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Tribuna:

El prestigio de los necios

En el suicidio de la joven de Elda sometida a acoso escolar se reúnen muchas circunstancias tristes e inquietantes, pero una, particularmente siniestra, nos indica hasta qué punto la necedad ha llegado en nuestros días a gozar de un prestigio que parece imparable. Según las informaciones que hemos podido leer en los periódicos, esta estudiante de 16 años, con un excelente rendimiento escolar en el pasado, había empezado a suspender asignaturas para, así, confundirse con la mediocridad general y, en consecuencia, librarse, con un poco de suerte, de la presión brutal que padecía.

No lo consiguió, pero su caso se asemeja en todo a los informes que una y otra vez nos dan a conocer el estado de sitio en el que se encuentran muchos de los institutos de enseñanza media en los que el conocimiento ha pasado prácticamente a la clandestinidad. Aunque suene a disparate difícil de creer, no es infrecuente, de acuerdo con tales informes, que los escasos estudiantes propensos a leer algún libro lo hagan en secreto, ocultos a las miradas de los demás, no sea que llegue a los matones de turno y sus estultos seguidores la noticia de que alguien quiere saber algo que no está en la televisión o en la publicidad.

Desde luego, ni el acoso escolar ni la existencia de matones tiene nada de nuevo y todos seguramente recordaremos episodios de violencia en nuestra adolescencia y también antes en la niñez. La novedad estriba en el actual prestigio de la necedad, a la que no sólo no se pone socialmente coto, sino que se alaba hasta límites seguramente insospechados en cualquier época precedente. Los jóvenes de nuestro tiempo están tan acostumbrados a comprobar que a su alrededor lo necio es más valioso que lo noble que dan casi por descontado hacia dónde debe dirigirse uno si quiere prosperar o simplemente resistir.

El necio posee la llave del paraíso, y para hacerse con ella es importante compartir sus armas: la vulgaridad, la estupidez y esa entrañable y racial costumbre que nos lleva a preferir el gracejo a la inteligencia y la picardía a la cultura. Naturalmente, por sólido que fuera nuestro sistema escolar, que es más bien miserable y se ha empeorado gracias a las sucesivas reformas, nada podría hacer ante el acoso de la necedad proveniente de todos los rincones.

El pequeño matón y su imprescindible pareja, el servil reidor de sus gracias, crecen en la convicción de que el mundo está formado por gentes como las que ellos aspiran a ser, es decir, una legión de matones y serviles reidores. No entienden, por tanto, que deban modificar en absoluto su conducta, puesto que los triunfadores -los que les dicen que cuentan- ya son como ellos; si se afanan en su chulería y su servilismo, lo serán en el futuro.

El cachorro de la hiena, depredadora y riente, se ve inmerso así en una suerte de anticaverna de Platón por la cual lo auténticamente existente, lo que está más allá de las imperfectas necedades cotidianas, la Necedad Absoluta, será aquel paraíso cuya llave le brindan abundantes guías.

¿Y antes de encontrarlos en la propia escuela el aprendiz de matón dónde ha encontrado tantos guías? Casi a cada instante de su vida.

Si dejamos de lado a las familias (¿pueden dejarse de lado en esta cuestión cuando escuchamos el hermoso y rico lenguaje familiar en calles, restaurantes y lugares de ocio?) para trasladarnos a una esfera menos íntima comprobaremos que el aprendiz de matón tiene tantas oportunidades para su aprendizaje que sería un milagro verle desviado hacia una mayor competencia moral. Desde que ha tenido uso de visión el desfile de imágenes ha sido incesante y en una inmensa mayoría ha descubierto la rentabilidad de la trampa y de la violencia. Paralelamente se ha ido cerciorando de que la verdad tiene escasa importancia en relación a la capacidad de persuasión. Por fin también ha sabido que ridiculizar otorga más dividendos que argumentar. Con los ojos pegados a la pantalla, el aprendiz de matón y su servil acompañante aprenden, paso a paso, el camino del porvenir.

Cuando despegan los ojos de la pantalla, lo cual a menudo sucede muy poco, el lenguaje que llega a sus oídos también les señala el camino: pocas palabras -y cuanto más reiteradas, mejor- con la suficiente dosis de bronca y zafiedad. Son las que escuchan por todos lados y corroboran que son las "únicas", no sólo porque nadie se atreve a corregirles, sino porque la publicidad las adopta como consignas. ¿Para qué buscar un lenguaje más complejo y que describa mejor la complejidad del mundo si el triunfo social está equiparado al mayor de los simplismos? ¿Para qué la cultura si los adultos acogen y aconsejan la necedad?

El aprendiz de matón se siente seguro del camino escogido porque no ve indicio alguno de que las cosas vayan en otra dirección. Poseedor de todos los derechos e ignorante de cualquier deber, se convierte en un maestro del chantaje. Nada es más útil que infundir temor en un mundo en que los padres tienen miedo de los hijos, y los profesores, de los alumnos.

¿Y qué decir de la vida pública? En el supuesto de que el matón llegara a interesarse por la vida pública percibiría que tampoco allí la ley es distinta y que con tranquilizadora frecuencia -para él- en el escenario político conviven también la coacción y el servilismo. El aprendiz, ya muy avanzado su aprendizaje, podría identificarse fácilmente con algunos de los personajes que pueblan los foros y las tertulias y convencerse de que la autoridad moral se expresa por la boca de gritones, maldicientes y analfabetos.

¿Cómo no va haber matones en las escuelas o en las calles o en las casas si los hay en los parlamentos, y con tantos siervos dispuestos a reírles las gracias?

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005