Entrevista:MARCEL REICH-RANICKI | Crítico literario | 64ª FERIA DEL LIBRO DE MADRID

"A veces soy malvado, pero no sé odiar"

El crítico literario y pope de la cultura alemana Marcel Reich-Ranicki, que cumple ahora 85 años, habla en esta entrevista de sus escritores favoritos, de su talante conciliador y de su actitud ante la muerte.

Pregunta. Señor Reich-Ranicki, a sus 85 años está dando muestras de una clara voluntad de reconciliación. Se ha reunido con Günter Grass y Walter Jens, que llevaban ya tiempo distanciados de usted. ¿Se debe esta actitud a la indulgencia que dan los años?

Respuesta. He dicho en repetidas ocasiones que estoy dispuesto a reconciliarme siempre, sin excepciones, con todos aquellos con los que he estado o estoy enfrentado. Jamás he rechazado a nadie que me haya tendido la mano. Jamás. Sí, con Grass he llegado a una especie de reconciliación. Nos vimos en Lübeck, en un encuentro que, todo hay que decirlo, no fue casual sino organizado. Ha escrito un conmovedor texto en prosa para el libro que se acaba de publicar con motivo de mi cumpleaños. Jens estuvo aquí, en mi casa, después de que yo me ofreciera a visitarle. Más adelante mi mujer y yo le devolvimos la visita.

"Estoy dispuesto a reconciliarme siempre, sin excepciones, con todos aquellos con los que he estado o estoy enfrentado"
"Fue realmente espantoso. De repente tenía ante mí a uno de los asesinos de mis padres y de mi hermano. Nadie me avisó, ni siquiera Fest".

P. ¿No debería ser Martin Walser el próximo?

R. Eso tiene que preguntárselo al propio Walser.

P. ¿Pone condiciones para el acercamiento?

R. Le repito que jamás he rechazado una mano tendida en señal de reconciliación. No complique las cosas. En Polonia puede ocurrir que dos literatos que están enfrentados se encuentren casualmente en Varsovia al cabo de un año y uno de ellos diga: "Basta ya. ¡Vamos a tomarnos un vodka!". Y el enfrentamiento se da por terminado. Creo que es una actitud de lo más razonable. Sólo se vive una vez y permitir que una pelea dure toda una vida es siempre una completa idiotez. Además, suelo ser agresivo, pero jamás vengativo.

P. ¿Eso quiere decir que no rechazaría un acercamiento por parte de Joachim Fest, que fuera su amigo y compañero de armas durante muchos años en el Frankfurter Allgemeine Zeitung?

R. No. En cualquier caso, lo cierto es que la amistad con Joachim Fest constituye un episodio muy especial y muy importante en mi vida y, aunque Fest lo desmienta ahora, también en la suya. Fest puede olvidar y negar el aprecio y la simpatía que existió hace años, en un contexto muy diferente del actual, pero eso sólo demuestra su falta de respeto por su propio pasado.

P. El motivo fundamental de sus desavenencias fue el enfrentamiento entre historiadores a la hora de evaluar el periodo del nacionalsocialismo, y sus opiniones encontradas sobre la figura del nazi Albert Speer, personaje que vuelve a estar de actualidad a raíz de la serie televisiva de Heinrich Breloer. ¿Ha habido intento de reconciliación con Fest?

R. Varios. La hermana de Fest, que falleció el año pasado y con la que mi mujer y yo hemos mantenido una buena amistad durante muchos años, hizo grandes esfuerzos por que llegáramos a reconciliarnos o, por lo menos, por lograr que hablásemos para aclarar lo ocurrido entre nosotros, cosa en la que yo estaba muy interesado. Pero fue inútil. "No tiene sentido", me decía, "soy incapaz de conseguir nada. Joachim sólo siente odio". Por lo que a mí respecta, es cierto que en ocasiones soy malvado, pero no sé lo que es odiar.

P. En su autobiografía Mi vida describe cómo en septiembre de 1973, en la presentación en Berlín de la biografía de Hitler escrita por Fest, sin previo aviso se vio obligado a enfrentarse como superviviente del Holocausto con un Albert Speer que ya había cumplido su condena y que también había sido invitado a la presentación del libro.

R. Sí, fue algo realmente espantoso. De repente tenía ante mí a uno de los asesinos de mis padres y de mi hermano. Nadie me había avisado, ni siquiera Fest.

P. En el último libro de Fest, Preguntas sin respuesta, en el que recoge las notas que tomó durante las conversaciones que mantuvo con Speer tras su salida de la prisión de Spandau, califica de "invención" su descripción de aquel encuentro berlinés.

R. Me apena constatar que a Fest le flaquea la memoria. Hay muchos testigos presenciales de aquel encuentro.

P. Usted no escribió sobre este episodio hasta mucho después, al redactar sus memorias. ¿Por qué?

R. La cosa estaba hecha y ya no tenía remedio. Estoy casi seguro de que Fest no omitió avisarme de la presencia de Speer por mala intención, sino por puro egotismo. Ni se le pasó por la cabeza que yo quisiera evitar verme compartiendo mesa con un hombre como Speer.

P. ¿No podría ser que en aquel entonces Fest juzgara a Speer con demasiada buena fe, como ahora se le reprocha? ¿Que realmente se creyera el cuento del "nazi bueno"?

