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Crítica:

Una adaptación escrupulosa

Rafael Leónidas Trujillo, señor y mandamás de la República Dominicana, fiel aliado de EE UU en la contención del comunismo en el Caribe, era llamado El Chivo tanto por su lujuria desenfrenada como por su diabólica, caprichosa maldad. Como tanto dictador latinoamericano, su portentosa, bien que siniestra figura no podía dejar indiferente a algún escritor que, nuevo Roa Bastos, nuevo García Márquez, estuviese dispuesto a hurgar en su intrahistoria para presentarlo con sus auténticos rasgos. Mario Vargas Llosa lo hizo hace pocos años en una novela ejemplar, extraordinaria, La fiesta del Chivo. Nadie mejor que su primo, Luis Llosa, afincado desde hace años en un cine, el americano, que no le ha permitido muchas alegrías (allí hace lo que todos, cine de consumo: El especialista, Anaconda, títulos perfectamente olvidables), para desdoblar en imágenes la poderosa prosa de su ilustre pariente. Y sin embargo, el resultado está sensiblemente por debajo de la calidad del texto de partida.

LA FIESTA DEL CHIVO

Dirección: Luis Llosa. Intérpretes: Tomas Milian, Isabella Rossellini, Paul Freeman, Juan Diego Botto, Shawn Eliot, Stephanie Leonidas. Género: drama histórico, España / Reino Unido, 2005. Duración: 125 m.

No precisamente por falta de fidelidad: aun cuando, como ocurre en cualquier adaptación de una novela densa en acontecimientos, pierdan peso personajes importantes (como Ramfis, el hijo dilecto del dictador, o su siniestro jefe de policía, Abbes), en el resto se ha respetado escrupulosamente el desarrollo de la trama. No está ahí el problema, sino quizás en una fidelidad mal entendida, que ha llevado a sus responsables a escribir un guión que sigue puntualmente el precedente, pero sin añadir ni un ápice (cinematográfico, se entiende) a la tersa escritura del original. Todo está muy medido, pero se echa en falta más garra, unos gramos más de locura en una historia que tiene todos los elementos para lograr una más convincente denuncia del despotismo.

Y sin embargo, hay momentos en los que la puesta en escena se eleva por encima de la medianía en que transcurre la mayor parte del discurso, para penetrar en las entrañas mismas del horror: esa secuencia extraordinaria del encuentro clandestino entre Uranita adolescente (Stephanie Leonidas) y el rijoso, siniestro dictador (Milian) vale literalmente por toda la película y es capaz, por revelador, de nombrar mucho más lo siniestro que la mayor parte de las otras actuaciones del militarote. Un momento como ese o como la seca, durísima despedida final de Urania adulta (Rossellini), hacen avizorar lo que hubiese podido ser el filme de haberse mantenido esta inspiración a lo largo y ancho de toda la vivencia.

Tampoco ayuda a la percepción de la película por un público español el hecho de que esté hablada en inglés, con algunas palabras sueltas en castellano, una opción que tiene toda la lógica comercial a su favor (estamos ante un esfuerzo de producción superior a la media de lo que nos tiene acostumbrados el cine español en este tipo de casos), pero que irremediablemente distancia cualquier acercamiento, cualquier primaria empatía. No se podrá reprochar a Llosa, por lo demás, una ajustada dirección de actores, ni el haber sacado de algunos de ellos performances notables: ahí está el caso de Tomas Milian, extraordinario Trujillo, para demostrarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006