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Viaje a las tinieblas de Diane Arbus

Diane Arbus pasó la vida -su breve vida- abriendo con ferocidad las puertas de la luz para saber qué había del otro lado, pero en su inmensa obra sólo hay reflejos de la oscuridad.

Si las artes fueran equivalentes, Arbus sería el Franz Kafka de la fotografía, perdida en los mismos laberintos y asomada a iguales abismos.

Había cientos de personas en el Metropolitan Museum de Nueva York las dos veces que fui a visitar la exposición completa de sus trabajos. Todas expresaban incredulidad, curiosidad, escándalo, devoción, jamás indiferencia. Con Arbus eso no es posible. Quien se detenga ante una de sus fotos, sentirá que algo se le quema por dentro.

El tema de sus últimos años eran las personas excéntricas, o "singulares", como las llamaba. Hasta cuando alguna gran revista le encomendaba un tema, lo importante para ella era el sujeto que le pondrían por delante: la extrañeza, la diferencia, el ínfimo temblor de realidad que apartaba a ese personaje de todos los otros. Cuando la excentricidad es física, cualquiera advierte con facilidad esos atributos.

Son famosos las gemelas idénticas de Arbus, el gigante encorvado bajo el techo de la casa de sus padres, los travestis patéticos, los nudistas orgullosos de sus cuerpos desvencijados, los tragasables, los obesos, los disminuidos mentales en sus clubes de vacaciones.

Lo que está fuera de lugar es menos fácil de descubrir si ya todos conocen la imagen del sujeto reflejado. Es en esos casos cuando Arbus tiene sus mejores combates contra la luz y sus encuentros más terribles con la oscuridad. Le sucede con las fotografías de Norman Mailer, de Jorge Luis Borges, de Marcello Mastroianni y de ella misma. Son imágenes que no se parecen a ninguna otra.

Diane nació en marzo de 1923. Era la segunda hija de un matrimonio judío de clase alta. Su padre tenía un negocio de ropa elegante para mujeres en la esquina sudoeste de la Quinta Avenida y la calle 36, de espaldas al Empire State Building, y durante la infancia viajó a bordo del Aquitania, paseó por Francia y por Italia, se educó en las mejores escuelas de Manhattan. Se llamaba entonces Diane Nemerov.

Poco antes de los 15 años conoció a Allan Arbus, que estaba empleado en la oficina de publicidad del negocio de su padre, y en 1941 se casó con él, enamorada. El marido, que la conoció como nadie, le regaló no un anillo sino una cámara Graflex.

Desde entonces Arbus vivió una vida sin sombras, pero las fotos no la muestran así. Sus imágenes son siempre las de una chica desamparada y melancólica, en busca de algo que está en ninguna parte.

La placenta de prosperidad que había a su alrededor la mantuvo, sin embargo, viva hasta fines de julio de 1971. Durante parte de ese verano había estado dando clases en Amherst, Massachusetts, y a mediados de julio se encontró súbitamente sola en su casa del Upper West Side. Allan no estaba en Manhattan sino en Santa Fe, Nuevo México, filmando una película con Robert Downey. Las dos hijas que tuvo con él, Doon y Amy, trabajaban en otra parte.

Su mejor amiga, Carlotta Marshall -la última en verla-, dijo que Arbus pasaba entonces por otra de sus depresiones, oscilando entre la excitación y el abatimiento.

El 26 de julio, se intoxicó de barbitúricos y al mismo tiempo se cortó las venas de las muñecas. El minucioso informe del forense indica que pesaba 45 kilos y que medía un metro setenta centímetros. Una de sus últimas cartas dice: "Lo peor es que estoy literalmente aterrada de deprimirme. A veces me falta confianza hasta para cruzar la calle".

Sus últimas fotos, sin embargo, exhalan -como todas las que hizo- una energía descomunal: la de alguien que está contemplando una realidad invisible para el resto de los mortales.

Los campeones de lucha libre, James Brown con ruleros, un obispo mujer a orillas del mar, una ex reina de belleza en su patética vejez son, para quien los mira con descuido, ejercicios llenos de luz. Y es verdad: hay luz en todas partes. La oscuridad surge de los personajes retratados, de un adentro que sólo Arbus puede ver.

Toda foto es un vacío de la realidad. Lo que se ve es sólo un residuo parcial de lo que pasa. La belleza está en lo que la foto deja fuera, en lo que insinúa. Es decir, en lo que imaginan aquellos que están mirando. La foto suspende el tiempo, pero nosotros somos el tiempo. Crea una historia, pero nosotros somos, de algún modo, esa historia.

Arbus tenía la prodigiosa habilidad de despertar todas las imaginaciones del espectador a la vez. Brassai, el maestro húngaro al que ella tanto admiraba, o Richard Avedon, que fue su amigo cercano y su confidente, dirigen la mirada, componen la fotografía de tal manera que en los alrededores del cuadro no hay otra cosa que la realidad descarnada, ya se trate -en el primero- de los prostíbulos sórdidos de París o de la bruma que se levanta, distante, a orillas del Sena, o, en el segundo, de los ayudantes que van de un lado a otro, perfeccionando la apariencia de los felices personajes retratados.

En Arbus, lo que se ve es siempre imprevisible, porque lo que está en la foto es lo que está, a la vez, en las pesadillas del que las mira. Tienen la fascinación de lo prohibido. Por eso había tanta gente hipnotizada durante la exposición en el Metropolitan Museum, demorándose a veces media hora ante una sola imagen.

Más -o quizá mejor- que ningún otro fotógrafo, Arbus expresa los infortunios de toda la especie humana a través de un solo individuo, en un instante que representa la eternidad.

De pocas artes se puede decir tanto, y quizá no hay otro lenguaje que diga tanto con tan poco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0005, 05 de junio de 2005.

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