R. No, es un error pensar que Fest es un ingenuo. Su presentación de Speer no tiene nada que ver con la buena fe, sino más bien con sus convicciones y sus tácticas políticas y quizá también con su patriotismo. Al vender al país, y sobre todo a los pequeños nazis y a los simpatizantes, esa imagen de Speer como nazi honrado, cuando no noble, les ayudó a recuperar la buena conciencia. El hecho de que un hombre con un talento tan extraordinario como Speer se hubiera dejado enredar en todo aquello suponía en definitiva la expiación de las culpas de todos los que habían colaborado. El inmenso éxito de los libros de Speer tiene que ver con ese planteamiento de fondo. Con esto no estoy diciendo que Fest tuviera mala intención, sólo digo que en el caso de Speer ni se podía ni se puede hablar de enredo. Era un criminal nazi peligroso que sólo se diferenciaba de Göring o Himmler por sus buenas maneras. Hoy en día sabemos que Speer fue de los primeros en dar orden de que se deportara de sus hogares a los judíos de Berlín.

P. ¿Qué opinión le merecen los esfuerzos que están haciendo los alemanes para conmemorar el 60º aniversario de la liberación de Alemania del nacionalsocialismo?

R. No se puede hablar de Alemania así en general, ni tampoco de los alemanes, sino que hay que diferenciar entre las distintas generaciones: la cuestión de si lo ocurrido en 1945 fue una liberación o un colapso no tiene la menor relevancia para los más jóvenes; la guerra les resulta algo tan remoto como lo era para mí en mi juventud la guerra franco-alemana de 1870-1871. La generación de los que intervinieron en la guerra y actualmente tienen más de ochenta años vivió aquel 8-9 de mayo de 1945 no como una liberación, sino como un desmoronamiento. Cualquier otro planteamiento de la cuestión no supone más que un encubrimiento inadmisible, cuando no falaz.

P. ¿Qué es lo primero que se le viene a la cabeza a usted cuando rememora el 8 de mayo de 1945?

R. Para mi mujer y para mí el acontecimiento decisivo no fue el final de la guerra, sino nuestra liberación en septiembre de 1944.

P. Tras haber huido del gueto de Varsovia sobrevivieron ocultos en un escondrijo hasta que fueron liberados por soldados del Ejército Rojo. ¿Fue un momento dichoso?

R. Hay una cosa que no debe perder de vista: para poder sentirse dichoso hace falta disponer de algo de tiempo. Pero nosotros carecíamos de ese tiempo, estábamos hambrientos, envueltos en harapos. No había nada que comer, lugar donde dormir. Y poco después sentimos la necesidad de contribuir como fuera a la guerra que se estaba librando contra Hitler. Por eso los dos nos enrolamos voluntarios en el ejército polaco.

P. Ahora, el público televisivo está recibiendo información exhaustiva sobre el Tercer Reich en forma de películas y documentales. ¿Usted también los ha visto?

R. Sólo algunos. Mi mujer analiza a fondo la programación televisiva y señala lo que en su opinión deberíamos ver. Aunque la anotación más frecuente suele ser un signo de interrogación. Sin embargo, señala todo lo que tiene que ver con los nazis. Por perverso que pueda parecer, no se cansa de ver a Hitler ni a las compañías de las SS y las SA desfilando. "Eso es mi vida", dice, "lo que ha determinado por completo mi existencia".

P. En cierta medida, eso mismo puede decirse también de su biografía, según la describió hace seis años en Mi vida. ¿Tiene intención de añadir un apéndice a ese libro?

R. No. Ahora lo más importante es acabar mi canon de la literatura alemana. Tras la publicación de los tres estuches dedicados a novela, cuento y drama, está pendiente la compilación de poesía y la dedicada al ensayo. Al final, la colección podría llegar a sumar un total de 50 volúmenes. En toda la historia de la literatura alemana nunca se había hecho nada semejante.

P. ¿Qué autor es el que estará presente con mayor número de textos en el canon del ensayo?

R. Mi decisión le va a sorprender: Schiller. He incluido más ensayos de Schiller que de Goethe o de Thomas Mann. Para mí es sin duda el más grande de los ensayistas alemanes.

P. En su autobiografía no oculta que a lo largo de sus muchos años de vida matrimonial también tuvo aventuras. ¿No se pregunta ahora si no habría sido mejor renunciar a ellas?

R. No estoy dispuesto a renunciar ni a una sola de esas historias.

P. Siempre ha hablado con mucha naturalidad sobre sus ideas acerca de la muerte. A la pregunta de "¿dónde querría que le enterraran?" respondió en una ocasión: "Yo lo que quiero es que no me entierren".

R. Esa frase no esconde ningún secreto. Quiero que me incineren. Por lo que respecta a mis cenizas, me da igual lo que pase con ellas. Eso sí, no quiero que mis funerales tengan el menor matiz religioso.

P. ¿No cree en algún dios?

R. Creo en Shakespeare y en Goethe, en Mozart y en Beethoven.

P. Si a alguien sólo le quedara tiempo para leer un único libro, ¿cuál le recomendaría?

R. ¿Uno sólo? En ese caso ninguno de los que componen mi canon, porque se circunscribe únicamente a la literatura alemana. Me decantaría por Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, o por Guerra y paz, de Tolstói.

P. ¿Y dentro de la literatura alemana?

R. Pues probablemente elegiría La montaña mágica, de Thomas Mann.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0005, 05 de junio de 2005.

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