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COLUMNA

Cuando Fernando VII usaba paletó

Cantábamos de pequeños con gran entusiasmo y vocerío una versión castiza del Bolero de Ravel, repitiendo en distintos tonos y énfasis, aquello de "Cuando Fernando VII usaba paletó". Por completo ignorantes de qué fuera un paletó, teníamos muy clara la idea de que los tiempos evocados constituían una referencia remota. El caso es que bastante después de que el paletó cayera en desuso, surgió esa nueva versión del carlismo, que luego hemos denominado terrorismo etarra, del que se anuncia el principio del fin, confirmado con un mensaje muy comentado de alto el fuego permanente.

Ahora, cuando el presidente Zapatero va a tomarse un tiempo para verificar la exactitud del compromiso de la banda etarra, antes de comparecer en el Pleno del Congreso de los Diputados y proponer una hoja de ruta, podría interesar un vistazo retrospectivo sobre las dificultades que ha tenido el proceso para descabalgar el tigre de la violencia. Sostiene Jorge Wagensberg que las verdades se descubren y son básicas para encarar el futuro mientras que las mentiras se construyen con la finalidad de soportar el pasado. De ahí la conveniencia de observar que estos etarras, recipiendarios ahora del inequívoco repudio moral de la mayoría de la sociedad vasca y española, son los últimos eslabones de una cadena que en su día recibió el apoyo y la consideración como valerosos luchadores antifranquistas.

Aún podemos recordar el atentado de la Cafetería Rolando, en la calle del Correo de Madrid, a la altura del 13 de septiembre de 1974 con 12 civiles muertos y 80 heridos. Pero todavía gentes incapaces de cualquier violencia declaraban en privado que hubieran estado dispuestas a esconder en sus domicilios a los autores terroristas con tal de evitar su captura por la policía. El 28 de junio de 1978, era asesinado José María Portell, director de la Hoja del Lunes de Bilbao y redactor-jefe de La Gaceta del Norte. Días después se convocaba en Madrid una manifestación de periodistas, que partió de Atocha y concluyó en Cibeles. Las pancartas y las consignas coreadas se quedaban en abstracciones del tipo "Democracia, sí; dictadura, no". Un buen amigo, también periodista, se adelantó entonces a la cabeza del cortejo, señaló que habían asesinado a un compañero y que una organización había reivindicado el atentado. Con lógica impecable, propuso enseguida que se gritara "ETA, asesina". La negativa de los responsables de la convocatoria, entre los que destacaba una rubia colega de muy sonoro e histórico apellido, que ahora posa de energúmena en la actitud antagónica, fue absoluta.

Y es que costaba mucho el empleo del presente de indicativo. Así volvió a comprobarse cuando el asesinato en Bilbao del capitán de Farmacia Alberto Martín Barrios, el 19 de octubre de 1983, dos semanas después de su secuestro. En Madrid se convocó una manifestación que alcanzó enorme respuesta popular pero tampoco en pancarta alguna figuraba la condición asesina de ETA, ni se oyeron gritos de los manifestantes en ese sentido. Hubo que esperar casi al atentado al profesor Francisco Tomás y Valiente, el 14 de febrero de 1996, para escuchar los primeros reproches masivos a ETA, que fueron un clamor a partir del 12 de julio de 1997, tras el asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco.

Después de que Franco muriera ni la amnistía, ni las elecciones generales, ni la Constitución, ni el Estatuto de Guernica, ni la alternancia de los socialistas modificaron los designios asesinos de ETA, siempre dispuesta a incrementar la dosis para aturdir más. Y cuando en el conjunto de España y en particular en el País Vasco los etarras concitaron el pleno reproche moral todavía siguieron gozando de buena imagen en los países socios y aliados de la UE y de la OTAN. Hasta febrero de 1979, Francia concedía asilo político a quienes argüían falta de garantías democráticas en España para eludir sus responsabilidades en atentados, y todavía en 1984 el Gobierno francés concedía el estatuto de refugiado político a seis etarras. Luego, cuando empezaron las extradiciones, recuérdese la que armaron algunos responsables políticos vascos opuestos a esa colaboración de París o de México. Pero tras el 11-S y el 11-M esa inercia residual carece de sentido. Veremos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de abril de 2006