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Relevo de gala y carreras al aeropuerto

Sonriente y relajado, Joan Clos bajó del coche y cruzó la plaza de Sant Jaume en dirección al edificio del Ayuntamiento. Horas más tarde ya no sería alcalde de Barcelona. Eran las diez de la mañana, faltaba una hora y media para que comenzara el pleno extraordinario de su renuncia al cargo. Afuera lucía el sol de una mañana tranquila.

La indiferencia callejera contrastaba con la excitación que se palpaba en el edificio consistorial. El noble Saló de Cent, repleto. Lo mismo otras dos salas para dar cabida a más invitados. Las dos primeras filas de la derecha, reservadas a las familias de Clos y del alcalde entrante, Jordi Hereu. Sobre todo de este último, que tiene cuatro hermanos y no menos de seis sobrinos. Los niños -incluidos los dos de Hereu, de seis y nueve años- aguantaron un rato, pero al final fueron llevados a una sala para que jugaran. Cuando llegó el momento regresaron y se sentaron en el suelo.

También tuvieron espacio privilegiado los tres consejeros de la Generalitat presentes, todos socialistas: Carme Figueras, de Bienestar y Familia; Ferran Mascarell, de Cultura, y Josep Maria Vallès, de Justicia.

La banda de música, algo encogida en el balcón que le habían reservado junto al Saló de Cent, empezó a tocar para amenizar la llegada de las personalidades. Entre los 300 asistentes, había rectores de universidad, alcaldes -la mayoría del área metropolitana-, diputados, sindicalistas, altos cargos de la Administración autonómica y de la de justicia, y decanos de los colegios profesionales. Todos los concejales iban de punta en blanco, luciendo la banda cruzada roja y el escudo de la ciudad. Xavier Trias dijo que alguna despistada se la había puesto al revés. Los tenientes de alcalde lucían la faja roja en la cintura, incluida Imma Mayol, que llevaba un traje blanco en el que la faja semejaba un cinturón.

Hacia las 11.30, hora prevista para el inicio del pleno, la expectación era máxima. Diez agentes de la Guardia Urbana vestidos de gala -chaqueta roja, casco con pluma, una lanza y el emblema de la ciudad- custodiaban la entrada al Ayuntamiento. "A ver cómo les fastidiamos la historia", bromeó un portavoz de Convergència i Unió medio en broma. Otro portavoz, de Esquerra Republicana, creía que la "fiesta" no encajaba demasiado con el talante republicano.

Corriendo al aeropuerto

Lo cierto es que la entrada de Clos, acompañado por su esposa, Àngels, recordaba una boda, mientras sonaba a todo trapo El cavaller enamorat, una sardana de Joan Manén.

Afuera, en la calle, la calma se había alterado. Un grupo de unas 30 personas de estética okupa pedía "libertad" para "Álex, Juan y Rodri". Y se les sumaron 10 vecinos de Vall d'Hebron, que siguen protestando contra la narcosala en el barrio, y 4 más contra el área verde de aparcamiento. Cuando terminó la ceremonia, todos fueron a tomar un piscolabis a la terraza. Todos menos Clos, su esposa y dos cargos de confianza, que bajaron las escaleras corriendo camino del aeropuerto. Les esperaba Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006