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Reportaje:

Tal como éramos en 1830

El Museo Municipal se une a la Semana de la Arquitectura con la exposición de una maqueta centenaria del Cuartel del Conde Duque

Una maqueta de la ciudad es el eje del relato que, como contribución a la Semana de la Arquitectura, el Museo Municipal narra en la exposición El Madrid de 1830, que versa sobre la vida capitalina en torno a aquel año. La ciudad contaba entonces con 200.000 moradores. Madrid languidecía bajo la presión absolutista ejercida por Fernando VII contra el empuje liberal por modernizar la vida y la política, truncado pocos años antes. Fue tal fecha en la que el brigadier liberal León Gil de Palacio, nacido en Barcelona en 1788 y muerto en 1849, culminara de tallar en diez porciones de madera de chopo y aliso una de las mejores maquetas sobre una ciudad de las que se tiene noticia en toda Europa. Con sus 5.20 metros de longitud por 3.50 de anchura, el modelo da fe casi notarial, pese a su escala 1/864, del aspecto real de torres, manzanas, edificios, conventos, calles y pasadizos de Madrid en aquella singular coyuntura.

Era 1830 la bisagra histórica entre un Madrid hasta entonces sólo acrecido intramuros de la cerca tendida por Felipe IV en 1625 para recaudar cábalas e impuestos, y el que, de modo rampante, comenzaría a desplegarse en ensanches sucesivos. Madrid llegaba hasta la hoy glorieta de Bilbao y Las Salesas, por el norte; a la trasera del Retiro, por el este; poco más allá de Lavapiés al sur y al oeste, se quedaba en el talud del Palacio Real.

El artillero Gil de Palacio tardó apenas 23 meses en construir aquel bello modelo, precisamente en el entonces destartalado y semidestruido Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, que los invasores franceses habían arruinado durante su ocupación de Madrid en 1808. Tal salón se halla en lo que es todavía Museo del Ejército en la calle de Méndez Núñez, 1, ala palaciega que se salvó gracias al modelista y en el que hoy, precisamente, se inaugura una exposición temporal sobre hombres y mujeres combatientes en la Guerra de la Independencia en la que, por cierto, luchó el autor del modelo. El museo está ahora en fase de traslado al Alcázar de Toledo.

La maqueta de Gil de Palacio constituyó además de una joya documental de inestimable valor geográfico y topográfico, un hito documental extraordinario, a juicio de Juan José Echeverría, arquitecto y director general de Patrimonio de la Concejalía de las Artes. "Gracias a su modelo, los madrileños pudieron hacerse por primera vez una idea concreta, visible y casi táctil, del ámbito espacial en el que se desenvolvía su vida", dice. De esta forma, vino la maqueta a jugar un papel semejante al del cinematógrafo a fines del siglo XIX, que permitió a los grandes colectivos hacerse por vez primera una representación de sí mismos;

sirvió también como instrumento de planificación administrativa y urbana, ya que su precisión al mimetizar no sólo el caserío de la ciudad, sino su ubicación sobre collados, colinas o altozanos ofreció visiones, dimensiones y emplazamiento hasta entonces inéditos.

Mediante retratos, estampas, grabados y otros objetos documentales seleccionados entre el tesoro de los 10.000 que acopia el museo madrileño, la muestra recorre la vida de la ciudad y repara en figuras como la del escritor y edil Ramón de Mesonero Romanos, cuyo Manual de Madrid, editado en 1831, fue precedente de las guías de forasteros con las que se informaba a los recién llegados de cómo desenvolverse en la capital.

El admirable esfuerzo de aquel edil sirvió para que Madrid no perdiera la memoria de sí mismo, porque sus descripciones constituyeron un repertorio sobre las gentes, el arte y la vida capitalina en un momento histórico. En él, el empuje de los cambios por llegar -se apuntaba ya la secuencia de las desamortizaciones de bienes de manos muertas- iba a barrer mil enclaves en unas décadas. Otro personaje evocado es el costumbrista Leonardo Alenza, diez de cuyos dibujos, ricos en información descriptiva, se exhiben. Una maqueta de la plaza de toros cercana a la puerta de Alcalá, en sección, descubre mil detalles de la vida cotidiana en el Madrid de entonces, en la que los lunes se celebraban corridas de diez toros; los martes se oían romances de ciego por las calles; los viernes se comía pescado; los sábados proliferaban romerías y festolines y, casi todo el año, lucían celajes azules y límpidos, filtrados por la Sierra.

El Madrid de 1830. Museo Municipal. Fuencarral, 78. Martes a viernes, de 9.30 a 209.00. Sábados y domingos, hasta las 14.00

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