Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Naturaleza asesina

Es cierto que las terribles catástrofes de Pakistán y Guatemala muestran las limitaciones humanas frente a la capacidad devastadora de la propia naturaleza. Así ocurrió hace apenas un mes con el reciente huracán Katrina en Luisiana o con el gigantesco maremoto en el Índico el pasado diciembre. Sin embargo, la estúpida y depredadora mano del hombre es también provocadora de estos desastres. ¿Por qué un seísmo como el de Cachemira el pasado sábado arrasa un territorio causando más de 30.000 muertos, o un huracán y las lluvias torrenciales sepultan en el barro y las piedras a pueblos enteros y dejan un balance probable de más de 3.000 víctimas mortales en Centroamérica?

Sería bueno interrogarse sobre el grado de culpa humana en la responsabilidad de estos fenómenos y en sus consecuencias, independientemente de centrarse ahora en lo más prioritario, como es el envío urgente de ayuda humanitaria a esas naciones. El caso guatemalteco deja bien a las claras que las autoridades locales apenas extrajeron lecciones de lo que ocurrió a finales de 1998 con la tragedia del huracán Mitch: indolencia y tolerancia en la creación de poblados en sitios que no reúnen mínimas condiciones de seguridad, destrucción de recursos naturales, deforestación salvaje, etcétera. Poco o nada ha cambiado desde entonces. Apenas ha habido modificaciones en la política medioambiental y agrícola y en la planificación territorial, desatendiendo las recomendaciones de agencias especializadas de la ONU como la FAO. Y en ello, evidentemente, no son sólo responsables los Gobiernos de la región, sino los países más desarrollados y las compañías multinacionales. Son sociedades donde el 70% de la población vive en la pobreza y tres cuartas partes no disponen de agua potable.

Frente a fenómenos naturales como son los huracanes, el hombre ha hecho considerables progresos para reducir sus consecuencias. Otra cosa es que la miopía y el mal cálculo causen más daños de los previstos, como ocurrió con el Katrina en Estados Unidos. El maremoto del año pasado en Indonesia y Sri Lanka podría haber tenido unos efectos menos devastadores si todos los países de la zona hubiesen tenido entonces un centro regional de alerta contra estos fenómenos. El efecto del terremoto en la Cachemira paquistaní era más difícil de contrarrestar -es una zona de alto riesgo sísmico-, pero indudablemente la pésima calidad de las infraestructuras ha contribuido al pesado balance. Desgraciadamente, cuando la tierra tiembla no todos disponen de iguales armas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005