Reportaje:ESCAPADAS | El Berrueco

Y el granito se hizo pueblo

De granito es la cuarta parte de España, pero hay sitios donde, por las razones que sean, salta más a la vista, y hasta al oído, como El Berrueco, pueblo que lleva en el nombre las peñas o berruecos de la sierra de la Cabrera, en cuyas estribaciones orientales se asienta.

De granito son sus casas y tinados, algunos con dinteles de tres metros de largo. También de piedra berroqueña, el puente romano sobre el arroyo Jóbalo. De lo mismo, la iglesia de Santo Tomás Apóstol y el vecino crucero. ¿Y la atalaya árabe? No, ésa está hecha con cantos rodados. Es la excepción o, como diría Juvenal, más rara que un cuervo blanco.

En la plaza de la Picota se halla el pedazo de granito más representativo de El Berrueco, una columna del año 1000 usada a partir del siglo XVI como rollo jurisdiccional, el único de que hay noticia en la sierra madrileña. Estos rollos o picotas servían, las más de las veces, como meras señales de advertencia -ojo, aquí se ajusticia-, pero también para atar y exponer a los reos a la vergüenza pública y, de tarde en tarde, colgar las piltrafas de algún infeliz descuartizado por el verdugo. Por eso le dice el diablo Cojuelo a don Cleofás: "Mira qué gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres como otros fruta".

Otras piezas de granito de uso más cotidiano, y grato de recordar, son las que pueden verse saliendo de la misma plaza por la calle Huertos. Pilas, brocales, pesebres, hornillas palomeras, rulos de era, abrevaderos y ruedas de molino harinero y aceitero integran el museo de la Cantería, una exposición al aire libre que, desde su inauguración en 2002, constituye la más original puesta en valor del patrimonio etnográfico de la sierra norte. Al margen de su utilidad, los objetos que en él se exhiben han adquirido con el paso de los años una prestancia escultórica.

En el otro extremo del museo, se alza la iglesia de Santo Tomás Apóstol, quizá del siglo XIII, con bella portada románico-mudéjar. Desde su posición elevada se ve el mayor embalse de Madrid, el de El Atazar, donde el Lozoya finge un profundo fiordo, encajonado entre las sierras de Puebla y de Patones, y la atalaya árabe, un faro.

A pocos pasos, monte abajo, está el canal de El Villar, obra de mampostería de granito de 1912, por cuya cubierta de tierra podemos pasear cómodamente a lo largo de siete kilómetros, con rumbo norte, siempre a la vera del embalse. Veremos puentes y almenaras, encinas y enebros, liebres y zorros, pero también las aguas demasiado bajas y los escollos graníticos donde, si no cesa la sequía, vamos a encallar los madrileños.

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