_
_
_
_
_
Crónica:POSTALES DE VERANO | Discoteca Barraca (Sueca)
Crónica
Texto informativo con interpretación

Baile en el arrozal

En los tiempos actuales de alegre depredación de territorio, si destella un modo para que lo rural se conserve y sea chic, es a través del hedonismo de pago. La cultura-negocio de las discotecas, en su búsqueda de nuevos espacios que planteen una huida de lo cotidiano a todo meter, ha aprovechado la naturaleza como elemento tribal y auténtico. Se puede ver cuando el telediario habla de fiestas ilegales celebradas en montañas perdidas, de festivales organizados en playas familiares, de antiguas masías ibicencas reconvertidas en templos mundiales a Dionisos. Sin embargo, para los valencianos, una de estas conjunciones se sobrepone. La de una vieja barraca. La de la discoteca Barraca.

Barraca abandonó los peligros 'after' y es bastión de nueva música minimalista

Dicen que primero fue tienda de bicicletas; luego, una boîte local; más tarde, macro-disco radical; ahora, tecno-club juvenil. Pero por encima de todo, es símbolo comarcal de vivencias. Por eso hay parejas que, antes de dar su convite en El Palmar, se hacen las fotos del día de la boda con la fachada de Barraca de fondo, como recuerdo a lo que ellos -y hasta sus padres- sintieron en esas tripas. La sala ha cambiado de dueños y promotores, pero no de corazón estético -aún se percibe su forma originaria de vivienda huertana- ni de idiosincrasia. A finales de 2005 cumplió 40 años como iglesia pagana y agromusical en la Ribera Baja. Está erigida en Les Palmeres, pedanía playera de Sueca. El término de este municipio forma parte del Parque Natural de L'Albufera, imbricado en una zona arrocera que -se considera- podría ser el origen geográfico de la paella. De algún modo, Barraca ha estado también en el origen de la paella mental que ha definido el ocio nocturno de los últimos 25 años.

De Sueca se cuenta que en los primeros ochenta era el pueblo más abierto de los alrededores. Y que, ya en esos días, un drag queen -sin vestido de guerra, eso sí- hacía trabajos funcionariales en alguna de sus instituciones. Quizá por eso una discoteca de pueblo, en esa misma época, se abrió a la gente con la pinta más rara posible -los jóvenes extravagantes que no encontraban su sitio- y les nutrió de música nueva, extraña y proscrita en cualquier parte. Había nacido la versión valenciana de "la movida", que no era urbana, sino arrocera. Al aroma, los músicos de Radio Futura y otros modernos se vinieron de fiesta mientras las primeras mescalinas se adherían a una sala que, casi paradójicamente, fue la primera en contar con servicio propio de seguridad. En los noventa, con el éxito, lo brillante se sustituyó por lo masivo, y la ruta del bakalao tomó cuerpo en forma de romería de excesos. La mayoría de las discotecas que, como Barraca, formaron parte de ese asunto, se quemaron y hoy son historia. Sin embargo, ésta, en pleno nuevo milenio, y tras un amago de cierre, abandonó los peligros after que traía un horario de domingo, y ahora es bastión de nueva música minimalista y microscópica que los sábados penetra en las cabezas de entre 1.500 y 3.000 almas veinteañeras. Otra generación más no va a necesitar del abrazo de Valencia capital para sentirse al filo de lo último. Pervive la movida entre arrozales.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_