Columna
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Brasil y Argentina, casos contrapuestos

Las relaciones del FMI con Brasil y Argentina son muy distintas. Para el primero todos son parabienes; para el segundo, piedras en el camino. Ello depende no sólo de las distintas coyunturas (mejor la de Brasil que la Argentina) sino de los efectos que las políticas del Fondo han tenido en ambos países: desastrosos en el caso argentino, buenos en el brasileño. Esta figura de ejemplo y contraejemplo de dos países vecinos pero rivales es el espejo cóncavo y convexo con el que el FMI quiere hacer padagogía: ojo a cualquier país que quiera declarar la suspensión de pagos de su deuda, como hizo Argentina. Lo pagará.

Por primera vez en mucho tiempo, el Brasil de Lula contiene tres elementos esenciales que se apoyan de forma mutua para alcanzar un crecimiento sostenible: cuentas fiscales consolidadas (superávit primario superior al que exigía el FMI), inflación bajo control (aunque todavía alta: 7,6%) y cuentas externmas sólidas (superávit corriente). En 2004, el crecimiento del PIB fue del 5,2% y la deuda pública es de 10 puntos menos que cuando Lula llegó al poder. Buenas cuentas públicas que, sin embargo, no han conseguido reducir las enormes desigualdades: el 1% de la población sigue poseyendo la misma riqueza que el 50% de la población más pobre.

En esta coyuntura, Brasil acaba de anunciar que no renueva el acuerdo que tenía con el FMI desde septiembre de 2002. Ese convenio, firmado por Cardoso, era una especie de póliza de seguros contra eventuales crisis de confianza. En ese mes de septiembre, los mercados estaban muy nerviosos ante la posibilidad -luego cierta- de que Lula ganase las elecciones. Todos los días salían de Brasil cientos de millones de dólares, y el colchón del FMI sirvió para devolver en parte la tranquilidad. El FMI prestó a Brasil más de 40.000 millones de dólares, de los que ha utilizado unos 26.000 millones. Cada año o año y medio las dos partes hacían una revisión del acuerdo; la décima y última revisión fue en diciembre de 2003.

Con esta separación amistosa del FMI, anunciada al mismo tiempo que la continuidad de una política económica de rigor en el gasto público, Lula gana más poder político a año y medio de las próximas elecciones generales, en las que su rival podría ser su antecesor Fernando Henrique Cardoso. Es curioso que la senda de la normalidad democrática y de las reformas necesarias para modernizar al país haya sido tomada en Brasil por dos políticos provenientes de zonas distintas de la izquierda política.

Algo está cambiando en América Latina, y no sólo desde el punto de vista electoral, donde formaciones de izquierdas están tomando el poder (hay que seguir con lupa lo que va a suceder en México, donde el candidato de la izquierda, con posibilidades de ganar, puede acabar en la cárcel). También desde el punto de vista económico. Ricardo Hausman es un economista venezolano muy reputado, que participó en la creación y aplicación del Consenso de Washington (políticas neoliberales para salir de la crisis). Hausman lidera ahora a un grupo de economistas que han acabado por replantearse la ortodoxia neoliberal para el subcontinente: durante una década, Latinoamerica aplicó las recetas del Consenso de Washington, pero incrementó su retraso respecto a Asia y al mundo industrializado mientras la pobreza seguía al mismo nivel.

Hausman y sus seguidores consideran que el Estado ya no es el principal freno para el crecimiento, sino que a menudo podría ser la solución. Aconsejan a los gobiernos subvencionar proyectos de inversión e incluso llegan a contemplar ¡recurrir al proteccionismo! Hausman y su socio Dani Rodrik -conocido por un estudio que cuestiona la relación entre la apertura de los mercados y el crecimiento- entienden que hay muchos economistas cegados por la ortodoxia económica, que se niegan a reconocer el papel desempeñado por la planificación y el Estado en el éxito de China, Corea del Sur y Taiwan. Y se preguntan por qué no va a tener también derecho América Latina a beneficiarse de las ayudas del Estado. Dice Hausman: "Un científico debe anteponer la verdad a la coherencia".

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