Columna
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Chupa de cuero

Siento admiración hacia el trabajo bien hecho, imaginativo, cuidado, inteligente cuando se manifiesta en el mundo transgresor de la delincuencia, que suele estar teñido de zafiedad y violencia. Y echo de menos a aquellos artistas capaces de venderle un tranvía al codicioso paleto, como ocurrió en el Madrid de los sesenta. Un genial estafador convenció a su víctima de la posibilidad de adquirir aquel vehículo nuevo, aerodinámico que circuló por la ciudad con el distintivo del 1001. Le subió en él, saludó confianzudamente al conductor, a quien preguntó vagamente por la familia y por cómo iba el negocio. Repitió la tarea hasta persuadir por completo al forastero.

Se han hecho operaciones callejeras similares e incluso más finas, sin olvidar, con cierta vergüenza, que aún en nuestros días se sigue propinando el tocomocho, que debía ser más conocido que la Tana. Para ejercer estas habilidades son precisos hondos conocimientos de la psicología humana y unas excepcionales dotes de persuasión. Por mi edad y aspecto me creí libre de estas asechanzas, dicho con cierta melancolía, la que también me roza cuando veo que los repartidores de propaganda callejera me ignoran, al sospechar que no formo parte del mundo consumidor. No me admitirían si pretendiese donar sangre.

Este preámbulo anuncia el acontecimiento que acabo de vivir. Descendí del autobús en el primer tramo del paseo de la Castellana para dirigirme al bar habitual, al mediodía, cuando escuché un siseo insistente. Había lloviznado un poco y el tramo no suele estar concurrido a ninguna hora, así es que localicé la llamada, procedente de un automóvil aparcado en doble fila, desde donde un joven me hacía gestos amistosos. Su aspecto era agradable, moreno, pelo higiénicamente rapado y una amplia sonrisa que mostraba una envidiable dentadura. Me saludo calurosamente, a través de la ventanilla abierta: "¡Qué alegría verle! ¿Cómo está usted? ¿No me recuerda del trabajo? Bueno; mi padre es quien tenía amistad... Aunque me parece que era usted el jefe...".

Estas breves frases estaban dichas en perfecto castellano, con un grato acento italiano. Le di la mano, inclinándome sobre la portezuela, intentando recordar con mayor exactitud dónde había conocido al risueño interlocutor. Creí lograr una conexión con un maître, ya jubilado, de un buen restaurante de la capital. Quizá me había hablado de aquel simpático y espabilado hijo, así es que le pregunté por su padre. Se le ensombreció el rostro.

"No está muy bien -me dijo-. Precisamente vengo de la consulta de su médico, a quien no he podido hallar. Le traía un regalo por lo bien que le ha cuidado y no se lo he entregado. Pero me alegro de haberme tropezado con usted". Cambiando bruscamente y recuperando la grosería contemporánea, me apeó el tratamiento, al tiempo que me mostraba un envoltorio de seda que, indudablemente, contenía una prenda de vestir.

"Mira, me alegro tanto de haberte encontrado que es un placer regalártelo. Toca, tócalo". Inmediatamente le repuse que no podía, de ninguna manera, aceptar aquello, que me pareció una chaqueta de cuero negro, de suavísimo tacto. Se lo dije sinceramente, con gratitud, pero firme en la decisión de no admitir un obsequio en plena calle, por muy hijo de maître que fuera. "Hombre -repuso- quisiera que me hicieses un gran favor. Es una chupa buenísima que aquí al lado, en Versace, vale más de 2.500 euros. El caso es que no quiero pasarla por la aduana, porque he de marcharme dentro de un rato y si me dieras 1.000 euros te estaría muy agradecido. Me negué, sintiendo en ese momento una mosca detrás mi oreja. ¿Y 500 euros...?". "Lo siento mucho y se lo agradezco. Salude a su padre, y no le puedo dar lo que me pide porque llevo encima, exactamente, cinco euros, para pagarme una copa de vino". Sin dejar de sonreír, tuvo un último detalle conmigo: "No me cree, ¿verdad?". "Pues, no", le respondí afablemente. Me saludó con la mano, echó en el asiento de atrás esa y otra supuesta chupa estupenda y se fue. Al día siguiente vimos entrar, muy ufano, a uno de nuestros contertulios, hombre inteligente, astuto y desconfiado. Lucía una estupenda chupa negra. Poco después, otro habitual, considerado como persona sumamente perspicaz, llegó con un fardo bajo el brazo, con otras tres cazadoras, negras, sedosas, elegantes, como de Versace.

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