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Crónica:CIENCIA FICCIÓN

El azaroso viaje de Einstein por España

"¡NI SIQUIERA han envejecido! Einstein estaba en lo cierto!", exclama alguien mientras unos aturdidos humanos descienden de una nave alienígena, en la apoteósica escena final de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), de Steven Spielberg. Se refiere a la dilatación temporal que se experimenta cuando se viaja a velocidades relativistas.

Otro de los presentes replica: "Probablemente Einstein fuera uno de ellos". Nos enteramos así de que este gran científico ¡no era humano! El 22 de febrero de 1923, meses antes del golpe de Estado de Primo de Rivera, Albert Einstein andaba por estos lares. El famoso físico llegaba a Barcelona invitado por el científico Esteban Terradas, en nombre de la Mancomunitat. Iniciaba su visita a España en un periplo que le llevaría a Madrid y Zaragoza. El viaje, que historiadores de la ciencia como Antoni Roca y Thomas F. Glick han analizado, está repleto de anécdotas. Proceden de las informaciones aparecidas en los diarios de la época y han entrado en los anales de la mitología. Ilustran aspectos de la sociedad española de entreguerras y la situación (y escasa relevancia) de la física española del momento.

Procedente de Francia, Einstein y su esposa llegaron en tren sin que nadie saliera a recibirles. Pese a tener reservada una habitación en el hotel Ritz (donde, finalmente, acabarían por instalarse), fueron a una "humilde pensión" cercana a La Rambla. "Yo soy un ciudadano modesto y he tomado la habitación que corresponde a mi categoría", comentaría. Al parecer, no le fue posible telegrafiar antes de salir.

A lo largo de los seis días siguientes, daría cuatro conferencias. Algunos periódicos no sólo reprodujeron breves notas de prensa, sino que ofrecieron a sus lectores resúmenes del contenido científico, información cubierta por personas con preparación científica. Y es que las conferencias de Einstein no eran de divulgación: disertó sobre relatividad (especial y general) y de sus consecuencias filosóficas y cosmológicas.

Que los abarrotados auditorios ante los que habló no lo siguieran, en su mayor parte, es bastante normal. Lo destacable es que la prensa en general intentase reflejar sus innovadoras ideas.

La expectación creada la explica La Vanguardia: "Se agolpaban en las puertas, ansiosos... de escuchar la palabra mágica que al ser atendida reformaría viejos sistemas y conceptos, abriendo nuevos horizontes a la ciencia por medio de la cuarta dimensión: el tiempo".

Entre la comunidad científica local había opositores declarados. A juicio del físico Eduard Alcobé, de la Universidad de Barcelona, estas teorías eran lucubraciones ininteligibles. "La complejidad es siempre sospechosa", advertía. Años después, declararía la teoría muerta y a sus seguidores "harto menguados", ya que eran muy pocos los capaces de sostener "el fantástico andamiaje matemático exigible para ahondar en la abstrusa teoría aludida". Otro antirrelativista militante era el destacado astrónomo José Comas Solà, quien defendía su propia teoría newtoniana: la velocidad de la luz no es constante -postulado fundamental de la relatividad especial-, sino variable con el movimiento del cuerpo emisor. No debe extrañar que La Vanguardia, donde colaboraba asiduamente en temas de divulgación de la ciencia, no lo enviase a cubrir el evento, y optase por un profesor de matemáticas de la Escuela de Ingeniería Industrial de Barcelona.

Legendaria es la entrevista de Einstein con el dirigente anarcosindicalista Ángel Pestaña. Al ser informado por éste de la situación de la lucha social en Barcelona, Einstein habría contestado que él también era revolucionario, aunque en el orden científico, y que las cuestiones sociales le preocupaban muchísimo.

En Madrid, donde sería recibido por el Rey, Einstein declaró a Abc que en la entrevista con los sindicalistas catalanes dijo "todo lo contrario de lo que escriben los periódicos". Negaba haberse declarado revolucionario, ni tan sólo en el campo científico, donde su teoría, según sus palabras, pretendía complementar la teoría clásica. Una confusión lingüística (la entrevista fue en alemán y francés) habría atribuido a Einstein frases de Pestaña.

La crónica más espléndida es del novelista Josep Maria de Sagarra: "Yo hubiese querido que aquella pizarra, con el blanquecino autógrafo einsteniano, fuese guardada en alguna parte, como recuerdo. Me dirán que esto es excesivo y superfluo, pero lo excesivo y superfluo son muchas veces la sal y la gracia de la vida, y, tal vez, de aquí a 100 años me den la razón". La tiene, señor Sagarra, la tiene.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 2005