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Crítica:

Bush da nueva vida al cine político

El presidente Bush no sólo tiene un problema en Irak, sino que con el unilateralismo de su política exterior -"el que no está con nosotros, está contra nosotros"- ha logrado dar nueva vida a algo que parecía bastante amortizado: el cine político de izquierdas. No es ya el Fahrenheit de Michael Moore, donde nadie puede llamarse a engaño porque estamos ante una catilinaria contra la Casa Blanca, sino una historia de ficción, sin moraleja explícita, ni mensaje marcado a fuego.

Syriana, de Stephen Gaghan, interpretada por el nuevo icono liberal de Hollywood George Clooney, pertenece a la escuela de cine social y político que han cultivado en la dirección y la interpretación estrellas como Robert Redford, Warren Beatty, sólo de puntillas Sydney Pollack, desde una perspectiva ecuménica difícil de clasificar Steven Spielberg y, anteriormente, el gran Robert Rossen. Sí, también Costa-Gavras, pero eso ya no es Hollywood.

SYRIANA

Dirección: Stephen Gaghan. Intérpretes: George Clooney, Matt Damon, Kayvab Novak, Amr Waker, Christopher Plummer. Género: Intriga. Estados Unidos, 2005. Duración: 125 minutos.

Syriana es y no es una película de espías, conspiraciones diversas y perversos intereses económicos. La materia prima básica corresponde a ese mundo y es del género más convencional: monarquías petroleras corruptas, amorales trabajos de las agencias y expeditiva producción de cadáveres. Pero hay algo más.

El tono es diferente, la dramaturgia contenida, la esquematización de los personajes bastante neutra y, rara avis, es la primera vez en la pantalla, que yo sepa, que unos islamistas dedicados al terror no aparecen como trasuntos de guiñol, sino sujetos a una mecánica imparable que los hace aún, quizá, más terroríficos.

Para el espectador medio, es decir, el espectador, la estructura narrativa puede resultar algo confusa. Dentro de esa frialdad de intenciones, un cierto número de tramas se desarrolla paralelamente en secuencias de corta duración, y todo ello a la manera de hilos que han de acabar por confluir en un haz de significación común. En ese mecano puede que las piezas no acaben de encajar con la debida perfección, hasta el punto de que si hay personajes aceptablemente amueblados, como el del espía Clooney -que engordó 20 kilos para la película, con lo que se convertiría en la antítesis del agente Patrick Ryan (Harrison Ford) en Juego de patriotas-, hay que preguntarse, en cambio, quién engañó al habitualmente excelente Matt Damon para que interpretara un papel menos consistente que la condensación del vapor de agua.

Entre las diversas formas en que se puede ver la película, una de las más sugestivas es como una especie de prólogo a la guerra de Irak. Antes de que la presidencia de Bush decidiera dar la orden de invasión en marzo de 2003, basándose en que en el país había armas de destrucción masiva y en que el régimen de Sadam Husein era poco menos que una sucursal de Al Qaeda -lo primero, falso, y lo segundo, absurdo-, las relaciones entre los servicios occidentales y las antenas in situ de sus intereses petrolíferos podían estar preparando el terreno de forma no tan diferente a lo que discurre en la pantalla.

La cinta, pese a ser un bloque serio y coherente, padece de insuficiencia emocional. Como si los personajes no tuvieran nunca tiempo de decir todo lo que piensan o el ojo de la cámara recogiera sólo los momentos menos que apasionantes de sus vidas. Esa relativa opacidad sufre, sin embargo, una pequeña revolución en los últimos minutos cuando Clooney, como el héroe de Le Carré en El honorable colegial, decide hacer la guerra por su cuenta y, como todo el que se sale del script de la vida, paga muy cara su osadía.

La película termina con el ataque de unos terroristas que se vuelan con su embarcación contra el destructor norteamericano U. S. Cole, causando la muerte a una veintena de sus tripulantes. Al Qaeda ha entrado en escena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006