Refrigerio 'urbi et orbi'
A Jaume I, como a Francisco Camps, también le clavaron un dardo en la cabeza días antes de entrar victorioso en Valencia el 9 de octubre de 1238. Es como si el padre Burns hubiese escrito el libro gordo del conquistador pensando en el presidente de la Generalitat. O como si el mismo conquistador, intuyendo la heroica trayectoria que trazaría Camps en el futuro, hubiese hecho un esfuerzo de anticipación en su biografía para parecérsele. La ballesta de la moción de censura que le dispararon los socialistas desde las murallas de su propio asedio también le había atravesado el yelmo, pero se estrelló contra su cerebro y Camps entró triunfante en el Palau de la Generalitat para la recepción oficial. Y si hubiese llegado a hacer pie en el suelo habría sacando brillo a sus suelas con la frondosa alfombra demoscópica de Opina.
El horizonte de presagios que insinuaba la encuesta bendecía sus errores como aciertos y lo envolvía en una atmósfera euforizante que, sin embargo, era él mismo vaporizado. En ese momento, él, la Generalitat y la recepción oficial de la plaza de Manises conformaban un todo indisoluble e inalcanzable. El presidente era el alfa y la omega, y estaba campechano incluso para reprochar, mientras alrededor de su epicentro se formaba un remolino ininterrumpido de fans y deudores. Y como subrayando el implacable fundamento de la teoría del caos, en una perspectiva imposible se alineaban como una conjunción planetaria la cresta roja de Glòria Marcos, el cardado esculpido por Benlliure de Rita Barberá y los mechones teñidos de color tapa de piano de José Lladró. Entonces se cruzó Mayren Beneyto con su peinado de Nancy, y sólo la presencia del director Yaron Traub logró armonizar ese probable cataclismo. No lejos, Enric Morera y otros grumos transplutonianos consideraban fórmulas para penetrar en el sistema, pero los profesionales del canapé, que eran los más, iban a lo suyo, que era depredar bandejas como si el mundo (o la legislatura, que a menudo son lo mismo) se terminara. Acaso hubiera una menor densidad, pero sin que ello supusiera una inflexión cualitativa al alza. "Nos hemos vuelto demasiado democráticos", admitía Esteban González Pons, justificando la colosal barra libre que el Palau de la Generalitat habilita cada 9 d'Octubre.
El otro Camps, Gerardo, venía de su despacho, donde había matado el rato de los entreactos tratando de cuadrar los presupuestos para el próximo ejercicio, y explicó su baremo para equilibrarlo: "Si todos están descontentos, los presupuestos están bien". Y bien estaba hasta Vicente Rambla, al que el resultado del sondeo electoral había suavizado la pátina lúgubre de su aspecto. Incluso se sinceraba que como consejero Portavoz tenía que tener más paciencia con los medios, aunque reconocía que sólo leía hasta la mitad los artículos que no se ajustaban a los cánones. Todavía no eran las tres de la tarde, pero a esas horas, Julio de España ya llevaría el pijama puesto, y de los consejeros zaplanistas, como ya es habitual, no había ni rastro. Tampoco había señales de Rafael Blasco, y eso puso a hervir los cerebros de algunos finos analistas. Pero allí estaban un año más Rosita Amores, Julita Díaz y José Marqués desafiando a Tutankamon. En ese momento, tres mil años de variedades contemplaban al presidente de la Autoridad Portuaria, Rafael Aznar, que braceaba junto al naviero Vicente Boluda como si ya estuviese ampliando el puerto para salvar a la economía valenciana de la debacle.
Carmen Alborch llegó con un vestido de cuello Mao con su sonrisa como pancarta. Pero enseguida se puso muy seria para avisar de que al año que viene iba a llevar ella la Senyera en la procesión cívica como alcaldesa. A su lado, Rafael Rubio, con las orejas llenas de los insultos que el ultrasur había lanzado a los socialistas durante el traslado de la bandera, sacando pecho contra los resultados de la encuesta. Tampoco a Joan Ignasi Pla parecía afectado por el triste augurio demoscópico, convencido de que había dejado KO a Camps en todos los debates de la semana anterior. Pla tenía que volar en unas horas hacia Bruselas, donde celebra hoy el 9 d'Octubre con una cena y con la presión del Consell, que la ha contraprogramado con todos los medios a su alcance. Las batallas por la Generalitat ya se libran hasta en Flandes, como en la época del sacro imperio romano-germánico. Y, también como entonces, ya no hay quien las pare. Está en juego ser el anfitrión del próximo refrigerio oficial.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Archivado En
- Opinión
- VI Legislatura Comunidad Valenciana
- Conmemoraciones históricas
- Vicepresidencia autonómica
- Presidencia autonómica
- Comunidades autónomas
- Gobierno autonómico
- Parlamentos autonómicos
- Generalitat Valenciana
- Administración autonómica
- Política autonómica
- Comunidad Valenciana
- Parlamento
- Fiestas
- España
- Administración pública
- Política





























































