Entrevista:MANUEL VICENT | Escritor, autor de 'Viajes, fábulas y otras travesías' | 65ª Feria del Libro de Madrid

"En la feria los escritores parecen caballos en un hipódromo"

Manuel Vicent ha hecho del viaje una de las bellas artes. Sus novelas (Contraparaíso, Tranvía a la Malvarrosa, Son de mar) son relatos en los que la ficción se construye viajando; y en su tarea como escritor de periódicos, incluso en sus columnas, el viaje cumple un papel fundamental. Este periódico es el escenario de muchos viajes suyos, de los que ahora aparece una selección en Viajes, fábulas y otras travesías (Alfaguara). Sobre este libro hablamos.

Pregunta. Usted siempre va con una maleta mínima.

Respuesta. El espacio es infinito, y esto significa que puede ser inmenso o mínimo; todo el universo cabe en una maleta pequeña si el espacio lo conviertes en una cosa mental, o sea, en una obra de arte.

"Todo el universo cabe en una maleta pequeña si el espacio lo conviertes en una cosa mental, o sea, en una obra de arte"
"Tengo la sensación de que lo que uno sueña es de lo que vive, y los sueños siempre acaban por moldear la realidad que deseas"

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P. ¿Y qué cabe en esa maleta mínima con la que hace los viajes?

R. Caben seis camisas, seis calzoncillos, seis calcetines, los instrumentos de afeitarse, una chaqueta y tres pantalones, todo bien ordenado y bien doblado. Y cabe un bloc pequeño y un bolígrafo. Para los viajes muy largos, en los que tenga que atravesar el trópico, añado un sombrero de paja. Más que nada para que no se me escapen las ideas. El templo está hecho no para congregar a los fieles, sino para que los fieles no escapen de la asamblea. Más que para protegerse el sombrero es para que las ideas no se diluyan en el espacio.

P. ¿Y no lleva libros?

R. No, libros no llevo. Para mí el libro es el paisaje y, sobre todo, la gente, los rostros de la gente. Llevarte un libro de casa es como ir a un buen restaurante y llevarte el bocadillo. Cuando voy a un lugar sólo me interesa el libro que la gente lleva escrito en su rostro.

P. ¿Con qué libro se ha hecho por ahí?

R. En mi último viaje, por Sicilia, estuve en Siracusa; en la plaza principal hay un templo derruido de Apolo. Ese templo está guardado por una barandilla de hierro; junto a esa barandilla se reúne la gente mayor a charlar, se forman grupos y se debaten los problemas domésticos, mínimos, que se expresan en las facciones del rostro. Para mí esos gestos de esa gente normal, corriente, subalterna y tributable me parecen muchísimo más interesantes que toda la historia de Apolo. Después estuve en Stromboli viendo cómo el volcán vomita fuego. Bien, ese fenómeno de la naturaleza, si no está mancillada por el turismo, también lo veo como una manifestación muy pura que me atrae mucho.

P. O sea, que no va a citar ningún libro...

R. No, no; yo voy a citar un libro que es el que he escrito últimamente, de viajes, que se llama Viajes, fábulas y otras travesías. Ahí he reunido mis correrías por el mundo desde los años ochenta hasta hoy.

P. Usted dijo hace años que cuando vino a Madrid iniciaba una excursión lejos del Mediterráneo... ¿Qué tal le ha ido?

R. En principio, esa excursión tenía un proyecto de regreso; vine como turista porque sabía que en una fecha señalada volvería a casa. Por tanto, me pasé la primera etapa en Madrid como turista, pero llegó un momento en que decidí quedarme en Madrid, y por tanto me convertí en un viajero. Yo todavía atravieso Madrid no como alguien que piensa regresar a casa sino como alguien que está descubriendo cada día un paisaje y unas gentes.

P. ¿Y el viaje qué es para usted?

R. Dar la vuelta alrededor de uno mismo. O, a lo sumo, alrededor de la cama.

P. Su libro comprende 11 países y 18 ciudades.

R. La primera parte son unos viajes que hice al corazón de Europa cuando España iba a entrar en el Mercado Común en los años ochenta. Viajé por toda Europa para conocer de primera mano todo lo que se nos venía encima. Como el tiempo ha pasado y los años distorsionan los hechos, las emociones y las sensaciones, ese tiempo ha convertido aquella literatura de viajes en literatura que se puede leer como fábula o ficción. La segunda parte son ciudades que en principio yo elegí porque me sonaban muy bien al oído; eran sonidos evanescentes que me recordaban lecturas de la niñez, y todo mi interés consistía en ir a esa ciudad determinada para ver si coincidía mi memoria con la realidad.

P. ¿Y coincidía?

R. Nunca me llevé ninguna sorpresa, y tengo la sensación de que lo que uno sueña es de lo que vive, y los sueños siempre acaban por moldear la realidad que deseas.

P. ¿Cuáles son las ciudades que han dejado una huella más aposentada en su memoria?

R. Como una ciudad es la prolongación del alma, ese espacio cambia también según sea tu estado de ánimo. Yo considero que uno conoce una ciudad cuando se enamora en ella, cuando consigue un trabajo que le dé para vivir... A veces va a la ciudad antes tu espíritu, y cuando llegas a ella te encuentras a ti mismo por la calle, en un museo, en un bar o tal vez en el banquillo de los acusados, o dando una conferencia en la que tú mismo eres público...

P. La última parte del libro le lleva a Siracusa...

R. Descubrí que en el hotel donde me hospedaba, por el que habían pasado Gide, Maupassant, Renan y todos los viajeros ingleses de principios de siglo... está edificado sobre una latomía, unas minas de piedra caliza que habían servido para levantar todos los dioses, templos, murallas, teatros y anfiteatros. El vaciado real de toda la mitología. Lo que existe de verdad es el vacío. En una de esas latomías, debajo de donde yo dormía, estuvo preso Platón, y ahí concibió el mito de la caverna.

P. Imagínese que es un viajero que llega a España. Primera imagen.

R. La primera imagen que da este país, si no lees los periódicos ni ves la televisión, es que es un país muy vivible, de gente muy amable en un clima maravilloso, donde se come muy bien; todos los tópicos del placer inmediato se dan aquí a primera vista. Después, si bajas la guardia y miras las cosas más directamente y a corta distancia, ves que es un país siempre al borde del disparate, cuando no del drama o de la estupidez. Pero todo eso concentrado en un número determinado de personas. Éste no es un país hortera gracias a que siempre ha sido pobre y austero, pero ahora mismo una supuesta evolución económica favorable hace que el disparate cunda y que cualquier idiota con un micrófono en la boca o con un medio de la imagen a su alcance pueda expandir la idiotez hasta el confín del universo.

P. Un libro nuevo a las mesas de novedades. Dice usted que ahí las novedades se apuñalan.

R. Por eso el mío nunca va o está poco tiempo. Ve el panorama y se larga.

P. ¿Y no va a firmar en la Feria del Libro?

R. Desde hace siete años no voy. Me deprime ver convertidos a los escritores en caballos de un hipódromo, unos tratando de llegar los primeros a la meta, desfallecidos, y otros convertidos en jamelgos que no pueden arrastrar ni las patas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de junio de 2006.

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