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LONDRES GANA LA GRAN BATALLA OLÍMPICA DE 2012

El príncipe que quería ir en metro

El príncipe Alberto II de Mónaco es miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) después de haber participado en varios Juegos de invierno representando a su pequeño país en tanto que integrante del equipo de bobsleigh. Al margen de esa especialidad peligrosa, Alberto II pasa por ser un excelente nadador, un no menos buen tenista y un judoka temible.

Es, de los 116 miembros del COI, uno de los 40 con experiencia deportiva en unos Juegos Olímpicos. Desde el pasado 6 de abril, fecha del fallecimiento de su padre, el príncipe Rainiero III, Alberto II es también jefe de Estado en funciones.

Por eso sorprendió a la delegación madrileña desplazada a Singapur que fuese él quien se interesase por la bomba colocada por ETA en un coche aparcado cerca del estadio de La Peineta. La dimensión política de la pregunta referida a las garantías de seguridad que ofrecía la celebración de los Juegos Olímpicos en Madrid supo mal, máxime cuando era inevitable imaginar que venía teledirigida desde París, rival también derrotada de Madrid. Esa suposición explicaría en buena parte que París sólo recuperase 17 de los votos de Madrid en la última votación, mientras que la capital inglesa se llevaba 15.

A lo largo de las distintas sesiones organizadas por el COI para "examinar" a las ciudades candidatas, el príncipe Alberto II ya se había hecho notar por el interés que despertaba en él la red de transporte público de las ciudades candidatas, con mención especial por el metro. Desde los menos de 2 kilómetros cuadrados de Mónaco, esa pasión por el transporte subterráneo no dejó de relacionarse con los problemas que tiene Londres con su metro, escaso, caro, peligroso y lento.

Pero, como en el caso de su curiosidad por la vertiente política de los problemas de seguridad de Madrid, esa misma curiosidad aplicada al metro por alguien que aparentemente no utiliza muy a menudo ese medio de transporte también aparecía como impuesta, extranjera a la naturaleza del personaje. Y contraproducente para París, de quien, con razón o no, se sospecha. El problema de Alberto II, como el del presidente francés Jacques Chirac, es de credibilidad, aunque por razones distintas.

Hoy, el príncipe de Mónaco, una vez terminado el período de luto oficial por la muerte de su progenitor, se dispone a reconocer que es el padre de Alexandre, un niño de 22 meses, hijo de una azafata togolesa. En ese tipo de embrollos, a los que tan acostumbrados tiene al público la familia Grimaldi, el príncipe Alberto II se muestra sincero y convincente, digno héroe de las revistas del corazón. En cambio, como espía o agente secreto al servicio de los supuestos intereses económico-olímpicos de París, su trabajo deja mucho que desear. O, mejor dicho, sólo hace felices a los rivales que pretende minar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005