las escaleras, a los patios de los vecinos...

P. La adolescencia.

R. Estuve un año reposando en la cama, y ahí descubrí la literatura. Un viejo bibliófilo jerezano me prestó dos libros clave: la antología de la poesía española preparada por Gerardo Diego, y la poesía de Juan Ramón. Y quise ser poeta.

P. Y vino el viaje a Madrid.

R. Con mi primer libro, Las adivinaciones. Mi experiencia de la llegada es muy triste. Era una ciudad con restricciones de luz, medio en penumbra, existía la cartilla de racionamiento, había que comer en los restaurantes económicos. Era un Madrid muy sórdido y muy triste. Grisura. Un ambiente muy hostil en la calle.

P. La posguerra. ¿Entre sus "intermitencias delictivas" está el cabreo por los que ahora reivindican la Guerra Civil como necesaria?

R. ¡Por favor! Lo que sí quiero decir es que, con respecto a la memoria histórica, hay que distinguir la guerra de la posguerra. La guerra fue un caos, una barbarie colectiva. En la posguerra hubo el edicto de persecución y muerte al perdedor, y eso fue horroroso. En la transición se decretó la historia sin culpables, el franquismo no fue juzgado. Interesa recuperar la memoria, llevar al franquismo a un tribunal. Se ha hecho con otros dictadores del mundo...

P. Una foto de grupo, su generación, la de los cincuenta. ¿Qué ve en ella?

R. El sentido de la felicidad, las ganas de vivir. Una forma de enfrentarnos a una realidad inhóspita, detestable. Íbamos en contra de los convencionalismos. Y nos unió mucho la lucha antifranquista.

P. ¿Y qué imagen le ha impactado más a usted personalmente?

R. El registro de mi casa por los falangistas. Una atrocidad, gente maleducada y violenta. Luego, la muerte de mi madre. Yo perdí allí algo. No había cumplido como hijo, eso siempre se piensa. Y, después, la cárcel, la temporada que pasé en Carabanchel. Era el año 1964, habíamos presidido una asamblea por la amnistía de los presos políticos, en la Facultad de Derecho. Una claustrofobia fatal. Miedo de que se olvidaran de mí. Quedarte allí con la barba crecida, envejeciendo, solo... Eso lo soñaba yo.

P. Ha dicho que no está dotado para escribir mal... ¿Qué distingue su literatura?

R. Parece una petulancia... Distingue mi literatura que no tiene que ver con la tradición inmediata de la lengua castellana; tal vez conecta más con la tradición latinoamericana, a la que estoy muy unido por razones paternas y por afinidades, y por mi vida en Colombia y en Cuba. A partir de ahí me siento escritor; y cuando escribí Ágata ojo de gato logré que las palabras significaran más que lo que significan en los diccionarios, y eso era una forma de afirmación de mi personalidad.

P. Dijo diccionarios. ¿Le sigue irritando el rechazo de la Academia a su candidatura?

R. Me olvidé, me importa un bledo.

P. Dicen que le notan más libre que nunca. ¿Lo nota usted?

R. Lo noto en que no me callo. Antes me callaba y me enconaba. Duele más callar y pensar después en que no has dicho lo que deberías decir, por timorato. Te sientes bien cuando dices lo que quieres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 10 de noviembre de 2006.

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