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Crítica:

La historia de un teatro

"Cuando se muere tu marido es permisible ayudar a los pobres", dice con no poco sarcasmo una amiga a la aristocrática y multimillonaria Laura Henderson, que acaba de velar a su cónyuge. Estamos en la despreocupada Inglaterra de 1931, y desde ese momento hasta su muerte, ocurrida en 1944, la Henderson habría de convertirse en uno de los animadores más sorprendentes del show business británico. Porque lejos de ayudar a los pobres, como le aconsejaba su amiga, la emprendedora, dinámica mujer se terminó convirtiendo en la dueña de un teatro mítico, el Windmill, pionero, por si fuera poco, de los espectáculos con inclusión de desnudos, curiosos tableaux vivants con coartada artística que hicieron la vida más llevadera a los sufridos ingleses bajo los bombardeos alemanes. Porque el Windmill, además, fue el único teatro abierto en Londres durante todo el azaroso, dramático curso de la Segunda Guerra Mundial.

MRS. HENDERSON PRESENTA

Dirección: Stephen Frears. Intérpretes: Judi Dench, Bob Hoskins, Will Young, Kelly Reilly, Thelma Barlow. Género: comedia musical. Reino Unido, 2005. Duración: 90 minutos.

Enésima pirueta y cambio de estilo de uno de los directores más inteligentes y versátiles del cine británico, Stephen Frears, cada una de cuyas películas parece una propuesta diferente con respecto al resto de su filmografía, Mrs. Henderson hunde sus raíces en una historia real para, apoyado en nada extraños números patriótico-musicales, recordar a los británicos otros tiempos ciertamente mucho más amargos que los actuales. De la mano de una actriz prodigiosa, la gran Judi Dench (a nadie debe extrañarle su nominación como mejor actriz para los próximos Oscar: está sencillamente insuperable en su papel), a la que da la réplica un no menos inspirado Bob Hoskins como el director artístico del teatro, el judío Mr. Van Damm, Frears propone un espectáculo aparentemente ligero, en el que abundan las elipsis y en el que las historias marginales apenas molestan al centro de la propuesta, que es el nada sutil enfrentamiento entre la propietaria del teatro y su principal responsable.

Apenas disimulado el juego de seducciones recíprocas, el enfrentamiento Henderson-Van Damm da al asunto toda su elegante carnalidad, al tiempo que permite el lucimiento de un guionista, Penny Eyles, autor de unos diálogos tan brillantes como acerados y sutiles en las réplicas.

Pero tal vez lo mejor de una función que se antoja un poco corta para las potencialidades de la historia sea la habilidad con que Frears, un director que decididamente maneja muy bien registros diferentes que van del drama a la comedia romántica, mezcla géneros distantes entre sí hasta terminar componiendo una comedia musical particularmente brillante en sus canciones, reivindicación, a un tiempo, de los sonidos de una época y de una estética popular del espectáculo como hace años no se ve en un filme británico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006