Columna
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Un sucesor de la Iglesia

Mucho ha cambiado el mundo en el papado de Juan Pablo II, el papa de la globalización. Mucho ha cambiado el mundo católico. Pero mucho ha cambiado también la cristiandad. Algunos han señalado que "Dios se mueve geográficamente" de Oriente Medio a Europa y América del Norte y ahora al mundo en desarrollo, o, como sugiere Philip Yancey, que va a donde más le llaman. Hoy la Iglesia católica no sólo ha crecido en el Tercer Mundo, sino que se enfrenta a la competencia entre los cristianos, incluidos los pujantes movimientos evangélicos incluso en España de la mano de la creciente inmigración. En general, estos movimientos son mucho más conservadores sobre el papel de la mujer, el aborto o la eutanasia, lo que puede reforzar estas tendencias y los grupos más integristas en el seno de la Iglesia católica.

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Si en la elección del nuevo papa, el Colegio Cardenalicio primara su representatividad de acuerdo a la actual distribución geográfica de los católicos, el cargo no podría ya recaer en un europeo, sino en un americano o en un africano, en alguien del Sur, de la Tercera Iglesia, como algunos la han llamado. Más de la mitad de los católicos ya no están en Europa o en Estados Unidos, sino en el Tercer Mundo, donde la competencia confesional es mayor. Ya en 1990, David Stoll se preguntaba: "¿Se está volviendo América Latina protestante?". Hoy, más que una pregunta, sería una afirmación.

Aunque el diálogo con el islam sea una de las mayores tareas del próximo papa, el entendimiento con las otras partes del cristianismo -además de con el laicismo (respecto al que en Europa nos estamos quedando como una excepción en el mundo)- lo será aún más. Pues de los cristianos, ya hoy, casi la mitad no son católicos, aunque éstos sean la mayor denominación con 1.119 millones.

Según la Base de Datos Mundial Cristiana (World Christian Database), que se ha adaptado a las últimas estadísticas demográficas de la ONU, en 2005 hay 2.135 millones de cristianos (de 34.000 denominaciones) en el mundo, y serán 2.640 millones en 2025. Es decir, más que los musulmanes (que con los sijs son, en porcentaje, los que más crecen), que suman unos 1.313 millones en la actualidad, y 1.825 millones en las proyecciones a 20 años vista. Ni siquiera el horizonte de 2050 vienen a dar razón a Samuel Huntington cuando señalaba que "a la larga... gana Mahoma". Sin olvidar que los países más poblados del mundo y menos cristianos son, por este orden, India, Irán y China. Philip Jenkins, catedrático de Historia y Religión de la Penn University en su libro The next Christendom (La próxima Cristiandad, OPU 2002) ve el ascenso de un "cristianismo global". EE UU es y seguirá teniendo la mayor comunidad cristiana, seguido de Brasil, pero a pesar de ello, los datos vienen a confirmar lo que ya había visto Juan Pablo II: que cristianizar ya no puede equivaler a occidentalizar. E inmigraciones aparte, hace tiempo que se ha roto la equivalencia entre cristianismo y Occidente.

Juan Pablo II, paradójico, a la vez archiconservador y avanzado, anticomunista y anticapitalista, ha sido un papa importante, por muy diversos motivos. Independientemente de la personalidad, su sucesor debería serlo incluso más. ¿Por qué? Porque la religión, guste o no, ha cobrado, o recobrado, un papel e importancia central en el mundo. Como se ha observado, en muchos lugares de África, pero también de Estados Unidos o incluso en algunos en Europa, "la religión es la nueva política". O la política y la religión se mezclan cada vez más, como se ha visto en las elecciones de George W. Bush e incluso -véanse los casos de Aznar y de Blair- en algunas partes de la posmoderna Europa. Una Europa que puede cambiar de la mano de sus propias sociedades, con la recuperación de un cierto espiritualismo, o de una inmigración con otro sentido de la religiosidad y de la laicidad. aortega@elpais.es

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