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Delicias veraniegas en Valencia

El sol es amigo de la vida y enemigo de la felicidad, razón por la cual al verano hay que llenarlo de estímulos. Todo lo que "hay que" es fraudulento, un suponer algo, por ejemplo, que lo pasamos bomba cuando no es así; y es pura desdicha para quienes, en efecto, creen estar pasándolo bomba.

Eran las fiestas patronales de Serra y claro, el alcalde, Javier Arnal, fiel a las sacrosantas tradiciones o amigo de las tracas dispuso una mascletà que estuvo en un tris de reducir a ceniza la sierra Calderona, que ya fuera herida por el fuego hace un par de años. "Vamos a gastar una broma", dicen los mozos, "quememos el bosque". Cuán locamente se divirtieron. Acudió el Seprona, desmontó las excusas del alcalde y a éste le ha caído una multa que, en mi opinión, corre paralela con la benevolencia con que en este país se juzgan los desmanes paridos por la más absoluta irresponsabilidad. Un castillo de fuegos artificiales como quien dice a cuatro pasos de una valiosísima masa boscosa y en día de alerta extraordinaria. Hay que tenerlos gruesos; y no me extiendo porque llevar demasiada razón es peligroso en sumo grado. Recordemos que esta tierra es la de los bous al carrer, que si un año no se llevan a nadie al cementerio, por el que se llevan a dos. (Cédame el asiento que estoy embarazada. ¿De cuánto tiempo? De diez minutos, aún me tiemblan las piernas). Avisado lector, usted encontrará la relación.

En Valencia ciudad, nuestro Ayuntamiento no escatima neuronas para entretenernos a los que por una u otra razón nos quedamos aquí en verano. Una razón más para volver a votar a doña Rita, si es que todavía dudan algunos de que sea la alcaldesa perfecta. (Si la Copa de América es un naufragio, la culpa será de Zapatero, así tanta verecundia acabe dándole votos; pues nadie está equivocado a ojos de todos todo el tiempo. Aunque es cierto, porque lo dice la biblia que "los tontos son legión". Otra traducción dice "el número de los tontos es infinito").

¿Cómo nos ameniza el verano nuestro Ayuntamiento? Por ejemplo, permitiendo la incursión diurna y nocturna de un ejército tan nutrido de cucarachas que a su lado el ejército de Jerjes era una pandilla. Son, como todo el mundo ya sabe, cucarachas americanas, de color rojo mugriento y que no han dejado viva a una sola de las autóctonas negro charol, más tímidas y huidizas. Reconozcamos con sentido de la justicia que estas cucarachas son más amigas de los humanos, más sociables. Volando (porque vuelan) o andando, se posan en tu mano, en tu regazo, en tu cara, aún a sabiendas de nuestra hostilidad; pero son tantas que no les importa el suicidio con tal de que nos acostumbremos a ellas y terminemos por adoptar a su especie como mascota. ¿Qué tiene una iguana que no tenga yo? deben preguntarse. El ayuntamiento colabora a fin tan loable, cosa que no hacía, o hacía menos, con la melancólica pariente enlutada. El único inconveniente que le veo a la promoción de la cucaracha voladora es que por las noches hay que cerrar puertas y ventanas, no le pase como a una vecina mía, que una noche le aterrizó en el ojo sano un ejemplar muy orondo de este insecto y la pobre mujer ya no ha vuelto a ser la misma. Ahora dice cosas raras, como que jamás volverá a votar a doña Rita. Haz bien, pero mira a quién.

El repertorio festivo de nuestro Ayuntamiento no se limita a fomentar la procreación de las cucarachas voladoras, vía no fumigar o hacerlo tarde y poco, tal vez como venganza a la racanería de Zapatero; de quien se sospecha que quisiera vernos tan sumergidos como Nueva Orleans. Nosotros, tan masoquistas que acudimos al Mestalla para ver cómo hace el ridículo la selección nacional de fútbol. Pelillos a la mar. Otra cosa que hace el Ayuntamiento es promover la presencia de cacas de perro en los barrios de clase media y menos media. (En los otros no sé, por allí no me interno). Mi calle tiene dos hileras de arbolitos y bancos que, en la canícula, los vecinos de toda la vida comparten con los yonquis. Hay que andarse con cuidado, pues también las aceras están alfombradas con zurullos caninos. Los chiquillos, siempre traviesos -por no decir la palabra exacta- se sientan en los bancos a la espera de que el inadvertido o momentáneamente distraído transeúnte, pise una cagada, resbale y se caiga de espaldas y patas arriba. Si la víctima de la gracia que nos hace el Ayuntamiento es alguien entrado en años, el jolgorio justifica un día de vida y bastantes más de desternillante recuerdo. Pasaba yo por allí cuando patinó un viejo y sin estar en su mano levantarse, lanzó tantas blasfemias que los críos salieron disparados, reventando de risa. No exagero y pregunto, si aquí un perro destroza a una criatura y con suerte incluso se le indulta (se le "reeduca") mientras el dueño sale poco menos que indemne, ¿a qué extrañarse de que el Ayuntamiento, en lugar de poner multas, parece que nos haga un favor permitiendo que los perros hagan sus deposiciones a su libre albedrío, en la calle, sin que el dueño o dueña se cure de recogerlas? Claro que es ilegal, pero es lo que debe pensar nuestro Ayuntamiento, que somos unas moscas cojoneras, con que si la ley, la ordenanza y la leche. Quisquillosos y dados a la quejumbre que somos, como si la alcaldesa y sus gregarios, enfrentados a retos como la Copa del América y concomitantes tales como el "levantamiento" de Natzaret, no tuvieran otra cosa que hacer sino mantener las calles limpias de excrementos caninos.

Otro aliciente veraniego es el ruido y el polvo. Zanja por aquí, zanja por allá, aceras levantadas por doquier; hay que pedirle asesoramiento a un taxista amable para saber qué calles no ofrecen resistencia al peatón. Será, tal vez, que el Ayuntamiento quiere lucirse, justificar su existencia. Sospecha avalada por el hecho de que en muchas obras apenas hemos visto más que barreras y maquinaria. Gente en el tajo, poca y sin síntomas de estar acuciada por la urgencia del caso.

Aquí convertimos en tradicional una costumbre inveterada con quince o veinte años de antigüedad. Alguien dijo que quien no olvida sus tradiciones acaba por regresar a la Edad Medía. Tendría que parecernos una obviedad.

Manuel Lloris es doctor en Filosofía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 08 de septiembre de 2005.

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