El éxtasis del estribillo

Persiste un pegajoso malentendido respecto a este descendiente del autor de Moby Dick. Se le considera en España como una especie de gurú de las músicas avanzadas cuando lo cierto es que Moby encarna ahora mismo una de las ramas del mainstream, la tendencia dominante dentro de la música más vendible. Aquí es visto como un simpático diablillo, mientras que en los círculos elitistas de Londres o Nueva York molesta la estridencia con que alardea de sus excentricidades ideológicas y cotidianas; allí, se siente que Richard Melville Hall es un aprovechado que manipula descaradamente los hallazgos ajenos en ambient, techno, hou-se y lo que se le ocurra. No se toma en consideración su inagotable curiosidad, evidenciada cuando funcionaba en la marginalidad y trabajaba en diversas líneas, bajo su nombre o con seudónimos.
Moby
Moby (voz, guitarra, congas), Laura Dawn (voz), Daron Murphy (guitarra, bajo, coros), Luci Butler (teclados, coros), Scott Frassetto (batería). La Riviera, Madrid. 4 de junio.
En 1999, Moby se escapó del underground con Play, donde sampleaba grabaciones de rotundas voces afroamericanas. Play fue el disco más rentable de 1999, omnipresente en anuncios o bandas sonoras. Seis años después, cambia de registro con Hotel, donde se concentra en lustrosas melodías reconfortantes -que podrían proceder del techno más exquisito de los ochenta- y en radiantes llenapistas. Nada de experimentos: bailable pop proteico para un público que simpatiza con su imagen.
En otros tiempos, los artistas sufrían para reproducir en directo sus filigranas de estudio. Moby debe conseguir dar veracidad orgánica sobre el escenario a piezas que son labores de alquimista sonoro, generalmente hechas en solitario en su apartamento neoyorquino. Y lo logra. Primero, domina el suficiente castellano para comunicarse y abrir vías de complicidad con el respetable, más allá de los habituales repudios de George W. Bush y la política estadounidense. Segundo, tiene una banda que hace creíble la fantasía de que aquello responde a un verdadero esfuerzo colectivo. Laura Dawn es una vikinga que lo mismo ejerce de diva del house que como eco de los añejos vocalistas de gospel y blues que Moby encajó en su electrónica casera.
Discoteca populista
Así que Moby se impone sobre las circunstancias: La Riviera es una cenicienta que se transforma en discoteca populista a partir de las doce de la noche y eso obliga a que más de la mitad del concierto se desarrolle con luz natural, comenzando poco más allá de las nueve. Pero él sabe pulsar los resortes secretos del público. Un personal que delira con los subidones de los estribillos, una masa feliz que está deseando alzar los brazos y constituirse en extasiada comunidad. Richard Melville Hall se permite incluso usar las técnicas de la marcha atrás: tras un tramo exuberante, frena el entusiasmo con piezas lentas. Sus carreras de un lado a otro son tan eficaces como sus parlamentos: dice que no puede manejar el pretérito y el futuro de los verbos españoles, por lo que ha decidido "vivir el presente". Ovación.
Por momentos, se convierte en Moby Santamaría cuando le pega con ganas a las percusiones. Hace que parezcan espontáneas las muy estudiadas metamorfosis: dice que Beautiful podría funcionar como bossa nova y lo demuestra, añadiendo incluso una ráfaga de un éxito ajeno. Permite un solo de guitarra hippy.
Para los bises, se destapa con una fotocopia de Walk on the wild side, que no demuestra nada más allá de que la tropa de la club culture sabe paladear el bestiario de Lou Reed. Hay una exhibición de la teclista y el baterista antes de erupcionar con el apoteósico Lift me up. Aunque los empleados de La Riviera ya están expulsando a los asistentes al show, Moby se salta el horario con un bis no programado, una pieza frenética que logra que salgamos al inhóspito Madrid en obras con una sonrisa así de grande.

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