DE LA NOCHE A LA MAÑANA
Columna
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Por una Valencia campeona

Parece que la vía valenciana se concreta finalmente en una amalgama en la que no hay colegios suficientes, pero sí un monumental Palau de les Arts, el agua escasea, pero se suple con campos de golf, y así todo.

Otro año será

El fútbol es la actividad que mayor número de sociólogos de repostería genera por metro cuadrado, especialistas en sugerir que los tres o cuatro equipos que encabezan la tabla al final del torneo reflejan la pujanza de las ciudades de las que toman su nombre. Así, Barcelona sería la hostia porque su equipo ha encabezado la competición desde su sexta jornada, Madrid estaría de capa caída porque la capital del Reino no puede conformarse con un honroso aunque insuficiente segundo puesto. A partir de ahí viene el lío. Porque o bien Vila-real está que se sale o bien no se entiende su más que meritorio tercer puesto en la tabla, aunque, eso sí, a casi veinte puntos del Barcelona. ¿Y el Valencia? Pues se sitúa a veintiséis puntos del campeón. Si se considera que el Zaragoza queda a treinta y cuatro puntos, y por tanto a ocho del Valencia, ¿quiere eso decir que finalmente habrá trasvase? Los designios del fútbol son inescrutables.

Vale, profeta

No hace tanto tiempo que la derecha española decretó que los conceptos de izquierda y de derecha estaban obsoletos por decimonónicos y trasnochados, todo en nombre de una política de la gestión pura y dura. Poco dura la alegría en casa del rico. Nada menos que José María Aznar va a Mallorca, a la manera de viajante de comercio de la FAES, y suelta un delirio sobre "el poder destructor de las ideas de izquierda", nada menos. Y, sin embargo, al afirmar que "sin ideas y sin principios, la política no es más que oportunismo estéril, con mera ocupación del poder" -aún pasando por alto su curiosa sintaxis-, el lector diría que se refiere a uno de los suyos, a uno, por ejemplo, como Eduardo Zaplana, sin ir más lejos, o a aquel desdichado, creo que ahora directivo de RTVV, que no pudo por menos que regocijarse con un rotundo "¡Nos vamos a forrar!" cuando ganó sus primeras elecciones.

El acoso avisa

Por desbordados y desmotivados que se encuentren los profesores de primaria y secundaria, hay que decir que nada más fácil que detectar en las áreas de recreo de los centros escolares a los que sufren acoso y a los acosadores. Basta con distinguir entre la actitud de la persona atemorizada y la matonería hiriente de sus maltratadores. Y eso, a poco que uno quiera verlo, se percibe ya desde los primeros cursos de primaria. El hijo de un amigo sufrió un auténtico calvario antes de pasar al Instituto porque usaba gafas, era estudioso y prefería jugar al ajedrez que colarse en el baño de las niñas. Sus padres trataron de enseñarle a defenderse, pero todavía era peor porque entonces, encima, pretendía plantar cara y lo machacaban. Los alardes de dominio y la sumisión forzada son conductas tan llamativas que sorprende la ceguera de quienes las califican de simples chiquilladas.

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Menudo complejo

Muy rara vez se me ocurre acercarme por el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe y su entorno como de Disneylandia entre posmoderno y organicista. De algo tiene que vivir Calatrava (su intensidad cremosa), valenciano y arquitecto, además de ingeniero. Pero ese paisaje artificial no es de ciencias ni de letras. Parece la maqueta a tamaño natural de un cómic obediente a los criterios de un futuro un tanto cursi y algo dado a lo churrigueresco. Uno de los pocos museos prácticamente vacíos de la ciudad, en lo que tiene que ver con la extremada parquedad de lo que allí se expone, se rodea de construcciones reiteradas, con muy escasas variantes. Y si no bastaba con eso, el complejo -en todas las acepciones del término- se completa con una especie de desfiladero de pesadilla donde se alzan los edificios de arquitectura más dudosa de los últimos decenios. Hasta que uno repara en su carácter complementario. Tal para cual.

La salud de los enfermos

Al consumidor habitual de fármacos diversos para soliviantar malestares crónicos le ocurre un tanto lo que al cónsul Firmin de Bajo el volcán, que a veces juega a contrarrestar los efectos de la ingesta. El atormentado personaje de Malcolm Lowry consume alcohol duro en cantidades desmesuradas, pero siempre persuadido de que la ginebra elimina los efectos del whisky, el ron liquida la memoria de todo lo anterior y el mezcal es borrón y ginebra nueva. Así, uno recurre al paracetamol en dolores leves, al ibuprofeno cuando el dolor se pone serio, para regresar a la aspirina efervescente con apoyo del omeprazol por aquello de la cosa intestinal. Todo avanza tanto, pero tan despacio, que no se puede entender por qué no existe todavía una especie de viakal que disuelva de una vez los tarugos de las arterias o un detergente serio que permita a los pulmones respirar como merecen.

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