Columna
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A lo largo de los treinta años de transición democrática el panorama económico-empresarial lo han configurado las cámaras de comercio, las instituciones feriales y las organizaciones patronales en función de su naturaleza representativa de la iniciativa privada. La auténtica dimensión de la iniciativa privada es un diamante en bruto, cuyos destellos están todavía por descubrir. Perfiles ciertamente imprescindibles de una realidad en la que la sociedad valenciana no puede dejar de sentirse cosmopolita sin riesgo para su supervivencia.

A lo largo del siglo XX los valencianos, con nuestros vaivenes, nos hemos distinguido por la vocación exterior. La economía autóctona, en el contexto español, durante décadas tuvo el significado de una ventana abierta al comercio internacional, por la que entraba el aire fresco y renovador de una atmósfera encerrada en su propia autarquía. En un mundo globalizado esa experiencia vivificadora debe preservarse como garantía de futuro.

El ensamblaje de estas entidades vertebradoras e impulsoras de la actividad económica es un reto para los líderes empresariales que han de orientar su trayectoria, con el fin de que sean plenamente válidas. Existen otros organismos e instituciones. La Bolsa; la autoridad portuaria; el consejo económico y social; la fundación Universidad-Empresa y los consejos sociales de las universidades; el Instituto de la Pequeña y Mediana Industria (Impiva); los institutos tecnológicos (que integran REDIT); el Instituto de Turismo (ITVA); los centros de formación de negocios; el Instituto Valenciano de la Exportación (Ivex); el Tribunal de Arbitraje Laboral o la Fundación de Riesgos Laborales, que constituyen una urdimbre, con potencial formidable, en la que los responsables del comportamiento económico han de apoyarse para superar los desafíos que plantea la generación de negocio y empleo que necesita la Comunidad Valenciana para avanzar.

Ese conjunto de organismos, con mayor o menor dependencia de la Administración, existe y se financia con los impuestos que todos pagamos. Por tanto, están ahí y tenemos la responsabilidad de hacerlos funcionar, incluidos el Instituto Valenciano de Finanzas y la Sociedad de Garantía Recíproca. Existen y tienen una misión que cumplir, pero carecen de una adecuada coordinación para que su papel adquiera la dimensión de un conjunto de elementos que únicamente recuperan su sentido cuando se orientan para formar parte de un todo.

Si existe una cátedra de cultura empresarial, por ejemplo, debe ser mejor conocida. Depende de la Universitat de València, pero permanece desarraigada de la sociedad que le proporciona sentido. No podemos seguir configurando parcelas imaginativas y útiles que, sin embargo, se incapacitan a sí mismas por su tendencia a funcionar a modo de unidades estancas. La realidad valenciana está repleta de signos económicos y comerciales porque hay una intensa vocación hacia la excelencia de hacer negocio. Y los políticos han de ser los primeros en conocerlo y respetarlo.

Y para que todo esto funcione, como si fuera el mecanismo de un reloj, es preciso que la iniciativa privada recupere su imagen, su autoridad y el respeto de los políticos, de los ciudadanos y de los protagonistas de la actividad económica, que son los empresarios.

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