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HURACÁN EN AMÉRICA CENTRAL

El caos, la escasez de víveres y el peligro de epidemias agravan la crisis de Guatemala

Las autoridades temen que el número de desaparecidos pueda superar los 3.000

Después de una semana de lluvias torrenciales que han provocado la mayor catástrofe natural en Guatemala desde el terremoto que en febrero de 1976 causó la muerte de 26.000 personas, la situación humanitaria ha sobrepasado la capacidad de respuesta del Estado. Cuando aún no se han terminado de contar los muertos (casi 600 y 3.000 desaparecidos, según las cifras oficiales) y cientos de personas permanecen enterradas bajo el lodo en las aldeas de Panabaj y Tzanchaj, junto al lago Atitlán, surge un nuevo frente: el hambre y las epidemias en zonas de muy difícil acceso.

El drama humano se concentra en dos pueblos del lago Atitlán (al oeste de Guatemala), donde un alud de casi cuatro kilómetros de longitud sepultó las aldeas indígenas de Panabaj y Tzanchaj. De ese corrimiento de tierras, que se llevó todo por delante, se han recuperado 72 cadáveres, pero aún se desconoce el número de personas que se encuentran bajo el barro. "Los cadáveres los han estado sacando de 10 en 10, y los meten juntos en cajas de madera rústica y los entierran en fosas comunes para evitar que se den epidemias", aseguró ayer una funcionaria de la Procuraduría de los Derechos Humanos de Guatemala.

El alcalde de Santiago Atitlán, Diego Esquina, informó telefónicamente a EL PAÍS de que en el último censo de población en la zona afectada estaban empadronados 5.000 habitantes y sólo se tienen localizadas a 2.500 personas en los refugios. Esquina quiere ser cauto con las cifras y advierte de que muchos de los que hoy están dados por desaparecidos pueden haber encontrado techo en casas de familiares y amigos.

El alcalde cree que tarde o temprano, cuando ya no haya esperanza de encontrar más supervivientes, se impondrá la solución más sensata para evitar epidemias por la descomposición de los cuerpos. "Los escombros de las aldeas serán un panteón gigantesco", dijo. Pero los parientes no renuncian a la esperanza y se afanan en desenterrar los cuerpos de los suyos ayudados por los vecinos.

Las ayudas llegan con lentitud exasperante. La decisión de los responsables de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) de poner retenes para ordenar la distribución de lo poco que llega, no ha hecho más que complicar la situación. Además, la Conred carece del personal necesario para hacer efectiva la medida.

Esa ayuda, que no llega a los supervivientes, se amontona en las carreteras y la población, hambrienta y con síntomas evidentes de enfermedades pulmonares y gastrointestinales, sigue sin recibirla. Desde Santiago Atitlán, donde muchos han buscado refugio, se clama por alimentos, medicinas y agua potable, agotados en el mercado local. A esa población sólo se puede acceder por lancha, porque los caminos han quedado impracticables por los deslaves.

"A eso de la una de la madrugada se oyó un gran ruido. La tierra comenzó a temblar. Antes de que pudiera reaccionar, un río de lodo y piedras se nos vino encima. No me dio tiempo a salvar a nadie", repite, como ausente de la realidad, Juan Mendoza Chicay, quien logró salir con vida del alud que sepultó Panabaj. Mendoza ha perdido a su mujer y a sus cinco hijos en la catástrofe.

Santiago Atitlán se encuentra, como la mayoría de las 421 comunidades afectadas, seriamente dañada. Sus calles están deshechas y la infraestructura de agua potable, destrozada. Tardará años, si no décadas, en recobrar su aspecto acogedor que tanto enamoraba a los turistas. Otra comunidad afectada es San Pedro Sacatepéquez, en el distrito de San Marcos, fronterizo con México. Ahí, una corriente de agua y piedras sepultó la aldea de Piedra Grande. Murieron 30 personas y otras 100 están desaparecidas. "Les dije a mis hijos que salieran rápido de la casa, pero la correntada, que ya teníamos encima, fue tan fuerte que no me dio tiempo a ayudarlos. Se los llevó el río", dijo Martín López, de 72 años, al matutino Nuestro Diario.

Historias como éstas se repiten en cada una de las comunidades afectadas. Con todo, la mayor factura a pagar por los guatemaltecos todavía está pendiente. Según el Ministerio de Agricultura, las tierras anegadas por las lluvias son, precisamente, las más productivas del país. Se dan por perdidas las cosechas de maíz, frijol y patatas, productos básicos en la alimentación de la mayoría de hogares. En una estimación inicial, las pérdidas podrían superar los 3.000 millones de quetzales (unos 30 millones de euros), equivalentes a un 8,33% del presupuesto general de la nación previsto para 2006, ahora en discusión en el Congreso.

El vicepresidente de Guatemala, Eduardo Stein, informó en la tarde de ayerque el número de muertos se acerca a los 600 y el de desaparecidos a los 3.000. Los damnificados por el huracán Stan superan los 130.000; de ellos, 89.000 han buscado socorro en refugios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de octubre de 2005