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Crítica:

Olor a podrido al sur del Estrecho

Tahar Ben Jelloun novela el drama de los emigrantes-inmigrantes marroquíes con fuerza y valentía. Una obra en la que el autor establece los nexos entre la necesidad de partir y el denigrante día a día que viven los protagonistas de este fenómeno. Ben Jelloun crea retratos de violencia y corrupción a la vez que denuncia la visión que tiene España de la situación.

Tahar Ben Jelloun quizá sea el narrador marroquí con más prestigio en Europa. Pese a esa resonancia, sigue siendo un escritor plenamente fiel a sus raíces tangerinas (aunque nacido en Fez en 1944, desde 1955 su destino se liga a Tánger), perfecto habitante de esa ciudad en la que la cultura es más híbrida y fronteriza que en cualquier otro sitio; no resulta difícil localizarle en el Café de París o cenáculo similar. Ben Jelloun es una voz muy distinta a la desgarrada del fallecido Mohamed Chukri (El pan a secas), por hablar de conciudadanos; posee un sentido más apolíneo, y más cartesiano, y eso le lleva a estructurar cuidadosamente sus relatos; otra característica suya es que la huella de la poesía asoma en cada párrafo. Fue el primer escritor magrebí en ganar el Goncourt (La noche sagrada, 1987).

PARTIR

Tahar Ben Jelloun

Traducción de Malika

Embarek López

El Aleph. Barcelona, 2006

236 páginas. 18 euros

Siempre elige temas que queman, y buena parte del tirón de su literatura se basa en ese contraste entre un estilo transparente (aquí realzado por la traducción de Malika Embarek) y lo atroz del material que maneja. Así, el tema de Partir es la emigración, que en Europa vemos como inmigración. Aunque ahora ya ni se sabe de dónde zarpará la próxima barcaza con gente dispuesta a jugarse la vida con tal de poner pie en la Unión Europea, lo cierto es que Tánger sigue siendo un microcosmos único para asomarse a ese fenómeno de la emigración, heroico, hediondo como ninguno. Ben Jelloun siempre ha sabido de lo que habla. No en vano empieza su relato en el café Hafa ("la Jafita", dicho en tangerino), que desde el promontorio se asoma a las luces distantes de Tarifa, y sitúa al lector ante la comparación entre los muertos en el Estrecho y las avispas que se ahogan en los vasos de té de los clientes del local.

La novela de Ben Jelloun es

valiente porque establece el nexo entre la necesidad de partir y el denigrante y brutal día a día que sufren los marroquíes (la novela se sitúa explícitamente al final del reinado de Hassan II): el autor suscita, en la pintura de cada personaje, memorias crueles de corrupción ubicua, violencia policial, prostitución, sometimiento. El principal, Azel, es joven, con estudios; se ve confrontado al mismo destino atroz que chicos y chicas de cualquier condición que se asfixian en un país casi invivible. La narración es generosa en figuras, cada cual con su historia de vergüenza y frustración. Y hay temas recurrentes, que relacionan a unos personajes con otros: la búsqueda de sexo y de libertad en las relaciones, el creciente peso del islamismo en lo cotidiano.

Tánger, Marruecos, viene a ser en estas páginas una medina de callejones sin salida. Pero la visión de la España que recibe a los marroquíes no puede ser más dura. Racismo, desprecio... y en consecuencia caldo de cultivo para reclutadores islamistas. Ben Jelloun también denuncia el trato que en Marruecos se inflige a los subsaharianos. Todos los episodios (ahí está el encanto y a la vez la insuficiencia de este libro) pueden ser leídos como ejemplos morales. También el final de la novela edifica una atmósfera poética para reconducir los destinos más o menos extraviados de los personajes y dotarlos de un sentido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006

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