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Desconfianza y opacidad

Llevamos más de un mes dándole vueltas a la cuestión, y la cosa sigue enmarañándose. Teníamos una crisis y ahora tenemos varias. No era fácil suponer que el asunto del Carmel complicara la vida a la tramitación del Estatut, pero así ha sido. Parecía que el pospujolismo había llegado sin sangre, pero ahora reaparecen todos los fantasmas. Sin aspavientos ni miradas hacia el pasado, el nuevo Gobierno de la Generalitat había dado un giro positivo en la licitación de la obra pública, pero de nuevo la clásica conexión contratas-partidos vuelve a situarse en primera fila. Y por si faltaba algo, el tripartito parece aprovechar cualquier corriente de aire para generar un inicio de pulmonía.

- La crisis del Carmel. La situación del Carmel proviene de una concepción de los negocios de toma el dinero y corre, que ya vendrán luego a lavar los platos sucios. Los déficit estructurales de las viviendas del Carmel (junto con las del Turó de la Peira, la Trinitat o muchos otros barrios construidos a toda prisa en los sesenta) pasan ahora factura, y no lo hacen con los antiguos promotores, sino con quien ha querido llevar el metro donde alguien colocó indebidamente una población que ninguna culpa tiene. Pero si la gente del Carmel no tiene opción de irse, ni de creer en unas instituciones que tampoco han confiado en ellos nunca, sí tiene todo el derecho a hacerse oír. Su voz es lo único que les queda. Y la gestión de la crisis ha contado poco con ellos. Se ha partido de una visión excesivamente técnica del asunto (que quiere decir opaca), cuando el gran problema es y ha sido de confianza, y la confianza se gana con transparencia.

- Las responsabilidades del Carmel. No hay derrumbe sin túnel, no hay túnel sin proceso de construcción, no hay proceso de construcción sin proyecto, no hay proyecto sin decisor. Y esa cadena va de Puig a Nadal, de GISA1 a GISA2, y de las empresas adjudicatarias a las empresas subcontratadas y las calidades y resultados de lo finalmente realizado. Y no vale por parte convergente tratar de escurrir el bulto cuando su implicación en las decisiones básicas del asunto es rotunda, ni tampoco vale por parte tripartítica tratar de pasar el marrón a los antecesores, cuando en ningún momento hicieron público que no les gustaron los proyectos, que no estaban de acuerdo en las adjudicaciones o que tenían algo que decir en relación con los procesos de construcción que se seguían. Los vecinos del Carmel y la opinión pública siguen sin tener respuestas sobre quién es el responsable del desaguisado, pero más allá de que dimita alguien, lo significativo es superar la opacidad de esa trama de intereses, contemporizaciones, y ajustes mutuos de hoy por ti, mañana por mí, aprendiendo a superar además esa idea que la administración tiene siempre la culpa de todo.

- El 3%. En la web www.transparency.org, se publica anualmente una lista de percepción de corrupción en 60 países de todo el mundo. España ocupa, junto con Francia, el lugar 22. Por debajo tiene países como Japón, Israel, Portugal y, mucho más abajo, Italia. Por encima, la mayoría de países de la UE, y la clasificación está encabezada por Finlandia (que también ocupaba el primer lugar en el Informe PISA sobre resultados educativos, ¿tendrá algo que ver?), Nueva Zelanda y Dinamarca. Sin datos específicos de Cataluña, no es difícil imaginar que no andamos muy lejos de la posición de España. Llevamos años dándole vueltas al asunto. Lo recordaba aquí Antón Costas aludiendo a los esfuerzos hechos en anteriores legislaturas con resultados discretos. El problema es la financiación de los partidos y la hipocresía social con la que envolvemos el ejercicio de la actividad política (tienen que ser íntegros, trabajar mucho y ganar muy poco). El problema es también la connivencia de muchos políticos que no se atreven a plantear abiertamente la cuestión o que ya les conviene esa doble imagen de integridad por un lado y de discreción diaria con los fondos que administran. Pero ahora la piedra se ha vuelto a arrojar al estanque, y los 70 kilómetros de túnel que nos esperan en Barcelona no pueden quedar al albur de la discreción en el uso de los fondos públicos puestos a disposición del grosor de los encofrados.

- La reforma del Estatut. Y henos aquí tratando de aislar el debate de la reforma del Estatut de sus muchos amigos y enemigos. No tiene sentido mezclar el Carmel con el Estatut. Pero nos han metido ahí. Si meditamos, veremos que no es probable que vuelva a darse en mucho tiempo la coincidencia astral de un excelente nivel técnico de los materiales con que trabaja la ponencia parlamentaria, un consenso muy mayoritario en el arco parlamentario sobre lo que deberíamos hacer (mírense los proyectos previos de cada partido y sus grandes coincidencias), un compromiso previo del Gobierno de Madrid a aceptar lo que les enviemos, y una perspectiva de mejora sustancial de la financiación. Y todo ello sin renunciar a nada de lo que cada uno pretenda en el futuro. Entiendo que los populares aprovechen la situación para tratar de salir airosos de una situación que se les estaba complicando. Lo que sería más difícil de justificar es que las ganas de revancha y de desquite personal de unos y otros nos condujeran a callejones sin salida, y esta vez por culpa nuestra.

- La 'fuerte debilidad' del tripartito. No es lo mismo jugar a la debilidad fuerte (complejidad de la cultura de la coalición que aprende a convivir y gobernar sin liderazgos carismáticos y sancionadores), que la fuerte debilidad (la constante sensación de que todo es provisional, frágil y endeble). El Gobierno de la Generalitat padece de desconfianza congénita, y a pesar de que empieza a hacer cosas (ley de barrios, competitividad pactada, centros de educación para niños de hasta tres años, planes de vivienda), la labor conjunta no brilla y más bien comunica incertidumbre y competencia de protagonismos en juego. Desconfían unos socios de otros, en algún partido incluso unos consejeros de otros, y no es extraño percibir ciertos roces entre la presidencia y el aparato de su partido.

¿Cómo manejar ese escenario? Trabajando por la confianza y la transparencia. Resolviendo la crisis del Carmel, realizando de una vez los acuerdos del Parlament. Asumiendo que se viaja en un mismo barco llamado mejora del autogobierno, que cada uno debe asumir sus responsabilidades y apechugar con su pasado (en la Generalitat y en algunos ayuntamientos), avanzar en la transparencia en la gestión pública, pero sabiendo al mismo tiempo que es importante no desaprovechar la ventana de oportunidad histórica de que disponemos para reforzar el autogobierno.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0002, 02 de marzo de 2005.