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Columna
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No son errores, es una crisis profunda

Santiago Segurola

El partido frente a Serbia dejó un mal resultado y una perfecta fotografía de los defectos estructurales de la selección española, cuya regresión es evidente. Antes alcanzaba su techo en los cuartos de final de los grandes torneos; ahora padece un drama para entrar en la Eurocopa o en el Mundial. No es, por lo tanto, un problema circunstancial, originado por un error concreto o por las cosas del azar, que generalmente parecen ensañarse con el equipo. Es cierto que falló Casillas en el tanto del empate, como se equivocó Puyol en el tanto que significó la derrota ante Grecia en la pasada Eurocopa, o Raúl en el penalti que no anotó ante Francia en la Eurocopa 2000, o el árbitro egipcio en el partido con Corea del Sur en el último Mundial, y así casi hasta el infinito. Existe un largo memorial de errores y una inclinación al victimismo que sirve de coartada para tolerar el mediocre papel de España en el fútbol internacional. A veces parece que el fútbol es un mundo perfecto, donde sólo se equivocan los españoles. No es verdad, pero es indiscutible que España paga más que nadie sus errores. Eso significa que estamos ante una selección poco competitiva, con graves dificultades para superar las adversidades. O todo va como la seda o no hay manera. Y lo normal en el fútbol es enfrentarse a la adversidad. En unos casos, porque el rival es notable o porque los partidos se reservan bromas muy pesadas: un penalti fallado, el error del portero, la equivocación de un defensa... Hace mucho tiempo que España no logra reaccionar al impacto de un gol en su portería, con fallos o sin fallos por medio. La selección no tiene la piel dura de las selecciones que encuentran la manera de resolver sus dificultades jugando bien, mal o regular. No es verdaderamente competitiva.

Hay razones más que suficientes para pensar que España tiene fuertes carencias y que es muy dudoso desactivarlas con soluciones mágicas

La evidencia de la regresión obliga a buscar las causas. Se trata de un asunto misterioso que ha movido a todo tipo de interpretaciones. Es tanta la perplejidad por el fracaso del fútbol español que se ha llegado a explicar en clave sociopolítica. Cruyff dijo una vez que España era una nación de demasiadas naciones y que así no era posible afrontar las grandes aventuras del fútbol, donde el sentimiento de cohesión es fundamental. Llegar a esta clase de análisis es una forma de desesperación ante la magnitud de la crisis. Sin embargo, la clave de la mediocridad probablemente residirá en factores futbolísticos. Hay razones más que suficientes para pensar que España tiene fuertes carencias y que es muy dudoso desactivarlas con soluciones mágicas. Nunca un seleccionador ha encontrado más apoyo que Luis Aragonés, quizá porque el periodismo consideró que los problemas del equipo estaban relacionados con la falta de competencia de los seleccionadores. Pero la realidad es la misma de siempre. La selección sigue en apuros, más agudizados todavía en los últimos meses. En un grupo fetén, con rivales de medio pelo, España ha ganado tres partidos, ha empatado cinco, no ha marcado ningún gol fuera de casa y no ha vencido en ninguno de sus encuentros con Serbia y Bosnia. Son datos demasiado contundentes. España no es víctima de tal o cual error de Casillas o del infortunio de Marchena ante Bosnia. Se trata de algo diferente. España no hace goles, no garantiza la fiabilidad defensiva necesaria ni dispone de la clase de jugadores que invitan al optimismo en los momentos críticos. Todo lo contrario. Tanto en la Eurocopa -en los encuentros con Portugal y Grecia- como en esta fase de clasificación, el equipo se ha desfondado tras recibir un golpazo.

A Luis Aragonés le corresponde una buena cuota de responsabilidad. Aunque los defectos vienen de lejos, posiblemente de años atrás, quizá de décadas, Luis no ha conseguido variar nada de lo que heredó. Juega con el mismo sistema y básicamente con los mismos futbolistas. ¿Tendrá algo que ver esta terquedad en la ausencia de satisfacciones? España es la incongruencia en acción. Tiene un equipo de delanteros y, sin embargo, no marca goles. Con dos delanteros, dos extremos y Xavi, un centrocampista esencialmente ofensivo, la selección saca el peor rendimiento posible a un modelo generoso, pero de altísimo riesgo. Si se juega con extremos y dos delanteros, se adelgaza el medio campo hasta límites muy peligrosos, pero la apuesta tendría sentido si los extremos fueran letales. No lo son. Ni Joaquín ni Vicente han dado muestras de merecer la inversión que se hace en ellos. Rara vez han marcado las diferencias en un partido crucial. Tarde o temprano, llegará el momento de revisar el modelo. Si se quieren extremos, habrá que sacrificar un delantero para robustecer el medio campo. Es decir, el viejo 4-3-3 que tan buenos resultados ofrece ahora mismo al Barça o al Chelsea. Si se eliminasen los extremos, volvería otro clásico: el 4-4-2, con centrocampistas naturales, de los que parece que abundan en España.

No sólo es cuestionable el sistema, al menos con estos jugadores. España sólo puede jugar ahora mismo de una manera, sin apenas alternativas, sin la versatilidad necesaria para ofrecer un Plan B en los partidos que se enredan. El equipo está integrado por jugadores de buena factura técnica, pero casi todos muy ligeros. Juegan a lo mismo, y lo hacen desde hace demasiado tiempo, con un estilo cada vez más revenido. La selección necesita jugar brillantemente, con mucho toque y un exceso de posesión de la pelota, para sentirse medianamente segura. En caso contrario, el juego se vuelve primero monótono, después pesado y finalmente mediocre. Y entonces, cuando no dispone del balón ni funcionan los extremos y los dos centrocampistas dan señales de alarma en su soledad, la selección termina expuesta a cualquier desastre. Con otra consideración añadida: es un equipo sin autoridad defensiva. Ni son fuertes, ni cabecean, ni se distinguen por su inteligencia táctica. El error está a la vuelta de cualquier jugada.

Si a la selección le falta fibra competitiva -se achica en las adversidades-, si el sistema privilegia algo que no encuentra -el gol- y descuida factores sustanciales, si el juego no permite variantes porque la mayoría de los futbolistas son clónicos, si ninguno de los internacionales figura entre los cinco o diez mejores del mundo en su posición, si hay un déficit de poderío físico, si el equipo reproduce el fatigado y comodón modelo de una Federación que se distingue por su falta de liderazgo, entonces es normal que España atraviese problemas no ya en los Mundiales, sino en las rondas de clasificación previas. El problema no está, por tanto, en errores concretos, en el azar desagradable, en las desgracias que acechan en cada partido trascendental año tras año, sino en los múltiples factores que alimentan una crisis extraordinariamente profunda.

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