Columna
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Artista vasco olvidado

Debemos agradecer al Museo de Bellas Artes de Álava el habernos dado la oportunidad de descubrir a un artista vasco olvidado. Se trata de Salvador Román de Azpiazu (Vitoria, 1867-Madrid, 1927), topógrafo de profesión, artista por vocación. La muestra la componen alrededor de 90 dibujos, 15 acuarelas y un reducido número de fotografías. Todas las piezas son de pequeño e íntimo formato.

Las acuarelas tienen ecos estilísticos de Fortuny o, si se quiere, de sus continuadores, aquellos que conformaron lo que se llamó la escuela española de Roma. Mas lo verdaderamente notable lo hallamos en muchos de los dibujos. Aspiazu traza con tenue firmeza las líneas. Le interesaron por encima de todo las piedras más que la naturaleza, de ahí que abunden las iglesias, los palacios, los claustros. Cuanto mayor es el recorrido de la mirada por el entrecruce de líneas, tanto más llegamos a concluir que aunque la línea parezca la cosa más frágil, nada como ella con tantas ansias de abarcarlo todo. Con estos dibujos de Azpiazu, algunos de ellos engolfados en captar los tonos de luz, percibimos que en esas ansias aludidas hay como un toque de clarín, que llama al amanecer y/o al despertar de la nada a que sea algo. El dibujo como inicio de la aventura. Un mundo lleno de posibilidades. Picasso lo advirtió con lacónica crudeza: "Cuando un artista te muestra un cuadro suyo, tal vez pueda engañarte; pero será imposible que te engañe cuando te enseña un dibujo a línea". De vuelta a Aspiazu, me atrevo a comparar sus mejores dibujos con los de Carlos de Haes, que duermen en las dependencias del Museo del Prado, aduciendo que rayan a parecida altura. La diferencia es que Carlos de Haes se ha ganado una merecida solvencia gracias a la potencia expresiva de sus paisajes al óleo, en tanto se desconocen obras del alavés en esa especialidad. Llegado a este punto se puede colegir que el dibujo persigue la precisión, es decir, lo que es, sin querer aparentar lo que no es; la pintura busca cautivar, conquistar, sorprender, hacerse admirar.

Y para dar pábulo a esta búsqueda de cautivar y hacerse admirar, nada más propio que la exposición montada en la Caja Vital vitoriana en torno a Ignacio Zuloaga (Eibar, 1870-Madrid, 1945). Ahí está el eibarrés con su estilo férreo, impositivo. Con las líneas del dibujo trata de imponer su ley. A veces más que pintar a sus modelos parece aprisionarlos. Con el paso del tiempo, su arte sigue tiene muchos adeptos entre el gran público. Lo que más seduce a ese gran público, suele ser la abultada carga de teatralidad que prima en las obras de Zuloaga. Sin embargo, quizá ahí reside uno de sus mayores defectos a la hora de enjuiciar con cierto equilibrio ecuánime su personal estética.

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