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COLUMNA

Castas

Recuerdo haber aprendido de niño, en el colegio o en otro sitio, da lo mismo, que la India se regía por el sistema de castas. Uno nacía en una casta y de ahí no había quien lo moviera. Brahmín, guerrero, sacerdote, comerciante, campesino, obrero o paria, la casta determinaba la posición de cada cual en la sociedad, su oficio, la gente entre la que había de elegir sus amistades y su cónyuge, la forma de comer y de vestir; en fin, todo, porque así lo había dispuesto Dios o la fatalidad, y punto. La información se me quedó grabada por lo que tenía de raro y de extremo, porque era exótica, como todo lo relacionado con la India, y porque proporcionaba un sistema clasificatorio sencillo e inequívoco a un niño que pretendía ubicarse en el complejo y contradictorio tejido social en el que su tiempo, sus padres y el destino lo habían puesto.

Estos días, los medios de difusión nos traen las peripecias de los políticos catalanes desplazados a Madrid con el proyecto de Estatuto bajo el brazo, y la reservada, cuando no hostil recepción que los políticos de allí les han dispensado. Observando y oyendo a unos y a otros me ha venido a la memoria el sistema de castas, y he creído percibir que los políticos de Madrid pertenecen a la casta de los guerreros. Son rudos, expeditivos, hablan claro, fuerte y con arrojo, son jactanciosos, se ríen con todos los dientes y reparten abrazos y collejas al primero que encuentran. Los políticos catalanes, por el contrario, pertenecen a la casta de los sacerdotes. Hablan bajo y en términos confusos, rara vez se comprometen, miran al cielo o al suelo, nunca de frente, saludan con sonrisas, se tocan poco y dan la sensación de esconder ases en la manga. Unos aspiran al heroísmo, los otros están resignados al martirio; ambos ven en ello distintas formas de salir ganando. Unos y otros son inamovibles en sus convicciones y no pueden cambiar de actitud, porque no hay tal cosa, sino un modo de ser, la forma en que Visnú los trajo al mundo. Por lo cual, a los demás, las otras castas, incluida la de los periodistas, sólo nos queda atisbar a través de las ventanas del palacio y esperar el desenlace de este encuentro, mientras la sufrida casta de los parias aguanta el país con un trapo sucio y una caña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005