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Necrológica:

Bernard Frank, escritor y personaje literario

"Escribe para no trabajar", según dijo Sartre

Bernard Frank nació en Neuilly en 1929 y falleció en París el 3 de noviembre.

"Soy judío y, por consiguiente, seré escritor". Y Bernard Frank no hizo otra cosa: leer y escribir. "Un escritor es alguien que descubre su manual de instrucciones en los libros". También sedujo, se gastó varias fortunas en los casinos y se bebió miles de botellas de los mejores Burdeos pero todo fue por la causa de la literatura. Había nacido en 1929, en Neuilly, junto a París, en una familia de origen alsaciano. Su paso de la infancia a la adolescencia es acelerado por la II Guerra Mundial y la necesidad de ocultarse. De esa época le quedó un sólido escepticismo y el sentimiento de que le habían interrumpido el juego cuando más se divertía.

En 1951 publica su primer artículo y en 1953 una autobiografía literaria titulada Géographie universelle y su única novela, Les Rats. A causa de ella será expulsado de Les Temps Modernes, la revista de Sartre. No había que bromear con un Papa del existencialismo que le reprochaba "Usted, Frank, escribe para no tener que trabajar". Antes tuvo tiempo, en 1952, gracias a un artículo memorable -Grognards et Hussards- de consagrar una generación o grupo de escritores: Blondin, Nimier, Déon y Laurent. Con ellos comparte el gusto por la frase corta "que manejan como una cuchilla". Y el humor, un humor que ridiculiza la trascendencia. "Se escribe el primer libro como un testamento, para decir que hay algo que no marcha pero que no se es culpable de ello".

Gran amigo de Françoise Sagan, comparte con la escritora las borracheras de velocidad y ruleta. Escribe sobre los otros, sobre los que admira -Drieu la Rochelle y Montaigne y Stendhal, sobre todo- y los que detesta -Malraux, por sólo citar uno-. Su sensibilidad de lector queda recogida en Israel (1955), L'Illusion comique (1955), Le dernier des mohicans (1956) y La Panoplia littéraire (1958). Y de golpe su pluma se cansa. El parisianismo le agota, tener que ser agudo cada noche exige demasiado alcohol y el almacén de lecturas se acaba. Durante más de diez años Frank desaparece y adopta la clásica figura del escritor que no escribe.

En 1970 publica Un siècle debordé y 10 años después Solde. Frank es ahora el mejor cronista cultural de Francia y un crítico literario temido. Incapaz de hacer daño a nadie, generoso con su dinero y sus sentimientos, Frank sabe ser duro y exacto, con su prosa seca pero sabrosa, cuando habla de libros. Hace poco resumía así su relativo silencio creativo: "Todo lo que tenía que decir queda dicho. Repetido incluso, con cierto talento, si es que se me admite esa reflexión vanidosa. Nadie necesita de mí". Y Frank se murió cenando, en un restaurante, en compañía de un amigo médico. De un ataque de corazón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de noviembre de 2006