Columna
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Problema nº 1

Se ha establecido la peor asociación posible en nuestro campo verbal: inmigración igual a problema. El primer problema de España, el número uno, según las últimas encuestas de opinión. Así, para los españoles, y según coinciden los estudios demoscópicos, la inmigración sería en la actualidad mayor problema que el llamado terrorismo doméstico, con más de 50 mujeres asesinadas en 2006 y miles de denuncias por malos tratos, o que la violencia catastral, con un proceso de deterioro del medio ambiente y de degradación urbanística que amenaza el propio territorio en que vivimos.

Tenemos, sí, un problema. Ése sí que es un problema. El problema de que esté calando la idea de que la inmigración es un problema para España. Y lo más preocupante: que el Gobierno acabe amoldándose a ese discurso y que en la derecha se imponga la escuela de Le Pen. Síntomas hay de que se está cociendo ese plato indigesto. La suma de desmemoria (tengo ante los ojos una foto de trabajadores españoles manifestándose para no ser expulsados de Suiza), de manipulación política demagógica y de sensacionalismo puede dar lugar, esta vez sí, al más serio problema. El de una España a la defensiva, metida otra vez en lata de conservas.

Hay problemas, claro, en torno a la inmigración, fundamentalmente los que sufren los propios inmigrantes. Los que se juegan la vida por llegar, los explotados de forma esclavista. Que nuestros vecinos inmigrantes no puedan votar, ni siquiera en las municipales, después de llevar años creando riqueza. Que sigan siendo personas invisibles, sin voz (véase el estremecedor informe Relatos desde la entraña de los hogares, en www.monografias.com). Que no haya en el Congreso ni una sola persona de origen inmigrante. Que no haya en televisión ni un presentador inmigrante. Ése es el problema. Y los silencios, entre los que retumba el impío callar de la jerarquía católica, tan locuaz en los últimos tiempos. Algo tiene que ver también el periodismo que hacemos: apenas se ha difundido ni comentado el informe que demuestra que España debe a la inmigración el crecimiento económico de los últimos 10 años.

Que nadie quisiera emigrar a España. Que éste dejara de ser un país del deseo. Eso sí que sería un problema. El número uno.

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