Corea del Norte desafía al mundoColumna
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La bomba vuelve a Asia

La nueva cultura de la inanidad nos interpreta siempre la realidad con una más que exquisita, puntillosa neutralidad, por improvisada que venga. Nos explica desde ayer que el mayor peligro que nos acecha ahora -ante la terrible noticia de que Corea del Norte ha dejado de marear la perdiz al Consejo de Seguridad de la ONU y realizado su primera explosión nuclear- es que otros en la región respondan con sus propios programas nucleares. Acaba de promocionar su bomba uno de los peores delincuentes del mundo y lo que alarma a algunos es que Japón -u otros- decida disponer de la capacidad de defensa y represalia frente a una amenaza que ya es real e inmediata. No todos los miembros del club de la proliferación son iguales. Aunque haya quien piense que un disgusto a George W. Bush bien vale una bomba nuclear en manos de asesinos en serie. El Consejo de Seguridad está disgustado, dice. Si no se le ocurre algo más en los próximos días para parar los pies al pequeño gran hombre de Pyongyang, nos podemos enfrentar a tiempos más que inquietantes.

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Lo cierto es que la proliferación ya generalizada parece la evolución más lógica y previsible, pero no ya la más peligrosa. El escenario peor está abierto. Pyongyang tiene ya la bomba y los misiles para transportarlos. El chantaje a Japón, a Corea del Sur y otros vecinos ya ha comenzado. Este fin de semana se celebró en Singapur la Conferencia sobre Seguridad Asiática de la Fundación Konrad Adenauer en la que dos fantasmas pesaban como losas sobre los debates entre analistas europeos y asiáticos: el desprestigio de la democracia con el retorno del golpismo asiático con el caso de Tailandia como paradigma y las amenazas para una seguridad estratégica en esta región que reúne, gracias a las explosiones de crecimiento de China y la India y el Pacífico como relevo del Atlántico como océano comercial norteamericano, todas las condiciones para hacer del XXI el "siglo asiático". El desprestigio de la democracia tiene diversas causas, pero las principales -hubo unanimidad- son la corrupción y la falta de seguridad. Y significativo fue que, a diferencia de años pasados en Bangkok y Yakarta, las principales amenazas a la seguridad resaltadas no son las procedentes del terrorismo islámico, sino las generadas por nacionalismos y revanchismos. El presidente de Singapur, Lee Hsien Loong, advirtió allí -en la isla de Sentosa en la que en 1941 los británicos rendían Singapur y toda Malasia a los japoneses- que los nacionalismos eran ya de hecho un serio peligro. Aplaudía el gesto del nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, de acudir en su primer viaje oficial a Pekín y Seúl. Las heridas de la guerra siguen abiertas, dijo. Su padre, el aún todopoderoso Lee Kuan Yew, describe en sus memorias el papel del odio entre las naciones asiáticas que nunca han hecho un proceso de reconciliación como las europeas. Recuerda que el periódico de la ocupación japonesa en Singapur no publicó la noticia de la bomba sobre Hiroshima hasta el día 11 de agosto (fue lanzada el 6). Decía el Signan Shimbun: "Japón protesta por el ataque contra Hiroshima con un nuevo tipo de bomba el pasado lunes". Lee, como la inmensa mayoría de los asiáticos, aún celebra Hiroshima y Nagasaki. Nadie puede descartar que Kim Jong-il además de amenazar a los vecinos decida erigirse en vengador de los crímenes japoneses en Corea.

Sesenta años después, uno de los regímenes más canallas del mundo, con total desprecio al individuo y a la vida humana, pero implacablemente lógico en la instrumentalización del miedo, tiene ya un arma para aterrorizar a los vecinos como hace con su población desde hace medio siglo. El apaciguamiento obsequioso de los coreanos del sur ha servido tan poco como la ya evidentemente falsa pretensión de China de tener un control efectivo sobre Kim Jong-il o la de Rusia de ejercer cierta influencia. Una miserable tiranía cuya población aterrorizada muere de hambre e infecciones sin osar un lamento, tiene ya en jaque a la ONU, ha infligido un terrible revés -uno más- a Bush y puede jugar a pedir para no proliferar ayudando a Irán o a cualquier grupo con dinero y ganas de jugar a la amenaza. Si a Corea del Norte no le pasa nada serio, nadie podrá disuadir ya a Irán de seguir tal camino. Como lo harán los suníes en Egipto y en Arabia Saudí. Si Israel la tiene es porque temía lo que ya es realidad. Pronto, si no hay alguna respuesta hoy difícil de imaginar, ya no se jugará a tener, sino a usar.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 09 de octubre de 2006.

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