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COLUMNA

Genes

Un lector lúcido, sagaz y enardecido, con quien tengo correspondencia desde hace tiempo, me escribe para expresar su desacuerdo con la postura intransigente de la Conferencia Episcopal Española respecto del matrimonio entre personas del mismo sexo y, de paso, para lamentar la actitud jubilosa con que los medios de difusión han acogido la noticia del embarazo de la futura reina de España. ¿Acaso, dice textualmente, es lícito traer nuevos seres a la felicidad de la muerte, los maremotos, el hambre, la guerra, las esclavitudes y otras lacras anejas a la especie humana, inevitables e irrevocables?

Casi al mismo tiempo, leo en un artículo solvente que el cromosoma Y, determinante del género masculino, degenera en forma inexorable, a diferencia de su pariente, el cromosoma X, que se regenera de acuerdo con las sabias leyes de la evolución. En el futuro, los hombres serán estériles, es decir, no serán. De acuerdo con los cálculos del científico que propugna esta teoría, el hecho se producirá, de seguir así las cosas, dentro de 125.000 años, un plazo largo en relación con el ritmo estresante de la vida moderna, pero desde el punto de vista de la cosmología, un periquete.

La doctrina de la Iglesia en materia de aborto, matrimonio, reproducción y eutanasia, se ha basado siempre en la noción de que el ser humano es el centro del universo, el objeto último de la creación, lo que da propósito y sentido al plan divino. Ahora este sólido dogma está siendo atacado por dos flancos: el de la filosofía y el de la ciencia. Es cierto que el argumento de mi correspondiente y la teoría de la caducidad del cromosoma Y pueden ser rebatidos, pero tampoco la posición contraria se basa en pruebas incontrovertibles. Al contrario, el mero espectáculo de la creación, tal como se nos presenta a diario, corrobora la visión más pesimista y hace temer que en el serial eterno de la obra divina no somos más que un triste anuncio publicitario.

De ser así, lo lógico, como preconiza mi correspondiente, y cito, sería no permitir otro matrimonio que el homosexual y, en todo caso, prescribir el aborto como obligatorio.

No obstante, por lo que a mí respecta, no me considero preparado para pronunciarme sobre un asunto de tanta envergadura y trascendencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005