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COLUMNA

No seas virgen

Me puse unas mallas negras de las que usábamos en los ochenta y que se vuelven a llevar, pero el espíritu no era el del revival periódico de la moda, sino el de una estimulante recuperación del evocado glamour de otros tiempos, tan necesario. Me puse también unos zapatos de punta y tacón fino, y le di algo de volumen extra a mi pelo. Había que aportar una nota glam al espectáculo. En la sala Boite, junto a la plaza del Carmen, se representaba, como todos los domingos de julio, The Rocky Horror Picture Show Audience Participation, una proyección de la mítica película de Jim Sharman, basada en la comedia musical que compuso para el teatro Richard O'Brian. La historia de la película es bien curiosa, representativa de lo impredecibles que son a veces los derroteros de los productos artísticos y culturales. Como en la vida misma, las expectativas no siempre se cumplen, o cumplen su particular trayecto no previsto, lo cual no es ni mejor ni peor excepto si las cosas terminan por ir mejor o peor de lo esperado. Con la película del The Rocky Horror Picture Show, las cosas empezaron por ir muy mal. La obra de teatro, estrenada en Londres en el 73, había sido un éxito, por lo que la 20th Century Fox decidió, en el 75, llevarla a la gran pantalla.

Y fracasó. Es decir, no tuvo la recaudación en taquilla que esperaban los productores y no duró mucho en los mejores cines. Pero fue precisamente su devaluación la que hizo de ella una película de culto: al pasarla a las sesiones nocturnas dio comienzo su leyenda. En ellas empezó a reunirse un público que no por diferente dejó de ser masivo gracias a un boca a boca imparable. Dicen que una noche un espectador gritó algo, no demasiado fino, a una Susan Sarandon que era actriz principiante y que al principio de la película era una pava, y a él fueron sumándose otras voces que noche a noche se convirtieron en émulas de sus personajes favoritos. Acudían a las salas vestidos como ellos, imitaban sus gestos, aprendían sus diálogos, ensayaban y repetían las coreografías de los números musicales. La mayoría volvía una y otra vez, hasta cientos, y esa fiesta se extendía por Europa, principalmente Londres, y América: desde 1976 hasta la actualidad, The Rocky Horror Picture Show se proyecta en más de cien cines en Estados Unidos y por el mundo hay repartidos multitud de clubes de fans que tienen hasta su propia jerga ("virgen" es quien nunca ha asistido a una de estas proyecciones interactuadas).

El secreto era tan sencillo que permanece intacto: diversión, sexo, risa y provocación. Qué más se puede pedir. Ha funcionado durante décadas y eso es lo que encontramos el otro domingo y seguirá cada domingo de junio y julio en la Boite. Convoca Dramakuin, una compañía de variétés especializada en producir "espectáculos a medida", formada por tres actores y dos actrices caracterizados como los principales personajes de la obra que realizan la animación al tiempo que se proyecta la película. Dramakuin organizó por primera vez el RHPS Audience Participation en el Festival de Cinema de Comedia de Peñíscola de 2004, con un gran nivel de participación del público. A la entrada del cine nos repartieron el indispensable kit recreativo: una bolsita con arroz, confeti, hojas de periódico, matasuegras, gorros de fiesta, guantes de látex y papel higiénico.

Es el material con el que el público interviene en determinadas escenas. Si en el grupo hay alguien que no sea virgen, iniciará a los otros indicándoles el momento de hacer uso de cada elemento; si todos son vírgenes (cosa rara), lo harán los animadores. Así que, además de ver la película, en la sala hay un ambiente de boda, hay tormenta, hay fiesta, hay brindis, y se bailan los temas principales, especialmente el que cierra la película. El caso es pasarlo bien.

Y el caso es que lo pasamos pipa, con nuestro confeti y nuestros guantes de látex, nuestra parodia de la ciencia ficción de clase B y nuestro aire de estética glam rock. No es de extrañar que hagan falta espectáculos cachondos como el RHPS Audience Participation, pero lo que resulta sorprendente es la actualidad de los planteamientos de la obra, la modernidad de sus temas: la necesidad de excentricidad y belleza, de atrezzo y glamour, de diversión, de no ser vírgenes.

Sobre todo, los domingos por la tarde.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2006