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Tribuna:TRIBUNA SANITARIA

Facultades de medicina: internacionales o marginales

El verano pasado estuve dos semanas en Kuwait examinando estudiantes de mi especialidad en la facultad de Medicina. Los exámenes fueron orales, en inglés y, por supuesto, los estudiantes no me conocían de nada. Los profesores, tampoco personalmente. El acuerdo con cada uno de los catedráticos extranjeros que estuvimos invitados como examinadores externos incluía además la redacción de un breve informe para el decano sobre cualquier aspecto de la actividad (docencia, investigación, asistencia sanitaria, servicios) del departamento cuyos estudiantes examinábamos; el de medicina preventiva y salud pública en mi caso. Ninguna de las facetas anteriores sería fácil o ni siquiera posible en mi facultad en Barcelona.

Aquí es impensable que vengan profesores extranjeros a examinar a nuestros estudiantes

La gran diferencia es que ellos creen que deben ganarse el respeto internacional

Aquí es prácticamente impensable que profesores extranjeros vengan a examinar a nuestros estudiantes, uno a uno, de forma oral y en inglés. Para empezar, la fluidez verbal en esta lengua es abrumadoramente descriptible; la experiencia lectora tampoco es rica, a pesar de que esto supone que nuestros médicos apenas puedan juzgar por sí mismos los estudios que publican las mejores revistas. Con todo, esto no es lo más importante. Lo que de verdad nos hiela la espalda es la idea de que puedan venir a examinarnos -a todos, claro- colegas de otros países... ¿Se imaginan? ¿Conocen algún caso, que alguno hay? Escalofríos nos dan de pensarlo, siquiera los examinadores fuesen los amigos de Londres, Boston, Rotterdam, Nueva York o Turín, con los que a diario trabajamos en los mismos estudios de investigación, revistas científicas, cursos y otros afanes académicos. Además, las evaluaciones de nuestros departamentos mediante sistemas externos son tan extraordinariamente infrecuentes como de aborrecida memoria. Hoy, cuando zafarse de una pequeña evaluación externa resulta incómodo, cuando lo más fácil es cumplir formalmente alguna disposición de Bellaterra (algo menor exigido por un vicerrector pelma, chinche, reformista, un informe externo de media hoja sobre una tesis doctoral, por ejemplo), lo más lejos que suele irse es a que lo haga a un amigo del hospital Clínico y adiós muy buenas. De modo que hablar de provincianismo es a todas luces exagerado.

A grandes rasgos, en Kuwait la evaluación funciona así: alrededor del 20% del valor de la nota final de cada asignatura de la carrera que consigue el estudiante lo otorgan dos profesores extranjeros. A éstos los selecciona el propio departamento: basta con que sean catedráticos, de prestigio internacional, extranjeros y que acepten la estancia de dos semanas. El honorario no es nada del otro mundo, en Kuwait ya no atan a los perros con petrodólares.

No creo que el porcentaje de la nota que damos (el 20%) sea lo más importante: el cambio fundamental es de mentalidad, cultural, cualitativo. Este hecho que en mi caso contribuyó a hacer la experiencia humanamente inolvidable fue el trabajo con el otro examinador, Konrad Jamrozik, epidemiólogo australiano, profesor de la Universidad de Queensland. Con una acerada experiencia como examinador, anglosajón imperturbable en sus convicciones sobre lo que un estudiante tiene la obligación de saber, Konrad suspendió inicialmente a algunos estudiantes más que yo ("ante el caso que le he planteado, este chico ni siquiera ha pensado que era obligado hacer profilaxis con rifampicina, es un peligro para los demás... este otro se contagiaría con el VIH, es un peligro para sí mismo..."). Todos tuvieron otra oportunidad: un segundo examen oral en el que preguntaba quien no había examinado inicialmente, en presencia de ambos, además del director del departamento (kuwaití de impecables modales y, por supuesto, con un inglés notable) y del jefe de estudios, un joven médico norteamericano (una amplia minoría de los profesores de plantilla son extranjeros). Me sudaban las manos y el alma al conducir este segundo interrogatorio ante el potencial estudiante suspenso, por cómodo y amable que todo fuese en la sala de profesores. Ése fue el penúltimo acto. En medio, mañanas enteras de examen-conversación con los estudiantes. Ellas: maquilladas exhaustivamente, arregladísimas, cabezas mayoritariamente cubiertas por pañuelos, fieles al hiyab, el código islámico de vestimenta femenina islámica; y sí, un par de ellas incluso con un velo que sólo dejaba ver los ojos (impresiona); a menudo, con elegantes zapatos italianos, sedas o tejanos impecables despuntando bajo las túnicas oscuras. Y ellos: camisas de Giorgio Armani, corbatas de Ralph Lauren, algún Jaguar aparcado afuera..., pero chavales normales como en cualquier lugar del mundo. Les preguntamos por cualquier parte del temario y de sus trabajos de investigación, tratamos absolutamente todos los temas que afectan a la prevención de enfermedades y a la promoción de la salud: sedentarismo, obesidad y opulencia, relaciones sexuales, contracepción y aborto, detección prenatal de anomalías genéticas, matriarcado, matrimonios entre primos y consanguinidad, salud laboral y explotación de los trabajadores extranjeros, donación de órganos, tabaquismo, alcoholismo y otras drogadicciones, contaminación química, satisfacción de los pacientes con la asistencia médica, accidentes de tráfico, democracia y libertad de prensa... Por supuesto, los mismos trucos de siempre ("me lo sé, me lo sé, pero ahora no caigo..."). Y lo personalmente más inolvidable: timidez y simpatía a espuertas ante el profesor extranjero, calidez y franqueza, aquellos ojos de una vivacidad única tras el velo, aquella mirada conmovedoramente enérgica, a pleno aire el cabello azabache. El acto final, en la sala de juntas de la facultad, reunidos el equipo decanal y la veintena de profesores extranjeros (japoneses, americanos, europeos) para comentar, caso a caso, todos los estudiantes propuestos para suspenso y para matrícula de honor. Recuerdo al pediatra japonés defender la matrícula para una chica: "en los casos clínicos cortos lo hizo muy bien; en el caso largo nos impresionó, se la merece".

Me parece que la gran diferencia entre la facultad de Medicina de la Universidad de Kuwait y la nuestra es que ellos creen que deben ganarse el respeto internacional. Nosotros, no. También deberíamos considerarlo necesario, claro, pero no es así. O no lo parece. En Kuwait -y en tantas otras universidades de esta aldea completamente abierta que hoy es el mundo, en las centenares de facultades de medicina que aplican sistemas de evaluación externa- sus líderes creen de verdad que sus licenciados merecen la legitimación, la aprobación y el respeto internacional. Lo creen sus profesores, lo cree y apoya el Gobierno, lo cree la sociedad que paga la educación de quienes tendrán a su cargo la salud de los ciudadanos. No es fácil, no es gratis total, hay tensiones, pero es real. En parte es algo muy prosaico y pragmático: ¿dónde sirve mi título de médico? ¿Dónde ganaré más? Pero también se trata de actuar de forma coherente con ciertos valores. Es, pues, asimismo una cuestión cultural y moral, no legal, pues nadie les obliga. O sí hay algo que les obliga, algo a la vez práctico y ético: la conciencia de que se acabó la autarquía, la autarquía académica que tan difícil está resultando erradicar, reforma tras reforma.

Miquel Porta Serra es catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública en la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona (Unidad Docente del Hospital del Mar).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2006