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COLUMNA

De cinco a diez

En el Espacio Marzana de Bilbao expone acrílicos diluidos Alfredo Álvarez Plágaro (Vitoria, 1960). Sobre soportes inequívocamente blancos y muy absorbentes, el artista introduce trazos largos, intermedios y cortos de acrílico aguado, siempre dentro de una abstracción de signo minimalista. Predominan los negros, luego le siguen los grises, para culminar con los breves atisbos de las luces de los blancuzcos fondos. Lo peculiar es que cada obra consta de dos o más unidades, hasta un máximo de cinco. La ejecutada como primera es el patrón. Las demás unidades tratan de ser idénticas, mas nunca podrán ser exactas, en tanto sean fabricadas cada vez por gestualidades en tiempos diferentes. ¿Habrá que añadir que en la repetición está el cambio? ¿O se busca una inversión de identidades, al punto de que cada obra nueva, la que imita, sea imitada por la obra primera, raíz y fuente de donde se inicia todo?

La artista alemana Bárbara Stammel (Söcking-Staenberg, 1960) muestra en la donostiarra Galería Dieciséis 10 óleos. Son diez rostros de mujer realizados con pinceladas enérgicas, sueltas, cargadas de gruesos empastes, de cuño neoxpresionista. El ámbito de la galería se torna desabrido, grave, duro y hasta inquietante. Aunque se habla de diez rostros, en puridad se trata de la misma modelo pintada desde diez miradas diferentes. No cambian los ángulos desde dónde se mira; lo que cambia es la psicología de la artista al contemplar a la retratada desde distintas sensaciones. No tiene parangón, sin embargo, a través de las coloraciones de "carne herida" del conjunto recuerdan al cuadro pintado por Chaim Soutine, en 1925, titulado Ternera en canal.

Sin salirnos de San Sebastián, en la galería Altxerri expone Gabriel Díaz (Pamplona, 1968). Lo mostrado se adentra en la arquitectura, la arqueología, la escultura, la fotografía, las instalaciones y hasta el land art. Muchas de las propuestas se mueven en torno a un compulsivo nomadismo. Los términos recorren una variada multiplicidad de propuestas y búsquedas. Se quiere unir la materia a la luz. Hay una tendencia a la fusión entre montaña y cueva, mediante las fotografías hechas desde el interior de los cráteres.

Dentro de la escultura crea unas formas cúbicas con finas láminas de cristal verduzco que se superponen unas a otras. A determinadas láminas del interior se les ha quitado parte del material con que están hechas. La sustancial pretensión es que en conjunto aquello que se ha quitado conforme una entidad real. O sea, lo que no está -porque se quitó- viene a ser justamente creador visible de lo que no está. No otra cosa que evidenciar la presencia de lo ausente. ¿Hablaríamos de lo celeste y lo subterráneo platonianos?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005